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DISCURSO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE EL ENCUENTRO ECUMÉNICO EN EL
PATRIARCADO GRECO-ORTODOXO DE JERUSALÉN
Sábado 25 de
marzo de 2000
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
1. Con profunda gratitud a la santísima Trinidad realizo esta visita al
patriarcado greco-ortodoxo de Jerusalén, y os saludo a todos vosotros en la
gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo. Agradezco a Su Beatitud el
patriarca Diodoros su hospitalidad fraterna y las amables palabras que nos ha
dirigido. Saludo a Su Beatitud el patriarca Torkom, y a todos los arzobispos y
obispos de las Iglesias y comunidades eclesiales presentes. Es fuente de gran
alegría saber que los líderes de las comunidades cristianas de la ciudad
santa de Jerusalén se reúnen con frecuencia para tratar cuestiones de interés
común para los fieles. El espíritu fraterno que reina entre vosotros es un
signo y un don para los cristianos de Tierra Santa mientras afrontan los desafíos
que se les plantean.
¿Es necesario que os diga que me siento muy estimulado por este encuentro
vespertino? Confirma que hemos emprendido el camino para conocernos mejor unos
a otros, con el deseo de superar la desconfianza y la rivalidad heredadas del
pasado. Aquí, en Jerusalén, en la ciudad donde nuestro Señor
Jesucristo murió y resucitó de entre los muertos, sus palabras tienen una
resonancia especial, sobre todo las que pronunció la víspera de su
muerte: "Que sean uno, (...) para que el mundo crea que tú me has
enviado" (Jn 17, 21). En respuesta a esta oración del Señor
estamos juntos aquí todos nosotros, seguidores del único Señor, a pesar de
nuestras dolorosas divisiones, y conscientes todos de que su voluntad nos
obliga a nosotros, así como a las Iglesias y comunidades eclesiales que
representamos, a recorrer el camino de la reconciliación y la paz.
Esta reunión me trae a la mente el histórico encuentro que celebraron aquí,
en Jerusalén, mi predecesor el Papa Pablo VI y el patriarca ecuménico Atenágoras
I, un acontecimiento que puso las bases de una nueva era de contactos entre
nuestras Iglesias. Durante los años pasados hemos aprendido que la senda de
la unidad es difícil. Sin embargo, esto no debe desalentarnos. Debemos ser
pacientes y perseverantes, y seguir avanzando sin titubeos. El afectuoso
abrazo del Papa Pablo y del patriarca Atenágoras destaca como un signo profético
y una fuente de inspiración, que nos impulsa a nuevos esfuerzos para
corresponder a la voluntad del Señor.
2. Nuestra aspiración a una comunión más plena entre los cristianos
reviste un significado especial en la tierra del nacimiento del Salvador y en
la ciudad santa de Jerusalén. Aquí, en presencia de las diferentes Iglesias
y comunidades, deseo reafirmar que la nota eclesial de universalidad respeta
plenamente la legítima diversidad. La variedad y la belleza de vuestros ritos
litúrgicos, así como de vuestras tradiciones e instituciones espirituales,
teológicas y canónicas, testimonian la riqueza de la herencia divinamente
revelada e indivisa de la Iglesia universal, tal como se ha desarrollado a lo
largo de los siglos tanto en Oriente como en Occidente. Existe una
diversidad legítima, que de ningún modo se opone a la unidad del Cuerpo
de Cristo, sino que más bien aumenta el esplendor de la Iglesia y
contribuye en gran medida al cumplimiento de su misión (cf. Ut unum sint,
50). Ninguna de estas riquezas se debe perder en la unidad más plena a la que
aspiramos.
3. Durante la reciente Semana de oración por la unidad de los
cristianos, en este año del gran jubileo, muchos de vosotros os unisteis en
oración con vistas a un entendimiento y una cooperación mayores entre todos
los seguidores de Cristo. Lo hicisteis con la certeza de que todos los discípulos
del Señor tienen la misión común de servir al Evangelio en Tierra Santa.
Cuanto más unidos estemos en oración en torno a Cristo, tanto más intrépidos
seremos para afrontar la dolorosa realidad humana de nuestras divisiones. La
peregrinación de la Iglesia en este nuevo siglo y nuevo milenio es el camino
trazado para ella por su intrínseca vocación a la unidad. Pidamos al Señor
que inspire un nuevo espíritu de armonía y solidaridad entre las Iglesias,
para afrontar las dificultades prácticas que se plantean a la comunidad
cristiana en Jerusalén y en Tierra Santa.
4. La cooperación fraterna entre los cristianos en esta ciudad santa no
es una mera opción; tiene su significado propio en la comunicación del amor
que el Padre siente por el mundo al enviar a su Hijo único (cf. Jn
3, 16). Sólo con espíritu de respeto y apoyo recíprocos puede florecer la
presencia cristiana aquí, en una comunidad viva con sus tradiciones y
confiada al afrontar los desafíos sociales, culturales y políticos de una
situación en evolución. Sólo si los cristianos se reconcilian entre sí
podrán cumplir plenamente su misión haciendo que Jerusalén sea la ciudad
de la paz para todos los pueblos. En Tierra Santa, donde los cristianos
conviven con los seguidores del judaísmo y del islam, donde casi todos los días
hay tensiones y conflictos, es esencial superar la escandalosa impresión que
dan nuestras disensiones y controversias. En esta ciudad debería ser posible
que los cristianos, los judíos y los musulmanes convivan de modo fraterno y
libre, con dignidad, justicia y paz.
5. Queridos hermanos en Cristo, ha sido mi intención atribuir claramente
una dimensión ecuménica a la celebración del jubileo del año 2000 por
parte de la Iglesia católica. La apertura de la Puerta santa de la basílica
de San Pablo extramuros, en la que estuvieron representadas numerosas Iglesias
y comunidades eclesiales, simbolizó nuestro paso común por la
"puerta" que es Cristo: "Yo soy la puerta; si uno entra
por mí, estará a salvo" (Jn 10, 9). Nuestro camino ecuménico es
precisamente un camino en Cristo y a través de Cristo, el Salvador, hacia la
realización fiel del plan del Padre. Con la gracia de Dios, el bimilenario de
la Encarnación del Verbo será "un tiempo favorable", un año de
gracia para el movimiento ecuménico. Según el espíritu de los jubileos
del Antiguo Testamento, éste es un tiempo providencial para dirigirnos al Señor
y pedirle perdón por las heridas que los miembros de nuestras Iglesias
se han causado recíprocamente a lo largo de los siglos. Este es el tiempo de
pedir al Espíritu de la verdad que ayude a nuestras Iglesias y comunidades a
comprometerse en un diálogo teológico cada vez más fecundo, que nos
permita crecer en el conocimiento de la verdad y llegar a la comunión plena
en el Cuerpo de Cristo. Nuestro diálogo, de intercambio de ideas,
pasará a ser intercambio de dones: una participación más auténtica
en el amor que el Espíritu derrama sin cesar en nuestros corazones.
Su Beatitud nos ha recordado la oración de Cristo en la víspera de su pasión
y muerte. Esa oración es su última voluntad, su testamento, y es un desafío
para todos nosotros. ¿Cuál será nuestra respuesta? Queridos hermanos en
Cristo, con el corazón rebosante de esperanza y con inquebrantable confianza,
hagamos que el tercer milenio cristiano sea el milenio de nuestra alegría
recuperada en la unidad y en la paz del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
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