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JUAN XXIII

AUDIENCIA GENERAL*

Miércoles 7 de diciembre de 1960

 

Nos es grato renovar la alegría del encuentro con vosotras, queridas hijas del Centro Italiano Femenino, que celebráis el X Congreso Nacional.

Este vibrar y alegrarse de las almas en torno al Papa se embellece hoy con el resplandor de una doble luz que respira candor y dulzura: la Virgen Inmaculada, que atrae nuestros corazones con los fulgores de su persona "llena de gracia", y su Hijo bendito, Cristo Jesús, al que se dirige el anhelo de los pueblos en este tiempo de Adviento. Egreditur virga de radice Iesse et flos de radice eius ascendet (Is., 11, 1). Ha salido la estrella de la mañana que anuncia el día de la Encarnación; ha germinado el tallo purísimo del que brota la más hermosa flor de la creación, Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María. Con esta luz se ilumina la reunión de hoy y adquiere gracia y dulzura.

La alegría de conversar con vuestras almas nace de la visión del bien que el Centro Italiano Femenino ha promovido desde sus comienzos y sigue haciendo en el cumplimiento de su elevada misión, y, sobre todo, de saber que permanece fiel a los principios de orden sobrenatural que inspiran su acción de asistencia, de educación y de caridad.

No enumeramos los méritos y los resultados alcanzados, de los cuales se ha hablado ampliamente. ¡Queridas hijas! El Papa está contento de vuestro trabajo, encaminado a fomentar las buenas energías de la mujer, llamándola a estar presente en todos los campos de la vida familiar, cívica y social. El Papa está con vosotras y os apoya; y con vosotras alienta las almas que en el mundo entero promueven y ayudan a los movimientos femeninos y se inspiran en vuestros mismos ideales de unión y de apostolado.

El tema de vuestro congreso habla de la mujer en la familia y en el trabajo. El tema escogido, de gran y vital interés, nos depara la ocasión de algunas consideraciones que os dedicamos como recuerdo de vuestras jornadas romanas.

Familia y trabajo, dos centros de atracción, dos núcleos en los que se apoya la vida de la mujer y que tanto merecen una palabra de examen y atención.

1) Ante todo, la mujer en la familia.

El primero de marzo del año pasado se nos ofreció la oportunidad de abordar con vosotras algunos aspectos de la familia "entendida como ambiente natural para el desarrollo de la personalidad humana y como refugio providencial en el que se sitúan y se calman las tempestades de la vida". (Discursos, Menajes y Coloquios, 1, pág. 172.)

Volvemos de buena gana sobre el tema, pero con palabras más tristes, repitiendo la invitación que brotó entonces de nuestros labios: "Este santuario —lo decimos con dolor de corazón—¡está amenazado por tantas insidias! Una propaganda a veces irresponsable se vale de los poderosos medios de la Prensa, del espectáculo y de la diversión para propagar especialmente entre los jóvenes los gérmenes nefastos de la corrupción. Es necesario —dijimos entonces— que la familia se defienda, que las mujeres ocupen con valentía y profundo sentido de responsabilidad su puestos en esta obra, y que sean infatigables en vigilar, en corregir, en enseñar a distinguir el bien del mal, valiéndose incluso, si es necesario, de la protección de la ley civil."

Hemos querido repetir esta invitación porque no sólo no han desaparecido las lamentables ocasiones de peligro, sino que se han multiplicado los ataques, cada vez más frecuentes, a la santidad de la familia. No hay que omitir ningún esfuerzo por parte de quienes tienen responsabilidad y juicio recto humano y cristiano, para que se logren eficazmente condiciones más sanas en el desarrollo y perfección de la familia.

La familia es un don de Dios; ella implica una vocación que viene de lo alto, que no puede improvisarse. Ella es el principio de la verdadera y buena educación; la familia es todo o casi todo para el hombre; por ejemplo, para el niño que despierta a la vida en sus primeras experiencias imborrables; para el adolescente y el joven, que encuentran en ella un ejemplo que imitar y un baluarte contra el nefasto espíritu del mal; para los mismos cónyuges, protegidos contra las crisis y las desorientaciones a que a veces están expuestos; para los ancianos, finalmente, que pueden disfrutar en ella del fruto merecido de una larga fidelidad y constancia.

En la perspectiva de la familia al la mujer le compete un puesto insustituible. Ella es la voz que todos escuchan en el hogar, cuando sabe hacerse oír y sabe siempre hacerse respetar: es la voz vigilante y prudente de la mujer, esposa y madre. Ella puede invocar el testamento de Moisés moribundo y decir a sus hijos y por ellos a las futuras generaciones: "Pongo por testigos hoy al cielo y a la tierra de que os he puesto ante los ojos la vida y la muerte... Escoge, pues, la vida para que puedas vivir tú y tu familia y ame al Señor tu Dios y obedezca su voz y permanezca unido a El" (Deut. 30, 19-20).

La voz de la madre, cuando anima, invita, exhorta, queda profundamente grabada en el corazón de los suyos y jamás se olvida. ¡Ah, sólo Dios sabe cuánto bien ha causado esta voz y la utilidad que procura a la Iglesia y a toda la sociedad humana!

Queridas hijas: iluminad, por tanto, a las mujeres sobre esta gran misión suya; seguid trabajando en profundidad y en extensión para que de las falanges generosas y ardientes de mujeres cristianas nazca el impulso hacia una renovación duradera de las costumbres públicas y privadas, hacia un eficaz refuerzo de la vida familiar y civil a la luz de las enseñanzas del Evangelio.

2) La mujer en el trabajo

Además del extenso programa que espera a la mujer en la familia, el tema de vuestro Congreso estudia también el puesto de la mujer en el trabajo.

A este respecto nos hallamos ante realidades nuevas, extensos deberes y, por consiguiente, responsabilidades que adquieren aspectos diferentes e insospechados.

El problema afecta ,un poco a todos y se plantea especialmente a los padres desde los primeros años de la niñez, cuando los problemas de la existencia y de las necesidades apremiantes familiares les obligan a pensar en que las niñas podrían realizar trabajos o ganancias, o en prepararlas para las profesiones y los deberes de mañana.

Ha sido discutido, y todavía lo es, este o aquel aspecto de la oportunidad o, al menos, de la aplicación de la mujer a un determinado trabajo y profesión. Pero es necesario mirar a la realidad de los hechos, que demuestra que siempre es mayor la inclinación de la mujer hacia fuentes de ocupación y de trabajo y crece cada vez más su aspiración a una actividad que pueda hacerla económicamente independiente y libre de necesidades.

Pero si la independencia económica de la mujer proporciona ventajas, ¡cuántos problemas surgen ante su misión fundamental, que es plasmar nuevas criaturas! He aquí, pues, situaciones nuevas que se presentan con máxima urgencia y exigen preparación y espíritu de adaptación y de renuncia; éstas se adquieren en la vida de familia; en el cuidado y educación de los pequeños; en el hogar, que queda desposeído de una tan necesaria presencia; en el mismo descanso, que los frecuentes deberes reducen y perturban, y, sobre todo, en la santificación de los días festivos y, en general, en el cumplimiento de aquellos deberes religiosos que por sí solos hacen fecunda la obra educadora de la madre.

Ya se sabe que el trabajo, como es natural, fatiga y puede incluso ofuscar la personalidad; a veces humilla y mortifica. Al volver a casa después de largas horas de ausencia y a veces de disipaciones inconcebibles, ¿encontrará el hombre su refugio, la renovación de las energías, la compensación contra la aridez y mecanismo que le rodean?

También en esto es grande la misión que espera a la mujer, que la obliga a no permitir se agoten, al contacto con las abrumadoras realidades del trabajo, los tesoros de su vida interior, los recursos de la sensibilidad de su corazón abierto y delicado, a no olvidar esos valores del espíritu que constituyen la única defensa de su nobleza; a no dejar, por último, de sacar de las fuentes de la oración y de la vida sacramental la energía para mantenerse a la altura de su incomparable misión.

Ella está llamada a un esfuerzo quizá mayor que el hombre, si consideramos la fragilidad natural de la mujer en algunos aspectos y también porque a ella se le pide más. Ella es, efectivamente, la que en todo tiempo y circunstancia tiene que saber hallar los recursos para afrontar con conciencia serena sus deberes de madre y de esposa; para hacer acogedor y tranquilo su hogar después de las fatigas del trabajo diario; para no abatirse frente a las responsabilidades que lleva consigo la educación de los hijos.

Grande y noble es el trabajo que os espera, queridas hijas, para que vuestra presencia sea luz, sostén y guía. No os dejéis abatir por las numerosas dificultades de semejante deber, y confiad en la generosidad y prontitud de las mujeres cristianas, en los sanos recursos espirituales de ese maravilloso ejército de almas bellas, alimentadas de fe y de amor, contentas de sacrificarse por sus familias sin pedir ni lamentarse de que falten las compensaciones.

Pero, sobre todo, confiad en Dios, que está cerca de vosotras y "obra en vosotras el querer y el obrar según su beneplácito" (Phil., 2, 13). El os consuela y anima, y fecundará cada vez más vuestro trabajo.

Sobre estos pensamientos del espíritu y preocupaciones que llegan al corazón palpita siempre el amor y la gracia nuestra celestial Madre Inmaculada.

Con la seguridad de esta protección maternal, nos es muy grato impartir a cada una de vosotras aquí presentes nuestra copiosa y confortadora bendición apostólica, que hacemos extensiva, en primer lugar, a los consiliarios eclesiásticos y a todos los que con vosotras colaboran en la difusión del Reino de Dios y en defensa de la dignidad de la mujer.

* * *

Permítasenos unas palabras de paternal y vivísimo aplauso para las afiliadas de la Juventud Femenina de Acción Católica ganadoras del Certamen Nacional de Cultura Religiosa.

Habéis oído nuestras consideraciones y comprendido nuestras preocupaciones, queridas hijas. Si os hubiésemos dirigido un discurso completo, no os hubiéramos transmitido otra consigna diferente ni indicado otro camino.

Ante la visión de la mujer que, en cierto modo, preside el gobierno espiritual del hogar, según la expresión bíblica tan familiar a nuestro espíritu: Os suum aperuit sapientiae et lex clementiae in lingua eius (Prov. 31, 26), vosotras debéis encontrar vuestro puesto ideal desde ahora.

Esta vuestra aplicación al estudio del catecismo es el presupuesto, el fundamento, de vuestra vida de mañana en el ambiente doméstico y en las relaciones eventuales de trabajo.

Perseverad, pues, buscando la belleza de la verdad; honrad ya a la más auténtica belleza y a la verdad; experimentad en vosotras la dulzura y la fuerza de la doctrina que estudiáis.

Los ángeles del Señor irán delante de vosotras, y vuestra juventud será el más hermoso y convincente testimonio de vida honesta, noble y cristiana.

Vuestro apostolado será persuasivo por la fuerza del ejemplo, que os hará apóstoles de esas eternas verdades que dan luz al entendimiento y al corazón.

Así bendecimos a cada una de vosotras, vuestro propósitos y a todas las personas que son objeto de vuestro amor o de vuestra preocupación, con el deseo paternal de que vuestra presencia de hoy, precursora de primavera, sea mañana delicia y consuelo de la Santa Iglesia y de vuestras familias.

 


*  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 65-70.

 

 

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