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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL ENCUENTRO ECUMÉNICO
EN LA NUEVA CATEDRAL DE EL CAIRO


25 de febrero

"La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Co 13, 13).



Su Santidad Papa Shenuda;
Su Beatitud patriarca Stéphanos;
obispos y dignatarios de las Iglesias y comunidades eclesiales de Egipto:

 
1. Con la bendición de san Pablo, que nos lleva directamente al centro del misterio de la comunión trinitaria, os saludo a todos vosotros con profundo afecto y con los vínculos de amor que nos unen en el Señor.

Es para mí una gran alegría ser peregrino en el país que brindó hospitalidad y protección a nuestro Señor Jesucristo y a la Sagrada Familia. Como escribe el evangelio según san Mateo:  "José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y huyó a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta:  "de Egipto llamé a mi hijo"" (Mt 2, 14-15).

Egipto ha sido morada de la Iglesia ya desde los orígenes. La Iglesia de Alejandría, fundada en la predicación apostólica y en la autoridad de san Marcos, pronto llegó a ser una de las comunidades principales en el antiguo mundo cristiano. Venerables obispos como san Atanasio y san Cirilo dieron testimonio de la fe en el Dios uno y trino y en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como lo definieron los primeros concilios ecuménicos.

En el desierto de Egipto comenzó la vida monástica, tanto en su forma solitaria como en la comunitaria, bajo la paternidad espiritual de san Antonio y san Pacomio. Gracias a ellos y al gran influjo de sus escritos espirituales, la vida monástica llegó a ser parte de nuestra herencia común. Durante las últimas décadas ese mismo carisma monástico ha florecido de nuevo e irradia un mensaje espiritual vital más allá de los confines de Egipto.

2. Hoy damos gracias a Dios porque somos cada vez más conscientes de nuestra herencia común, en la fe y en la riqueza de la vida sacramental. También tenemos en común la veneración filial a la Virgen María, Madre de Dios, por la que son famosas la Iglesia copta y todas las Iglesias orientales. "Cuando se habla de un patrimonio común se debe incluir en él no sólo las instituciones, los ritos, los medios de salvación, las tradiciones que todas las comunidades han conservado y por las cuales han sido modeladas, sino en primer lugar y ante todo esta realidad de la santidad" (Ut unum sint, 84).

Por mantener fielmente y predicar esta herencia la Iglesia en Egipto ha realizado y sigue realizando grandes sacrificios. ¡Cuántos mártires aparecen en el venerable Martirologio de la Iglesia copta, que se remonta a las terribles persecuciones de los años 283-284! Glorificaron a Dios en Egipto con su decidido testimonio hasta la muerte.

3. Desde el inicio, esta tradición y esta herencia apostólicas comunes han sido transmitidas y explicadas de diferentes formas, teniendo en cuenta el carácter cultural específico de los pueblos. Sin embargo, ya en el siglo V, factores teológicos y no teológicos, combinados con la falta de amor fraterno y la incomprensión, llevaron a dolorosas divisiones en la única Iglesia de Cristo. Surgieron entre los cristianos la desconfianza y la hostilidad, en contradicción con el ferviente deseo de nuestro Señor Jesucristo, que oró para que "todos sean uno" (Jn 17, 21).

Ahora, en el curso del siglo XX, el Espíritu Santo ha acercado a las Iglesias y a las comunidades cristianas en un movimiento de reconciliación. Recuerdo con gratitud el encuentro entre el Papa Pablo VI y Su Santidad el Papa Shenuda III en 1973, y la Declaración cristológica común que firmaron en aquella ocasión. Doy gracias a todos los que contribuyeron a ese importante logro, en especial a la Fundación pro Oriente, de Viena, y a la Comisión mixta internacional entre la Iglesia católica romana y la Iglesia copta ortodoxa. Quiera Dios que esta Comisión mixta internacional y la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa pronto vuelvan a trabajar normalmente, en especial para tratar algunas cuestiones eclesiológicas fundamentales, que requieren clarificación.

4. Repito lo que escribí en mi encíclica Ut unum sint:  Lo que afecta a la unidad de todas las comunidades cristianas forma parte obviamente del ámbito de preocupaciones del primado del Obispo de Roma (cf. n. 95).

Por este motivo deseo renovar la invitación a todos "los responsables eclesiales y a sus teólogos a establecer conmigo y sobre esta cuestión un diálogo fraterno, paciente, en el que podríamos escucharnos más allá de estériles polémicas, teniendo presente sólo la voluntad de Cristo para su Iglesia" (n. 96).

Con respecto al ministerio del Obispo de Roma, pido al Espíritu Santo que nos conceda su luz, iluminando a todos los pastores y teólogos de nuestras Iglesias, para que busquemos juntos las formas en que este ministerio preste un servicio de amor reconocido por todos (cf. Homilía, 6 de diciembre de 1987, n. 3; Ut unum sint, 95). Queridos hermanos, a este respecto no hay tiempo que perder.

5. Nuestra comunión en el único Señor Jesucristo, en el único Espíritu Santo y en el único bautismo, ya representa una realidad profunda y fundamental. Esta comunión nos permite dar un testimonio común de nuestra fe de múltiples modos, y, en realidad, requiere que cooperemos para llevar la luz de Cristo al mundo, necesitado de salvación. Este testimonio común es muy importante al comienzo de un nuevo siglo y de un nuevo milenio, que plantean enormes desafíos a la familia humana. También por esta razón no hay tiempo que perder.

Como condición básica para este testimonio común, debemos evitar todo lo que pueda llevar, una vez más, a la desconfianza y a la discordia. Hemos acordado evitar cualquier forma de proselitismo, o métodos y actitudes opuestos a las exigencias del amor cristiano y a lo que debería caracterizar las relaciones entre las Iglesias (cf. Declaración común del Papa Pablo VI y del Papa Shenuda III, 1973). Recordemos que la verdadera caridad, enraizada en la fidelidad total al único Señor Jesucristo y en el respeto mutuo a las tradiciones eclesiales y a las prácticas sacramentales de cada uno, es un elemento esencial de esta búsqueda de la comunión perfecta (cf. ib.).

¡No nos conocemos suficientemente! Por eso, encontremos el modo de reunirnos. Busquemos formas adecuadas de comunión espiritual, como orar y ayunar en común, o intercambios y hospitalidad recíprocos entre monasterios. Encontremos formas de cooperación práctica, especialmente para responder a la sed espiritual de tantas personas de nuestro tiempo; para aliviar su dolor; para educar a la juventud; para garantizar condiciones humanas de vida; para promover el respeto recíproco, la justicia y la paz; y para favorecer la libertad religiosa como derecho humano fundamental.

6. Al comienzo de la Semana de oración por la unidad de los cristianos, el 18 de enero, abrí la Puerta santa de la basílica de San Pablo extramuros, en Roma, y crucé el umbral con los representantes de muchas Iglesias y comunidades eclesiales. Juntamente conmigo, su excelencia Amba Bishoi, de la Iglesia copta, y los representantes de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia luterana, elevaron el Evangeliario hacia los cuatro puntos cardinales.

Se trató de una expresión profundamente simbólica de nuestra misión común en el nuevo milenio:  juntos tenemos que dar testimonio del evangelio de Jesucristo, el mensaje salvífico de vida, amor y esperanza para el mundo.

Durante esa misma liturgia, tres representantes de diferentes Iglesias y comunidades eclesiales proclamaron el Símbolo de los Apóstoles:  la primera parte fue proclamada por el representante del patriarcado greco-ortodoxo de Alejandría. Después, nos dimos unos a otros el signo de la paz, y ese momento feliz fue para mí una prefiguración y una anticipación de la comunión plena que nos esforzamos por alcanzar entre todos los seguidores de Cristo. ¡Que el Espíritu de Dios nos conceda pronto la unidad completa y visible que anhelamos!

7. Confío esta esperanza a la intercesión poderosa de la Theotókos, el Arquetipo de la Iglesia. Ella es la criatura toda pura, toda hermosa y toda santa, capaz de "ser Iglesia" como ninguna otra criatura. Sostenidos por su presencia materna, tendremos la valentía de admitir nuestras faltas y nuestras dudas, y de buscar la reconciliación que nos permita "caminar en el amor, como Cristo nos amó" (cf. Ef 5, 2). Venerados hermanos, que el tercer milenio cristiano sea el  milenio  de nuestra unidad plena en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Por último, deseo dar las gracias al Papa Shenuda por las cordiales palabras que me ha dirigido. Comparto las esperanzas que ha expresado y deseo corresponder a ellas diciendo:  "También nosotros os amamos"
 

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