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CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA
HUMANAE SALUTIS
DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR
J U A N
POR LA DIVINA PROVIDENCIA
PAPA XXIII
por la que se convoca el
Concilia Vaticano II
1. El Reparador de la salvación humana, Jesucristo, quien, antes
de subir a los cielos, ordenó a sus Apóstoles predicar el Evangelio a todas las
gentes, les hizo también, como apoyo y garantía de su misión, la consoladora
promesa: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de
los siglos» (Mt 28,20).
2. Esta gozosa presencia de Cristo, viva y operante en todo
tiempo en la Iglesia santa, se ha advertido sobre todo en los períodos más
agitados de la humanidad. En tales épocas, la Esposa de Cristo se ha mostrado en
todo su esplendor coma maestra de verdad y administradora de salvación y ha
hecho ver a todos el poder extraordinario de la caridad, de la oración, del
sacrificio y del dolor soportados por la gracia de Dios; todos los cuales son
medios sobrenaturales y totalmente invencibles y son los mismos que empleó su
divino Fundador, quien, en la hora solemne de su vida, declaró: «Confiad, yo he
vencido al mundo» (Jn 16,33).
3. La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la
humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está
gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas mas
trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda
en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del
Evangelio. La humanidad alardea de sus recientes conquistas en el campo
científico y técnico, pero sufre también las consecuencias de un orden temporal
que algunos han querido organizar prescindiendo de Dios. Por esto, el progreso
espiritual del hombre contemporáneo no ha seguido los pasos del progreso
material. De aquí surgen la indiferencia por los bienes inmortales, el afán
desordenado por los placeres de la tierra, que el progreso técnico pone con
tanta facilidad al alcance de todos, y, por último, un hecho completamente nuevo
y desconcertante, cual es la existencia de un ateísmo militante, que ha invadido
ya a muchos pueblos.
4. Todos estos motivos de dolorosa ansiedad que se proponen para
suscitar la reflexión tienden a probar cuán necesaria es la vigilancia y a
suscitar el sentido de la responsabilidad personal de cada uno. La visión de
estos males impresiona sobremanera a algunos espíritus que sólo ven tinieblas a
su alrededor, como si este mundo estuviera totalmente envuelto por ellas. Nos,
sin embargo, preferimos poner toda nuestra firme confianza en el divino Salvador
de la humanidad, quien no ha abandonado a los hombres por Él redimidos. Mas aún,
siguiendo la recomendación de Jesús cuando nos exhorta a distinguir claramente
los signos... de los tiempos (Mt 16,3), Nos creemos vislumbrar, en
medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas
de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad. Porque las sangrientas
guerras que sin interrupción se han ido sucediendo en nuestro tiempo, las
lamentables ruinas espirituales causadas en todo el mundo por muchas ideologías
y las amargas experiencias que durante tanto tiempo han sufrido los hombres,
todo ello está sirviendo de grave advertencia. El mismo progreso técnico, que ha
dado al hombre la posibilidad de crear instrumentos terribles para preparar su
propia destrucción, ha suscitado no pocos interrogantes angustiosos, lo cual
hace que los hombres se sientan actualmente preocupados para reconocer más
fácilmente sus propias limitaciones, para desear la paz, para comprender mejor
la importancia de los valores del espíritu y para acelerar, finalmente, la
trayectoria de la vida social, que la humanidad con paso incierto parece haber
ya iniciado, y que mueve cada vez más a los individuos, a los diferentes grupos
ciudadanos y a las mismas naciones a colaborar amistosamente y a completarse y
perfeccionarse con las ayudas mutuas. Todo esto hace más fácil y más expedito el
apostolado de la Iglesia, pues muchos que hasta ahora no advirtieron la
excelencia de su misión, hoy, enseñados mas cumplidamente por la experiencia, se
sienten dispuestos a aceptar con prontitud las advertencias de la Iglesia.
5. Por lo que a la Iglesia se refiere, ésta no ha permanecido en
modo alguno como espectadora pasiva ante la evolución de los pueblos, el
progreso técnico y científico y las revoluciones sociales; por el contrario, los
ha seguido con suma atención. Se ha opuesto con decisión contra las ideologías
materialistas o las ideologías que niegan los fundamentos de la fe católica. Y
ha sabido, finalmente, extraer de su seno y desarrollar en todos los campos del
dinamismo humano energías inmensas para el apostolado, la oración y la acción,
por parte, en primer lugar, del clero, situado cada vez más a la altura de su
misión por su ciencia y su virtud, y por parte, en segundo lugar, del laicado,
cada vez más consciente de sus responsabilidades dentro de la Iglesia, y sobre
todo de su deber de ayudar a la Jerarquía eclesiástica. Añádense a ellos los
inmensos sufrimientos que hoy padecen dolorosamente muchas cristiandades, por
virtud de los cuales una admirable multitud de Pastores, sacerdotes y laicos
sellan la constancia en su propia fe, sufriendo persecuciones de todo género y
dando tales ejemplos de fortaleza cristiana, que con razón pueden compararse a
los que recogen los períodos más gloriosos de la Iglesia. Por esto, mientras la
humanidad aparece profundamente cambiada, también la Iglesia católica se ofrece
a nuestros ojos grandemente transformada y perfeccionada, es decir, fortalecida
en su unidad social, vigorizada en la bondad de su doctrina, purificada en su
interior, por todo lo cual se halla pronta para combatir todos los sagrados
combates de la fe.
6. Ante este doble espectáculo, la humanidad, sometida a un
estado de grave indigencia espiritual, y la Iglesia de Cristo, pletórica de
vitalidad, ya desde el comienzo de nuestro pontificado —al que subimos, a pesar
de nuestra indignidad, por designio de la divina Providencia— juzgamos que
formaba parte de nuestro deber apostólico el llamar la atención de todos
nuestros hijos para que, con su colaboración a la Iglesia, se capacite ésta cada
vez más para solucionar los problemas del hombre contemporáneo. Por ello,
acogiendo como venida de lo alto una voz intima de nuestro espíritu, hemos
juzgado que los tiempos estaban ya maduros para ofrecer a la Iglesia católica y
al mundo el nuevo don de un Concilio ecuménico, el cual continúe la serie de los
veinte grandes Sínodos, que tanto sirvieron, a lo largo de los siglos, para
incrementar en el espíritu de los fieles la gracia de Dios y el progreso del
cristianismo. El eco gozoso que en todos los católicos suscitó el anuncio de
este acontecimiento, las oraciones elevadas a Dios con este motivo sin
interrupción por toda la Iglesia, y el fervor realmente alentador en los
trabajos preparatorios, así como el vivo interés o, al menos, la atención
respetuosa hacia el Concilio por parte de los no católicos y hasta de los no
cristianos, han demostrado de la manera más elocuente que a nadie se le oculta
la importancia histórica de este hecho.
7. Así, pues, el próximo Sínodo ecuménico se reúne felizmente en
un momento en que la Iglesia anhela fortalecer su fe y mirarse una vez más en el
espectáculo maravilloso de su unidad; siente también con creciente urgencia el
deber de dar mayor eficacia a su sana vitalidad y de promover la santificación
de sus miembros, así como el de aumentar la difusión de la verdad revelada y la
consolidación de sus instituciones. Será ésta una demostración de la Iglesia,
siempre viva y siempre joven, que percibe el ritmo del tiempo, que en cada siglo
se adorna de nuevo esplendor, irradia nuevas luces, logra nuevas conquistas, aun
permaneciendo siempre idéntica a sí misma, fiel a la imagen divina que le
imprimiera en su rostro el divino Esposo, que la ama y protege, Cristo Jesús.
8. En un tiempo, además, de generosos y crecientes esfuerzos que
en no pocas partes se hacen con el fin de rehacer aquella unidad visible de
todos los cristianos que responda a los deseos del Redentor divino, es muy
natural que el próximo Concilio aclare los principios doctrinales y dé los
ejemplos de mutua caridad, que harán aún más vivo en los hermanos separados el
deseo del presagiado retorno a la unidad y le allanarán el camino.
9. Finalmente, el próximo Concilio ecuménico está llamado a
ofrecer al mundo, extraviado, confuso y angustiado bajo la amenaza de nuevos
conflictos espantosos, la posibilidad, para todos los hombres de buena voluntad,
de fomentar pensamientos y propósitos de paz; de una paz que puede y debe venir
sobre todo de las realidades espirituales y sobrenaturales, de la inteligencia y
de la conciencia humana, iluminadas y guiada por Dios, Creador y Redentor de la
humanidad.
10. Pero estos frutos, que Nos ardientemente esperamos del
Concilio ecuménico y sobre los que gustamos detenernos tan a menudo, exigen para
preparar tan importante acontecimiento un vasto programa de trabajo. Propónense
por ello cuestiones doctrinales y cuestiones prácticas, y se proponen para que
las enseñanzas y los preceptos cristianos se apliquen perfectamente en la
compleja vida diaria y sirvan para la edificación del Cuerpo místico de Cristo y
cumplimiento de su misión sobrenatural. Todo esto se refiere a la divina
Escritura, la sagrada Tradición, los sacramentos y la oración de la Iglesia, la
disciplina de las costumbres, la acción caritativa y asistencial, el apostolado
seglar y la acción misionera.
11. Pero este orden sobrenatural debe tener máxima eficacia
sobre el orden temporal, que, por desgracia termina tantas veces por ser el
único que ocupa y preocupa al hombre. Porque en este campo también ha demostrado
ser la Iglesia Mater et magistra, según la expresión de nuestro glorioso
antecesor Inocencio III, pronunciada con ocasión del Concilio ecuménico
Lateranense IV. Aunque la Iglesia no tiene una finalidad primordialmente
terrena, no puede, sin embargo, desinteresarse en su camino de los problemas
relativos a las cosas temporales ni de las dificultades que de éstas surgen.
Ella sabe cuánto ayudan y defienden al bien del alma aquellos medios que
contribuyen a hacer más humana la vida de los hombres, cuya salvación eterna hay
que procurar. Sabe que, iluminando a los hombres con la luz de Cristo, hace que
los hombres se conozcan mejor a sí mismos. Porque les lleva a comprender su
propio ser, su propia gran dignidad y el fin que deben buscar. De aquí la
presencia viva de la Iglesia, de hecho o de derecho, en los actuales organismos
internacionales y la elaboración de una doctrina social sobre la familia, la
escuela, el trabajo, la sociedad civil y, finalmente, sobre todos los problemas
de este campo, que ha elevado a tal prestigio el Magisterio de la Iglesia, que
su grave voz goza hoy de gran autoridad entre los hombres sensatos, como
intérprete y baluarte del orden moral y como defensora de los deberes y derechos
de todos los seres humanos y de todas las comunidades políticas.
12. Por lo cual, como vivamente esperamos, el influjo benéfico
de las deliberaciones conciliares llegará a iluminar con la luz cristiana y
penetrar de fervorosa energía espiritual no sólo lo íntimo de las almas, sino
también el conjunto de las actividades humanas.
13. El primer anuncio del Concilio, hecho por Nos el 25 de enero
de 1959, fue como la menuda semilla que echamos en tierra con ánimo y mano
trémula. Sostenidos por la ayuda del cielo, nos dispusimos seguidamente al
complejo y delicado trabajo de preparación. Tres años han pasado ya, en los que,
día a día, hemos visto desarrollarse la menuda semilla y convertirse, con la
bendición de Dios, en gran árbol. Al volver la vista al largo y fatigoso camino
recorrido, se eleva de nuestra alma un himno de acción de gracias al Señor por
la largueza de sus ayudas, gracias a las cuales todo se ha desarrollado de forma
conveniente y con armonía de espíritu.
14. Antes de determinar los temas de estudio para el futuro
Concilio, quisimos oír primeramente el sabio y luminoso parecer del Colegio
cardenalicio, del Episcopado de todo el mundo, de los sagrados dicasterios de la
Curia romana, de los superiores generales de las órdenes religiosas, de las
universidades católicas y de las facultades eclesiásticas. En el curso de un año
fue llevado a cabo este ingente trabajo de consulta, de cuyo examen resultaron
claros los puntos que deberán ser objeto de un profundo estudio.
15. Para preparar el Concilio creamos entonces diversos
organismos, a los que confiamos la ardua tarea de elaborar los esquemas
doctrinales y disciplinares, de entre los que escogeremos los que habrán de ser
sometidos a las congregaciones conciliares.
16. Tenemos, finalmente, la alegría de comunicar que este
intenso trabajo de estudio, al que han prestado preciosa contribución
Cardenales, Obispos, Prelados, teólogos, canonistas y expertos de todo el mundo,
está tocando a su fin.
17. Así, pues, confiando en la ayuda del Redentor divino,
principio y fin de todas las cosas; de su augusta Madre, la Santísima Virgen
María, y de San José, a quien desde el comienzo confiamos tan gran
acontecimiento, nos parece llegado el momento de convocar el Concilio ecuménico
Vaticano II.
18. Por lo cual, después de oír el parecer de nuestros hermanos
los Cardenales de la S. I. R., con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de
los santos apóstoles Pedro y Pablo, y nuestra, publicamos, anunciamos y
convocamos, para el próximo año 1962, el sagrado Concilio ecuménico y universal
Vaticano II, el cual se celebrará en la Patriarcal Basílica Vaticana, en días
que se fijarán según la oportunidad que la divina Providencia se dignara
depararnos.
19. Queremos entretanto y ordenamos que a este Concilio
ecuménico por Nos convocado acudan, de dondequiera, todos nuestros queridos
hijos los Cardenales, los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos
Obispos, ya residenciales, ya sólo titulares, y además todos los que tienen
derecho y deber de asistir al Concilio ecuménico.
20. Por último, rogamos a cada uno de los fieles y a todo el
pueblo cristiano que, concentrando sus afanes en el Concilio, pidan a Dios que
favorezca benignamente tan magno y ya inminente acontecimiento y con la
fortaleza de su gracia permita celebrarlo con la debida dignidad. Que esta
oración común sea inspirada por una fe viva y perseverante; que se vea
acompañada de la penitencia voluntaria, que la hace más acepta a Dios y acrece
su eficacia; que esté igualmente avalorada por el esfuerzo generoso de vida
cristiana, que sea como prenda anticipada de la resuelta disposición de cada uno
de los fieles a aceptar las enseñanzas y directrices prácticas que emanarán del
Concilio.
21. Nuestro llamamiento se dirige al venerable clero, así
secular como regular, esparcido por todo el mundo, y a todas las categorías de
fieles; pero encomendamos el éxito del Concilia, de modo especial, a las
oraciones de los niños, pues sabemos bien cuán poderosa es delante de Dios la
voz de la inocencia, y a los enfermos y dolientes, para que sus dolores y su
vida de inmolación, en virtud de la cruz de Cristo, se transformen en oración,
en redención y en manantial de vida para la Iglesia.
22. A este coro de oraciones invitamos, finalmente, a todos los
cristianos de las Iglesias separadas de Roma, a fin de que también para ellos
sea provechoso el Concilio. Nos sabemos que muchos de estos hijos están ansiosos
de un retorno a la unidad y a la paz, según la enseñanza de Jesús y su oración
al Padre. Y sabemos que el anuncio del Concilio no sólo ha sida acogido por
ellos con alegría, sino también que no pocos han ofrecido sus oraciones por el
buen éxito de aquél y esperan mandar representantes de sus comunidades para
seguir de cerca sus trabajos. Todo ello constituye para Nos motivo de gran
consuelo y esperanza, y justamente para facilitar estos contactos creamos de
tiempo atrás un secretariado con este fin concreto.
23. Repítase así ahora en la familia cristiana el espectáculo de
los Apóstoles reunidos en Jerusalén después de la ascensión de Jesús al cielo,
cuando la Iglesia naciente se encontró unida toda en comunión de pensamiento y
oración con Pedro y en derredor de Pedro, Pastor de los corderos y de las
ovejas. Y dígnese el Espíritu divino escuchar de la manera más consoladora la
oración que todos los días sube a Él desde todos los rincones de la tierra:
«Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un nuevo Pentecostés, y concede
que la Iglesia santa, reunida en unánime y más intensa oración en torno a María,
Madre de Jesús, y guiada por Pedro, propague el reino del Salvador divino, que
es reino de verdad, de justicia, de amor y de paz. Así sea» (cf. ASS 51
(1959) 382).
24. Queremos, pues, que esta Constitución sea eficaz ahora y
para siempre, de tal manera que sus decretos se observen escrupulosamente por
aquellos a quienes afectan, y así obtengan su resultado. Ningún mandato en
contrario, de cualquier clase que sea, podrá impedir la eficacia de esta
Constitución, ya que los derogamos todos mediante la misma Constitución. Por lo
tanto, si alguien, cualquiera que sea su autoridad, a sabiendas o sin darse
cuenta, actuare en contra de lo por Nos establecido, mandamos que se considere
como nulo y de ningún valor. Además, a nadie le será licito ni romper ni
falsificar estos documentos de nuestra voluntad; y se ha de dar también
completamente el mismo crédito que se daría a este documento si se dejara ver, a
sus copias y pasajes, sean impresos o manuscritos, que antepongan el sello de
alguien constituido en dignidad eclesiástica y lleven también la firma de algún
notario público. Si alguno menospreciare o de cualquier modo criticare estos
nuestros decretos en general, sepa que incurrirá en las penas establecidas en el
derecho contra los que no cumplen los mandatos de los Sumos Pontífices.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en el día de la Natividad
del Señor, 25 de diciembre de 1961, cuarto de nuestro pontificado.
Yo, JUAN, Obispo de la
Iglesia católica
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