 |
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE
LA VISITA AL CAMPO DE REFUGIADOS DE DHEISHEH
Miércoles 22
de marzo de 2000
Señor presidente; querido pueblo palestino:
1. Es importante que en mi peregrinación al lugar donde nació
Jesucristo, en el bimilenario de aquel acontecimiento extraordinario, se haya
incluido esta visita a Dheisheh. Es muy significativo que aquí, cerca de Belén,
me encuentre con vosotros, refugiados y desplazados, así como con
representantes de las organizaciones y agencias que realizan una auténtica
misión de misericordia. Durante todo mi pontificado me he sentido cercano
al pueblo palestino en sus sufrimientos.
Os saludo a cada uno de vosotros; y espero y pido a Dios que mi visita os
proporcione un poco de consuelo en vuestra difícil situación. Dios quiera
que contribuya a atraer la atención sobre vuestro sufrimiento continuo. Habéis
sido privados de muchas cosas que representan necesidades fundamentales de la
persona humana: vivienda adecuada, asistencia sanitaria, educación y
trabajo. Sobre todo tenéis el triste recuerdo de lo que habéis debido
abandonar: no sólo bienes materiales, sino también la libertad, la
cercanía de vuestros parientes, vuestro ambiente familiar y las tradiciones
culturales que han alimentado vuestra vida personal y familiar. Es verdad que
se está haciendo mucho aquí en Dheisheh y en otros campos para afrontar
vuestras necesidades, especialmente a través del organismo de las Naciones
Unidas "Relief and Works Agency". Me complace en particular la
presencia eficaz de la Misión pontificia para Palestina y de otras muchas
organizaciones católicas. Sin embargo, queda aún mucho por hacer.
2. Las condiciones lamentables en que a menudo los refugiados se ven
obligados a vivir; el prolongarse largo tiempo situaciones que son difícilmente
tolerables incluso en emergencias o por un breve período de tiempo; el hecho
de que las personas desplazadas se vean forzadas a permanecer durante años en
los asentamientos: todo esto pone de relieve la necesidad urgente de
encontrar una solución justa a las causas que están en la raíz del
problema. Sólo un compromiso decidido por parte de los líderes de Oriente
Medio y de toda la comunidad internacional, inspirado en una visión elevada
de la política como servicio al bien común, podrá eliminar las causas de
vuestra situación actual. Hago un llamamiento a una mayor solidaridad
internacional y a la voluntad política de afrontar este desafío. Pido a
todos los que están trabajando sinceramente por la justicia y la paz que no
se desalienten. Invito a los líderes políticos a cumplir los acuerdos ya
alcanzados y a proseguir el camino hacia la paz, que anhelan todos los hombres
y mujeres razonables, y hacia la justicia, que es uno de sus derechos
inalienables.
3. Queridos jóvenes, seguid esforzándoos, a través de la educación,
por ocupar el lugar que os corresponde en la sociedad, a pesar de las
dificultades y los obstáculos que debéis afrontar a causa de vuestra situación
de refugiados. La Iglesia católica se alegra mucho de servir a la noble causa
de la educación a través de la labor, sumamente valiosa, de la Universidad
de Belén, fundada después de la visita de mi predecesor el Papa Pablo VI en
el año 1964.
Queridos hermanos y hermanas; queridos refugiados, no penséis que por vuestra
situación actual sois menos importantes a los ojos de Dios. No olvidéis
nunca vuestra dignidad de hijos suyos. Aquí, en Belén, el Hijo de Dios fue
recostado en el pesebre de un establo. Los pastores de los campos cercanos
fueron los primeros en recibir el mensaje de paz y de esperanza para el mundo.
El plan de Dios se cumplió en medio de la humildad y la pobreza; probablemente
los pastores de Belén fueron vuestros antepasados.
Queridos colaboradores y voluntarios, creed en la misión que realizáis. La
solidaridad auténtica y concreta con los necesitados no es un favor que se
concede: es una exigencia de nuestra humanidad común y un
reconocimiento de la dignidad de todo ser humano.
Oremos con confianza al Señor, pidiéndole que inspire a los que ocupan un
puesto de responsabilidad, para que promuevan la justicia, la seguridad y la
paz, sin dilación y de modo muy concreto.
La Iglesia, a través de sus organizaciones sociales y caritativas, seguirá a
vuestro lado, para sostener vuestra causa ante el mundo.
¡Dios os bendiga a todos!
|