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HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II
EN LA MISA DE BEATIFICACIÓN
DE MONS. ANTON SLOMSECK

 19 de septiembre de 1999


1. "Hagamos el elogio de los hombres ilustres (...); su nombre vive por generaciones. Los pueblos comentarán su sabiduría; la asamblea proclamará su gloria" (Si 44, 1 y 14-15).
Estas palabras del Sirácida han resonado hoy en nuestra asamblea. Al escucharlas,  hemos pensado espontáneamente en las personas que en este pueblo  esloveno  se  han distinguido por sus virtudes. Hemos pensado, por ejemplo, en los obispos Friderik Baraga, Janez  Gnidovec  y  Anton  Vovk;  en  el padre Vendelin Vosnjak; y en el joven Lojze Grozde.

Particularmente hemos pensado en el obispo de Maribor, Anton Martin Slomsek, al que la Iglesia proclama hoy beato; es el primer hijo de esta nación eslovena en ser elevado a la gloria de los altares. Tres años después de mi primera visita, vuelvo hoy a vosotros para presentároslo como modelo de santidad, que, como os dije entonces, es la única fuerza que vence al mundo. Por eso, me alegra encontrarme con vosotros y presidir esta misa solemne.

Saludo a monseñor Franc Kramberger, pastor de esta Iglesia, y le agradezco las palabras que me ha dirigido. Saludo, asimismo, a los señores cardenales, a los obispos eslovenos y a los demás obispos que concelebran esta solemne eucaristía. Mi saludo se extiende al clero, a los religiosos, a las religiosas y a todos vosotros, amadísimos fieles de esta ilustre Iglesia y de las Iglesias cercanas, aquí reunidos para rendir homenaje al nuevo beato.

Dirijo un saludo cordial al presidente de la República y a las autoridades civiles que han querido honrarnos con su presencia, haciendo así más solemne esta celebración.


2. El evangelio de hoy, que habla de la vid y los sarmientos, nos recuerda que sólo quien permanece unido a Cristo puede dar fruto. Jesús nos indica así el secreto de la santidad de monseñor Anton Martin Slomsek, que hoy tengo la alegría de proclamar beato. Él fue un sarmiento que dio frutos abundantes de santidad cristiana, de singular riqueza cultural y de notable amor a la patria. Por eso está hoy ante nosotros como espléndido ejemplo de vivencia concreta del Evangelio.

En el nuevo beato resplandecen, ante todo, los valores de la santidad cristiana. Siguiendo las huellas de Cristo, se hizo buen samaritano del pueblo esloveno. Atento a las exigencias de la formación del clero y de los fieles, con celo apostólico que sigue siendo hoy un ejemplo para nosotros, evangelizó incansablemente, animando las misiones populares, suscitando numerosas cofradías, predicando ejercicios espirituales y difundiendo cantos populares y escritos religiosos. Fue, en el sentido más genuino de la expresión, un pastor católico, al que los superiores eclesiásticos encomendaron importantes tareas pastorales, incluso en otras regiones del Estado de entonces.

Monseñor Slomsek, fiel y dócil a la Iglesia, estuvo profundamente abierto al ecumenismo y en Europa central fue uno de los primeros en trabajar por la unidad de los cristianos. Ojalá que su celo por la unidad estimule el compromiso ecuménico,  para  que los cristianos de esta Europa, a la que tanto amó, lleguen a  cruzar el umbral del tercer milenio "si  no del todo unidos, al menos mucho más próximos a superar las divisiones del segundo milenio" (Tertio millennio adveniente, 34).

3. Asimismo, fue grande la atención que el nuevo beato prestó a la cultura. Al vivir hacia la mitad del siglo pasado, era perfectamente consciente de la importancia que para el futuro de la nación tenía la formación intelectual de los habitantes, especialmente de los jóvenes. Por esto, además de la acción pastoral, se esmeró en promover la cultura, que es riqueza de una nación y patrimonio de todos. La cultura constituye el humus, del que un pueblo puede sacar los elementos necesarios para su crecimiento y desarrollo.

Convencido de ello, mons. Slomsek, por el bien de la juventud, abrió varias escuelas e hizo posible la publicación de libros útiles para la formación humana y espiritual. Reafirmaba que, si los jóvenes se corrompen, a menudo la culpa se ha de buscar en la falta de una formación adecuada. La familia, la escuela y la Iglesia -enseñaba- deben unir sus esfuerzos en un serio programa educativo, conservando cada una su propia esfera de autonomía, pero teniendo todas en cuenta los valores comunes.

Sólo con una sólida formación se preparan mujeres y hombres capaces de construir un mundo abierto a los valores perennes de la verdad y el amor.

4. El nuevo beato estuvo animado también por profundos sentimientos de amor a la patria. Cultivó la lengua eslovena, promovió oportunas reformas sociales, impulsó la elevación cultural de la nación,  trabajó con gran esmero para que su pueblo pudiera ocupar un lugar de honor en el concierto de las demás naciones europeas. Y lo hizo sin ceder jamás a sentimientos de miope nacionalismo o  de  egoísta contraposición frente a las  aspiraciones de los pueblos vecinos.

El nuevo beato se os presenta como modelo de auténtico patriotismo. Sus iniciativas marcaron de modo decisivo el futuro de vuestro pueblo y contribuyeron en gran medida a que lograra la independencia. Dirigiendo la mirada a la amada región de los Balcanes, desgraciadamente marcada en estos años por luchas y violencias, nacionalismos extremos, brutales limpiezas étnicas y guerras entre pueblos y culturas, quisiera señalar a todos el testimonio del nuevo beato. Nos muestra que es posible ser patriotas sinceros y con igual sinceridad vivir juntos y colaborar con personas de otra nacionalidad, de otra cultura y de otra religión. Ojalá que su ejemplo, y sobre todo su intercesión, obtengan solidaridad y paz auténtica para todos los pueblos de esta vasta zona de Europa.

5. Amadísimos hermanos y hermanas de la querida Eslovenia, seguid las huellas de este compatriota vuestro, íntegro y generoso, que anhelaba conocer la voluntad de Dios y cumplirla a toda costa. Su firmeza interior y su optimismo evangélico estaban arraigados en una sólida fe en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre el mal.

Imitadlo especialmente vosotros, queridos jóvenes eslovenos, y, como él, no dudéis en poner vuestras energías juveniles al servicio del reino de Dios y de vuestros hermanos. Que para vosotros, sacerdotes, sea modelo de celosa actividad y de espíritu de sacrificio. Y para vosotros, laicos responsables, especialmente para vosotros que trabajáis en las instituciones públicas, sea ejemplo de honradez, de servicio desinteresado, de valiente búsqueda de la justicia y del bien común.

Sed constructores de paz también dentro de Europa. El proceso de unificación, en el que el continente está comprometido, no puede basarse sólo en intereses económicos; también debe encontrar inspiración en los valores cristianos, en los que se arraigan sus raíces más antiguas y auténticas. Una Europa atenta al hombre y al pleno respeto de sus derechos es la meta a la que hay que dirigir los esfuerzos. Ojalá que la vieja Europa transmita a las nuevas generaciones la antorcha de la civilización humana y cristiana, que iluminó los pasos de sus antepasados durante el milenio que está a punto de concluir.

6. Desde esta perspectiva, invito a todos a orar por la próxima Asamblea del Sínodo de los obispos, que se reunirá dentro de pocos días para reflexionar sobre Cristo, vivo en la Iglesia, fuente de esperanza para Europa. Es una ocasión importante para profundizar en la peculiar misión de los pueblos europeos en el marco de las relaciones mundiales. Una Europa, maestra de civilización, que sabe valorar los recursos que le vienen de Occidente y de Oriente.

Me complace repetir aquí las palabras proféticas que monseñor Slomsek pronunció durante una misión popular:  "Dicen que el mundo ha envejecido, que el género humano va a la deriva y que Europa se acerca a su fin. Pues bien, es verdad, si abandonamos la humanidad a su camino natural, a su orientación fatal. Pero  no  lo es, si la fuerza procedente de lo alto, que se conserva en la religión de  Jesús, en su Iglesia, se derrama nuevamente  en todos los miembros del género humano y les vuelve a dar la vida".

Aprendamos esta importante lección del beato obispo Slomsek. Que este valiente servidor de Cristo nos ayude a ser sarmientos de vida inmortal, que difundan por doquier el evangelio de la esperanza y el amor.

Amén.

 

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