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CARTA APOSTÓLICA DE SU SANTIDAD JUAN XXXIII
AL EPISCOPADO DE LA INDIA
CON MOTIVO DE SU CONFERENCIA QUINQUENAL
*

A nuestro querido hijo Valeriano Gracias,
Cardenal de la Santa Iglesia Romana,
Arzobispo de Bombay,
y a los venerables hermanos
Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios
en paz y comunión con la Sede Apostólica

IOANNES PP. XXIII

 

Querido hijo nuestro y venerables hermanos,
Salud y Bendición Apostólica:

El haberos enviado a nuestro querido hijo Gregorio Pedro Agagianian, Prefecto de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, al celebrar la Conferencia quinquenal del Episcopado de la India, es una prueba evidente de la satisfacción de nuestro corazón paternal, de la alegre esperanza en los ubérrimos frutos, así como de la confianza con que pensamos en vosotros y en vuestras reuniones.

Pues nos consuela sobremanera vuestra conciencia del deber pastoral, de que dais ejemplo, así como el activo celo por la religión, que os inflama, hasta el punto de que, después de deliberar, acordáis y disponéis, conforme a adecuadas normas, todo aquello que en esa nobilísima nación, tan querida de Nos, exige la firmeza de la Iglesia de Dios, el progreso y la acción apostólica.

Mientras el pueblo de la India, en plenitud de vida, trata por todos los medios de ponerse a la altura de los progresos actuales, sabemos que a ello ha contribuido no poco la prosperidad de la Iglesia en la India, que tanto favorece al bien de la sociedad, no valiéndose de medios humanos ni impulsada por motivos terrenos, sino con las pacíficas armas de la verdad, que dimana de la misma fuente divina, con las buenas costumbres, que impulsan a los hombres a una vida santa, con el don de la gracia, que nos otorga "llamarnos y ser hijos de Dios" (1 Io. 3, 1) ; en fin, con las obras de caridad que en vuestro país esparcen por doquier el buen olor de Cristo, es decir, los innumerables centros sanitarios, hospitales, dispensarios y tantos asilos de ancianos, de niños y de otros necesitados, que son como otras tantas hermosas flores del jardín del Señor, y que atraen tanto a los nativos a la fe cristiana y al Divino Redentor.

Tampoco ignoramos, venerables hermanos, que entregáis gustosamente todo y que anheláis sacrificaros vosotros mismos (2 Cor. 12, 15) por la grey confiada a vuestros desvelos, para cumplir cada vez con mayor idoneidad y eficacia vuestra sagrada misión docente y pastoral. Prueba de ello son las Actas del primer Concilio Plenario de la India celebrado en el año 1950, así como el constante celo de los Obispos del Concilio, de donde arranca todo el apostolado en vuestro país y acertadamente se le dirige.

Por lo tanto, con mucha razón vuestro principal interés está en la formación de los seminaristas y sacerdotes, que ha sido siempre la preocupación primordial de la Iglesia, porque de nada depende tanto el bien de ésta como de la santidad del clero y de su aspiración a la perfección. Por ello es absolutamente necesario que no sólo se aumente el número de los aspirantes al sacerdocio, sino que se los forme con gran empeño y método adecuado en la ciencia y santidad de vida, como pide la sagrada misión del sacerdote, ya que, para cumplirla, los llamó Cristo Jesús por una gracia especial de Dios. Pero sólo profundizar en la doctrina, cuyo depósito guarda íntegro la Iglesia, como herencia recibida de Dios, y alcanzarán la santidad de vida, que han de procurar mediante una larga y perfecta práctica de la virtud. Pues no hay que esperar la ansiada salvación del género humano de las novedades en materia de predicación, sino de la eficacia de la misma divina palabra, que se enseña según las normas tradicionales, para extender el Reino de Jesucristo en el mundo. Ante todo es preciso que "los ministros de la palabra" (Luc. 1, 2) demuestren esta eficacia de la predicación con una vida nueva sobrenatural y aventajen con su ejemplo a los fieles. Recuerden, además, todos los sacerdotes de ambos cleros de la India —que tenemos presentes y en los que pensamos siempre que recibimos a los alumnos del Colegio Urbano de Propaganda Fide, tan benemérito para la Iglesia y tan querido de Nos— que nada hay más provechoso para el ministerio sagrado como la obediencia pronta y alegre a la Sagrada Jerarquía y fomentar entre sí la caridad fraterna, según exhorta el Príncipe de los Apóstoles:

"Mostrad... en el amor fraterno la caridad. Pues tales cosas, si se hallan en vosotros y van en aumento, no nos dejan inactivos e infructuosos en orden al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo" (2 Petr. 1, 5-8). Porque si los ministros sagrados no tienen "un solo corazón y una sola alma" (Act. 4, 32) —las gentes conocieron este sublime ejemplo de vida desde los primeros momentos de la Iglesia de Jesucristo— de nada servirían las obras exteriores, por importantes que sean, ni siquiera la labor de apostolado; más aún, según la advertencia del Apóstol de las gentes, "nada" son, si falta la sublime y divina caridad (1 Cor. 13, 2-3).

Además hay algo que es útil para la Iglesia y en ello tenemos mucho empeño, como hicimos saber en la Encíclica Princeps Pastorum, a saber, la adecuada instrucción y formación de los seglares católicos, especialmente de aquellos que ocupan altos cargos en la sociedad, para que su modo de vida pública y privada responda plenamente a la religión que profesan y a los deberes que de ella se derivan. A ellos compete especialmente velar para que se cumpla esto en las escuelas e institutos católicos, y a ninguno deberá parecerle duro cualquier sacrificio con tal de que esos institutos progresen y respondan adecuadamente a la finalidad que se les pide. Por lo que respecta al apostolado seglar, huelga advertir que esta obra de cooperación con la Sagrada Jerarquía no podrá producir los frutos deseados si no corre parejas con ella y la penetra profundamente la doctrina de la Iglesia y la íntegra observancia de los mandamientos, la pronta y constante voluntad de obedecer a los Superiores y la vida cristiana, que sirva de ejemplo de virtud.

Por último, venerables hermanos, es del todo evidente que no se puede procurar, como conviene, el bien de la Iglesia, si no se promueve por todos los medios la unidad y concordia entre los católicos. Pues si en especiales circunstancias, tal vez se pone en grave peligro en algún lugar la fe católica, la justicia social o la moral, ya natural, ya cristiana, está claro que, si siempre fue necesario defender y promover estos bienes, ahora es tanto más necesaria la unión de todas las fuerzas católicas, unión que, para ser realmente eficaz, tiene que inspirarla y dirigirla la Jerarquía.

Así se logrará que la Iglesia de Dios, aunque alguna vez pareciere "la pequeña grey" (Luc. 12, 32), procure la auténtica prosperidad y bienestar, de los pueblos —bienes más estimables que ningún otro— y sus hijos demuestren ostensiblemente su amor sincero a la patria terrena.

Con esta alegre esperanza en los bienes saludables estamos presentes en espíritu a vuestra reunión e invocamos sobre ella la protección de la Virgen María, Madre de Dios, de Santo Tomás Apóstol, de San Francisco Javier y de los demás Patronos vuestros, y de todo corazón impartimos al clero y pueblo de toda la India la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de agosto de 1960, segundo año de nuestro Pontificado.

IOANNES PP. XXIII


* AAS 52 (1960) 805-808; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 838-841.

 

 

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