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JUAN PABLO II

DISCURSO DURANTE LA CEREMONIA DE BIENVENIDA CELEBRADA EN EL AEROPUERTO DE GDANSK

5 de junio 1999

   

Señor presidente de la República de Polonia;
señor cardenal primado;
señor arzobispo metropolita de Gdansk:

1. Doy gracias a la divina Providencia por poderme encontrar por séptima vez, como peregrino, con mis compatriotas y experimentar así la alegría de visitar mi querida patria. Abrazo cordialmente a todos y a cada uno: a toda la tierra polaca y a todos sus habitantes. Recibid mi saludo de amor y paz, el saludo de un compatriota que viene por una necesidad del corazón y trae la bendición de Dios, que «es amor» (1 Jn 4, 8).

Saludo al señor presidente y, al mismo tiempo, le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido en nombre de las autoridades estatales de la República de Polonia. Saludo a los señores cardenales, arzobispos y obispos. Al señor cardenal primado le expreso sinceramente mi agradecimiento por sus palabras de bienvenida. Saludo a toda la Iglesia que está en Polonia: a los presbíteros, a las congregaciones masculinas y femeninas, a todos los consagrados, a los estudiantes de los seminarios mayores y a todos los fieles, de modo particular a los que sufren, a los enfermos, a las personas solas y a los jóvenes. No se puede por menos de saludarlos después de tantas aclamaciones. Os pido que oréis para que mi servicio en la patria, que comienza hoy, dé los frutos espirituales que se esperan.

2. Esta peregrinación a la patria es, en cierto sentido, una continuación de la anterior, que realicé en 1997. La comienzo en las costas del Báltico, en Gdansk, donde han tenido lugar grandes hechos e importantes acontecimientos de la historia de nuestra nación. En efecto, aquí, en el año 997, san Adalberto terminó su misión apostólica. Hace dos años inicié con solemnidad el jubileo del milenario de su martirio. Este milenario comenzó en Praga, prosiguió en Gniezno y hoy se celebra en Gdansk, a orillas del Báltico. San Adalberto es el patrono de la diócesis de Gdansk; por eso visito esta ciudad en primer lugar.

El testimonio del martirio de san Adalberto se convirtió en semilla de santidad. Desde hace mil años la Iglesia difunde fielmente este misterio de gracia en la tierra de los Piast y desea seguir realizando de manera eficaz ese servicio, imitando a su único Maestro y Señor. Por eso, tiende siempre a renovarse para que en todos los tiempos se reconozca en su rostro la imagen de Cristo, «testigo insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre» (Tertio millennio adveniente, 35). Esa renovación se proponía el concilio Vaticano II que, bajo el impulso del Espíritu Santo, señaló a la Iglesia los caminos por los que debía avanzar al final del segundo milenio, a fin de llevar al mundo contemporáneo el misterio eterno de un Dios que ama. El segundo Sínodo plenario de la Iglesia que está en Polonia, inaugurado el 8 de junio de 1991 en Varsovia, y que clausuraremos durante esta peregrinación, tiene como finalidad hacer siempre actual esta enseñanza conciliar, para que la iniciada renovación interior del pueblo de Dios en Polonia pueda continuar y realizarse fructuosamente, contribuyendo así a la nueva primavera del espíritu que exigen los tiempos hacia los que nos encaminamos.

La Iglesia, a la vez que dirige su mirada al futuro, confirma su identidad formada a lo largo de dos milenios mediante la colaboración de todos con el Espíritu Santo. Esta identidad se expresa de una forma particular en la vida de los santos, testigos del misterio del amor de Dios. Las beatificaciones que tendrán lugar durante esta peregrinación, tanto en Varsovia como en Torun, y la canonización en Stary Sacz, mostrarán la grandeza y la belleza de la santidad de vida y la potencia de la acción del Espíritu divino en el hombre. Bendito sea Dios, que «es amor», por todos los frutos de esta santidad, por todos los dones del Espíritu durante este milenio que está a punto de terminar.

Mi peregrinación tiene también otro motivo, muy importante. Este año celebramos el milenario de la institución, por obra del Papa Silvestre II, de la archidiócesis metropolitana independiente de Gniezno, formada por cuatro diócesis: Gniezno, Kolobrzeg, Wroclaw y Cracovia. En cierto sentido, éste fue el primer fruto en Polonia del martirio de san Adalberto. La nación, recién bautizada, comenzó su peregrinación a través de la historia junto con los obispos, pastores de esas nuevas diócesis. Para la Iglesia en Polonia y para toda la nación constituyó un gran acontecimiento, cuya memoria celebraremos en Cracovia.

3. Me alegra que esta peregrinación a la patria comience en Gdansk, una ciudad que ha entrado para siempre en la historia de Polonia, de Europa y, tal vez incluso, del mundo. En efecto, aquí se hizo oír de un modo particular la voz de las conciencias que invocaban el respeto de la dignidad del hombre, especialmente del trabajador, una voz que reclamaba libertad, justicia y solidaridad entre los hombres. Ese grito de las conciencias que despertaron del sueño resonó con tanta fuerza, que se convirtió para nosotros -y sigue siéndolo- en una gran tarea y un desafío para el tiempo presente y para el futuro. Precisamente en Gdansk nació una Polonia nueva, de la que hoy gozamos tanto y de la que nos sentimos orgullosos.

Constato con alegría que nuestro país ha hecho grandes progresos en el camino del desarrollo económico. Gracias al esfuerzo de todos sus ciudadanos, Polonia puede mirar con esperanza el futuro. Es un país que se ha conquistado en los últimos años un reconocimiento particular y el respeto de las demás naciones del mundo. Por todo ello, ¡bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Oro incesantemente para que el desarrollo material del país vaya acompañado de su desarrollo espiritual.

4. Vengo a vosotros en vísperas del gran jubileo del año 2000. Vengo como peregrino a los hijos e hijas de mi patria, con palabras de fe, esperanza y caridad. En el ocaso de este milenio, y a la vez en el umbral de los tiempos nuevos que están para llegar, quiero meditar juntamente con mis compatriotas en el gran misterio de Dios, que «es amor». En efecto, «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Juntamente con vosotros, me postro ante este inefable misterio de Dios, que es amor, misterio del amor divino y de la misericordia divina.

Deseo vivamente que mediante mi ministerio pastoral, durante esta peregrinación, el mensaje divino del amor llegue a todos, a cada familia y a cada casa, a todos mis compatriotas, tanto a los que habitan en Polonia como a los que viven fuera de sus fronteras, dondequiera que se encuentren.

«La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos nosotros» (cf. 2 Co 13, 13) y nos acompañen durante todos los días de esta peregrinación a la patria. ¡Alabado sea Jesucristo!

 

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