CELEBRACIÓN DE LAS PRIMERAS
VÍSPERAS DE SAN PEDRO
HOMILÍA DE
SU SANTIDAD JUAN XXIII
Domingo 28 de junio de 1959
Venerables hermanos y queridos hijos:
Esta liturgia vespertina nos inicia en la gran solemnidad que consagra el
recuerdo del martirio de los santos Apóstoles Pedro y Pablo.
Los nombres gloriosos de las dos columnas de la Iglesia están unidos, por
antiquísima tradición, para significar con poderoso brío su estatura de
gigantescas proporciones, que, así como los distingue de los demás apóstoles y
discípulos de Jesús, así también los une en el esplendor de la vocación, del
ministerio, del martirio.
Sin embargo, la anual conmemoración, cuyo atractivo pregustamos hoy, mira
especialmente al Apóstol Pedro, al humilde pescador convertido en la roca sobre
la que se apoya la Iglesia, al primer Obispo de Roma. Las antífonas de estas
primeras vísperas se han referido a él en un crescendo de invocaciones y de
alabanzas vara concluir, al "Magníficat", con la gozosa afirmación:.. Tu es
pastor ovium, Princeps Apostolorum: tibi traditae sunt claves regni coelorum
La liturgia nos pone de manifiesto así la admirable estructura de la Iglesia
como cuerpo organizado que los teólogos, con San Agustín, llaman Cuerpo Místico
de Jesús, el Fundador divino, que ha puesto sobre el vértice de su, obra a San Pedro,
el príncipe de los Apóstoles.
Os hablamos con paternal confianza, queridos hijos. Dos motivos han determinado
esta nuestra reunión: las primeras vísperas solemnes de San Pedro y la bendición
de los sacros palios destinados a ornamento preclaro de los más altos Prelados
de la Iglesia que durante el año asumen las varias sucesiones del gobierno
espiritual en las sedes más ilustres del mundo.
Este doble motivo de fiesta y de la liturgia nos sugiere tres pensamientos
para nuestra común edificación.
I. El primer Papa
Como se ha dicho del breve diálogo, entre el ángel y María en los silencios de
Nazaret, diálogo que resume el misterio de la Encarnación y de la Redención del
mundo, así el Tu es Cbristus filius Dei vivi de Pedro y la respuesta de Jesús:
Tu es Petrus es super hanc petram aedificabo Ecelesiam meam, señalan la
estructura de la Iglesia católica.
En efecto, a través de la divina maternidad de María, el Verbo de Dios se hace
hombre y se prepara la redención y la salud del mundo. Al acto de fe en Cristo,
Hijo de Dios vivo, responde el Tu es Petrus de Jesús y con él la institución de la Iglesia. Así se cumple la salvación del mundo.
Esto es proclamado en estas primeras vísperas solemnes.
Parece como si la entonación inicial, el seguirse de las antífonas de los
salmos, la sonoridad del himno preparen la explosión del "Magníficat" precedido
por el Tu es pastor ovium, Princeps Apostolorum.
Alabamos a Dios y le exaltamos en la gloria de San Pedro y de los demás
Apóstoles que por la virtud y la gracia divina se esparcieron por todo el mundo
y prolongan a través de los siglos el canto de la liberación y de la salvación
de toda la humana gente.
II. La sucesión de Pedro y de los apóstoles
Simón,, hijo de Juan, llamado por Jesús piedra fundamental, está en su
eminente puesto. Su autoridad sobrepasa a la de los apóstoles que con él reciben
la participación del divino mandato en la Iglesia una, santa,
católica, apostólica.
Pedro abre la serie gloriosa de los Pontífices romanos, y el Líber Pontificalis reseña la sucesión de Pedro a través de los siglos. Su autoridad es
ante todo augusto e iluminado magisterio; es organización de la obra divina en
todo el mundo en la distribución de las provincias eclesiásticas y con la
colaboración de cuantos pertenecen al orden sagrado y religioso; el clero
secular y regular, instituciones antiquísimas y modernas de oración y de
apostolado.
Pues bien, signo y símbolo de esta organización, que es prueba perenne y
perfecta de doctrina revelada y que expresa su subordinación y a la vez
distribución de la inmensa misión pastoral confiada a los Obispos, es el sagrado
palio.
Insignia de honor y de moderada jurisdicción es una sencilla banda de lana blanca;
se distingue por sus cruces de seda negra colocadas sobre los hombros con dos
extremidades pendientes la una sobre el pecho y la otra sobre la espalda;
adornado por tres alfileres de piedras preciosas: sobre el pecho, sobre la
espalda, sobre el hombro izquierdo. Descripción sencilla, pero de significación
y aplicación múltiple.
El sacro palio, conferido desde la mitad del siglo IX a los Patriarcas, a los Metropolitas,
a los Arzobispos, es bendecido por el propio Papa, corno sucesor de San Pedro,
aquí, en la basílica vaticana, después de las primeras vísperas de la
solemnidad de hoy.
La colección de cada uno de los palios preparados y en disposición para
cualquier nueva distribución que se ofrezca durante el año, se conserva en una
caja de plata dorada junto a la Confesión.
El Papa lleva siempre su sagrado palio en las misas solemnes y por todas
partes. Al Cardenal protodiácono corresponde el honor de imponerlo en nombre
del Papa a cada uno de los dignatarios que tienen derecho a él, pero no lo pueden
llevar más que en determinados días fijados por el Coeremoniale Episcoporum.
Dicho palio es signo de noble y alta jurisdicción y está tejido de lana pura
para expresar toda la dulzura de los corderos de Santa Inés que la
proporcionan. Todos los años recibe del Papa la primera bendición en la fiesta
de la jovencita, romana cuyo perfume de pureza es motivo de continua
edificación para todos.
III: Magisterio eclesiástico. Doctrina y disciplina
Fiesta de San Pedro y bendición de los sacros palios significan doctrina
fundamental acerca de la estructura de la Iglesia, su organización interior y la
disciplina enseñada a todo el pueblo cristiano. Precisamente el gran Papa
Benedicto XIV llamaba al sacro palio «symbolum unitatís et cum Apostolica Sede communionis perfectae tessera».
De hecho, el ministerio supremo pontifical en la sucesión de Roma, y por ella
de todas las Iglesias del mundo, es continuado homenaje a las enseñanzas del
Jefe de la Iglesia y de los Obispos en comunión con él; y es ejercicio
edificante, del clero y del pueblo, de perfecta humanidad y de obediencia.
¡Ah, el espectáculo magnifico de esta unidad en el creer y de esta concordia en
el obrar, del que la Iglesia católica continúa ofreciendo en todo el mundo
esplendor y admiración!
Mientras tanto, la gracia del Señor socorre a sus fieles esparcidos por las
varias regiones de la tierra, igualmente encaminados hacia los bienes
celestiales, de la que el magisterio católico es admirable distribuidor.
Cierto es que tal luminosa belleza de unidad y de fidelidad a la enseñanza
cristiana se apoya sobre el fundamento de la gracia y de la libertad individual,
y colectiva para cuantos reconocen el fin trascendente de la vida
humana.
Por desgracia esta libertad puede sufrir coerción desde el exterior. Desde los
albores de la historia humana ha sufrido oposiciones y limitaciones.
En esta misma hora en que os hablamos, el príncipe de las tinieblas prosigue aquí y
allá en su decidido intento del nolumus hunc regnare super nos con relación
a Cristo y su herencia; no escatima audacia alguna e impone sacrificios extremos a almas inocentes y generosas
puestas violentamente en condiciones de no
poder ejercitar estos primeros derechos y valores de humanidad y civilización.
Así como Nos hemos admirado y quedado estupefactos por las nuevas conquistas del ingenio humano y de
sus tentativas de ganar los espacios
celestes, igualmente es una aflicción para el corazón del Pastor este levantarse de insalvables
murallas, no muy lejos de nosotros, para separar de la unidad central de la
Iglesia algunas porciones escogidas de la grey de Cristo. Sobre la base del
magisterio eclesiástico y de la doble defensa de la doctrina y de la disciplina,
San Pedro dejó en herencia a sus sucesores y para exhortación a las virtudes cristianas a todos los fieles, dos epístolas. A medida
que penetramos en su
conocimiento crece la admiración ante el aspecto práctico de tan. luminosa
enseñanza. En ella se encuentra el aliento y la exhortación para todos y para
cada uno. Son dignas de retenerlas en la memoria y de repetirlas come un cántico
y come una advertencia para cada día.
El anuncio de la encíclica
Sobre las huellas de San Pedro, Princeps Pastorum, el ultimo y más indigno de
sus sucesores que aquí os habla y se honra con su palio pontifical, dentro de
pocos días hará seguir a este discurso una carta más amplia de esplendente
doctrina para más abundante alimento de vuestras almas, que desde hace algún
tiempo esperan este documento o carta encíclica destinada' a marcar
ordinariamente el comienzo de todo pontificado. Acoged esta carta encíclica,
venerables hermanos y queridos hijos esparcidos por el universo, con
sencillez y con fe. En ella encontraréis la misma doctrina del primer Papa,
inspirada por el mismo amor de la verdad, de la mutua caridad y de la paz.
Leedla —Veritas, Unitas et Pax— con calma y hacedla leer. Algunos puntos allí
tocados no coinciden con las direcciones del pensamiento moderno allí donde
éste se aparta de la divina revelación, pero vosotros los encontraréis
oportunos, como clara advertencia para la búsqueda de los verdaderos bienes de
la vida presente y para la seguridad, de la vida futura y eterna que nos
aguarda.
* * *
¡Oh, San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, primer Pontífice de la Iglesia
universal, cuánta delicia es para nuestro corazón inclinar desde esta tarde
nuestras frentes sobre tu pie bendito y pronunciar, como aprendimos en nuestra
juventud sacerdotal, aquellas santas palabras: Oboedientia et pax; obediencia y
paz!
He aquí que nos unimos en este homenaje litúrgico a ti, ¡oh Pedro!, hijo de
Jona, Santísimo, con el Doctor de las gentes el incomparable Pablo, templo
sacratísimo y de elección, tu compañero en la muerte, partícipe de tu misma
corona; antorchas ambos, luz y decoro de la Iglesia universal.
In orbe claro coruscantes vibramine, según las expresiones del inmortal poema
de San Paulino de Aquileya, del que brotó vivísimo el ferviente saludo «O felix
Roma», cantado ahora mismo en las vísperas.
He aquí que para honrar y suplicar a San Pedro se levantan hacia lo alto con
Pablo Apóstol los innumerables santos que, bajo el esplendor de estas bóvedas
y allá fuera, en la magnificencia de la majestuosa plaza, tejen su cántico de
gloria: doctores de la Iglesia de Oriente y de Occidente; los santos Gregorio,
los santos León, el Crisóstomo, el Nacianceno, los que aquí duermen bajo los
altares, los Pontífices antiguos y recientes y los más próximos a nosotros, los
más conocidos, los más queridos.
Ellos exultan ciertamente de gozo con nosotros, nuestros Papas del último siglo,
en esplendor pacífico y tranquilo de usos litúrgicos desde mucho tiempo
ininterrumpidos y ahora humilde y confiadamente reevocados para común alegría
espiritual, para festiva edificación del pueblo cristiano.
Acoged, acoged, venerables hermanos y queridos hijos, la gran bendición que
auctoritate et nomine Sanctorum Apostolorum Petri et Pauli os otorgamos
de todo
corazón y con paternal afecto.
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