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CONSAGRACIÓN DE CATORCE OBISPOS MISIONEROS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII*

Solemnidad de Pentecostés
Domingo 21 de mayo de 1961

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

El desenvolvimiento del rito en el que cada uno de nosotros ha participado, ha llenado nuestro espíritu de emoción y, al mismo tiempo, de santa alegría y nuevo fervor. Aquí se ha renovado aquello de Spiritus Domini replevit orbem terrarum, y verdaderamente: hoc quod continet omnia scientiam habet vocis (Sap. I, 7).

A nosotros toca recoger y transmitir estas voces del cielo y de la tierra, de los siglos pasados y de la hora presente, y penetrar su íntima y magnífica significación.

He aquí a catorce sacerdotes del Señor procedentes de tres continentes, África, América y Asia, dichosos de haber recibido de nuestras manos la consagración episcopal.

¡Espectáculo incomparable!

¡Oh, qué afecto de nuestro corazón y del vuestro en la evocación de Pentecostés en Sión y con el sentimiento de que continuáis, como nuevos elegidos, el testimonio que los primeros llamados ya dieron y siguen dando a Cristo en todo el mundo!

Las familias y compatriotas vuestros, vosotros, nuevos consagrados, los seminarios e institutos religiosos que os han educado y especialmente la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, que quiere ser para cada uno madre generosa y sabia, se alegran al oír aclamar bajo estas inmensas bóvedas de San Pedro y a la vista de la Iglesia militante, los nombres de los pueblos sobre los cuales se va a extender la amable protección de vuestras nuevas mitras episcopales.

La infula y el baculus evocan la dulce figura del Buen Pastor que, absorto totalmente en el cuidado de sus ovejas, va adelante y las lleva a los pastos saludables, a las fuentes del agua pura.

¡Alegraos, hijos del Oriente y del Occidente! ¡Hijos del Basutolandia, de Kenia, Liberia, Nigeria Tanganica; de Colombia y Birmania, de Formosa y de la India, alegraos!

El ligero cansancio que lo prolijo de la augusta ceremonia quizá os ha hecho creer que hemos sentido, desaparece, por el contrario, y nos alegra, permitiéndonos dirigiros tres pensamientos aquí, al terminar, como confirmación de la alegría común y ardiente deseo de prosperidad para vosotros, de serena y santa paz para los pueblos que serán objeto de vuestras solicitudes pastorales.

I. Ciertamente, el más ardiente deseo es para vosotros, convertidos ya no sólo en queridos hijos nuestros, sino en venerables hermanos, puesto que habéis entrado en el ordo episcoporum y habéis sido elevados a la cumbre del ministerio sagrado que os constituye en altísima dignidad establecida para gobernar porciones selectas de la Iglesia Santa.

La institución de la Jerarquía eclesiástica en nuevos e inmensos territorios de África y Asia, con la erección de archidiócesis y diócesis, que enriquecieron con sus nombres los anales de la Iglesia, es motivo de universal satisfacción. Estas nuevas iglesias las abraza la Iglesia Madre de Roma con amorosísimo afecto, pues llevan consigo el oloroso incienso de una historia tejida de caridad heroica y de sacrificios a veces cruentos, a cuya memoria siempre es obligado y sagrado rendir tributo de gratitud y de honor.

Vosotros, apóstoles de este nuevo Pentecostés, lleváis el perfume del bálsamo que destila de vuestras frentes y manos consagradas y os habéis convertido en la expresión viviente de los campos florecidos e inmensos abiertos a la evangelización de Cristo.

Nos estaremos siempre unidos espiritualmente y junto a vosotros. Vuestras alegrías y preocupaciones serán nuestras, y así sentiréis y transmitiréis a las comunidades cristianas este vínculo indisoluble que el mismo Dios ha querido poner en nuestras manos para reunir, Nos y vosotros juntamente, a los miembros dispersos de la humanidad y hacer de todos los pueblos uno sólo, para que sea una sola la perenne alabanza, uno el sacrificio salvador, una la certeza del buen vivir y perfecto obrar en Cristo, glorioso, Rey y Salvador del mundo.

II. Y ahora el pensamiento se dirige a vosotros, queridos hijos, reunidos aquí para el misterioso rito.

La variedad de los puntos de procedencia de los catorce prelados elevados hoy a la más alta dignidad sacerdotal, ut episcopi et pastores animarum, nos sugiere algunas consideraciones prácticas y oportunas para vosotros.

Estos países de donde procedéis o para los cuales los nuevos obispos son consagrados, custodian y exaltan merecidamente el patrimonio de antiquísimas civilizaciones, cuyas arcanas bellezas, salpicadas de visibles huellas de la verdad revelada, podrán ser objeto de detenido estudio y muy útiles para el monumental acervo y conocimiento del pensamiento humano.

Bendigamos a Dios por que el acceso de estos pueblos a las relaciones internacionales en mayor escala haya sido acogido por todos los hombres honrados y juiciosos como un noble estímulo para consolidar las comunidades supranacionales, puestas al servicio de la cultura, del bienestar espiritual y material y de la paz.

Esta misma comprobación da, por tanto, fisonomía característica al encuentro litúrgico de hoy, por decirlo así, como una afirmación de nueva juventud.

Y así es, alegría de pueblos de toda raza y denominación; emocionada admiración de hermanos que llevan en la frente el signo de Cristo y esperanzadora sorpresa de todos los que en el mundo sienten vivo atractivo por el nombre cristiano y su civilización.

No faltan motivos de tristeza y tentaciones de desánimo, incluso al considerar este movimiento de energías destinadas a consolidar las posiciones alcanzadas, y entregarse a una cooperación estrecha y generosa con el ministerio de la Santa Iglesia, para que el beneficio de la redención llegue verdaderamente a todos los hombres, a las familias, las instituciones y los pueblos. A veces el camino se hace difícil y se acentúan los contrastes. Pero donde hay fervor de oración, armonía de voces y obras, difusión de aquel espíritu que une y supera los contrastes, la primavera continúa, allí se renueva la juventud en feliz continuación de conquista gradual y segura.

A este esfuerzo de oración y cooperación están invitados todos los hijos de la Iglesia, del clero y laicado. Las generaciones que ya han hecho excelentes experiencias y las otras que las siguen a distancia, pero sin interrupciones calculadas o bruscas, proporcionan motivos de alegría anticipada por los felices éxitos futuros.

¡Cuántas veces al entrar aquí, en el tempo de San Pedro, para las audiencias generales, pensamos en esto y, a veces, nos complacemos en decirlo, contemplando a tantos y tantos jóvenes robustos y llenos de fervor y valor, educados en la consideración y respeto a la tradición antigua! ¿Por qué en muchos de ellos no habría de encenderse la llama que los disponga para dejarlo todo y entregarse al sacerdocio, a la vida religiosa, a la práctica de las obras de misericordia, a los campos infinitos del apostolado misionero?

No, no tenemos por qué temer. Nuestro deber es animar y orar como ayer, hoy y siempre; animar y enfervorizar, Nos y los otros. Deus dabit incrementum.

III. Permitidnos todos los aquí reunidos una última breve palabra.

El rito de la consagración episcopal de hoy coincide exactamente con el centenario de la muerte de monseñor Carlos José Eugenio De Mazenod, obispo de Marsella, fundador de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada.

Este noble y celosísimo obispo mereció, con razón, contarse entre los beneméritos del movimiento del resurgir misioneros de los tiempos modernos, émulo de aquellos sacerdotes y prelados que sintieron palpitar en su pecho el latido de la Iglesia universal. Y el instituto fundado por él, en 1826, es ahora un árbol robusto cuyas ramas se extienden sobre dos continentes, adaptándose al duro clima de las regiones polares así como al tórrido del ecuador.

Convenía señalar esta circunstancia. El hijo de Basutolandia al que hemos impuesto las manos, como hemos hecho con los otros trece hermanos suyos, es una flor de la Congregación de los Oblatos de María Inmaculada, y hoy todos sus compañeros quieren llevar al sepulcro del venerado padre de los misioneros el testimonio de sus manos que bendicen y de su oración.

En realidad, la Iglesia católica rinde homenaje a las tumbas de sus gloriosos hijos, y si a veces se detiene un tanto junto a aquellas sagradas memorias es para sacar inspiración para el excelente trabajo y ánimo en el feliz camino que emprende animosa, toda ella dirigida, como siempre, hacia las pacificas conquistas del mundo entero.

¡Venerables hermanos y amados hijos!

Fiesta de Pentecostés. ¡Qué gozo y dulzura para todos nosotros! Hemos invocado al Espíritu Santo con la Iglesia universal. Permitidnos que, por todo lo que Nos hemos realizado, invoquemos como celeste presagio el amado nombre que fue sonrisa de nuestra vocación sacerdotal y misionera.

Las palabras que en el primer capítulo del evangelista San Lucas oímos pronunciar entre el cielo y la tierra, en el más luminoso momento, para admiración de la historia y de la vida de los pueblos y de los siglos, vibran en nuestros corazones:

Ave Maria, gratia plena. Spiritus Sanctus superveniet in te, et virtus Altissimi obumbradit tibi (Luc. 1,35).

¡Basta ya! El misterio de María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, oculta y encubre el misterio de su Hijo, y por Jesús, el misterio de la Iglesia santa bendita, del episcopado, del sacerdocio del pueblo cristiano; el misterio del pasado, del presente, del futuro; el misterio del apostolado católico. ¡Hermanos e hijos! Aquí, verdaderamente, nos faltan las palabras para añadir más. Sólo queda que el corazón se alegre, felicite y bendiga.

Con Jesús y María, virtus Altissimi obumbrabit vobis.

Amen. Alelluia.

 


* AAS 53 (1961) 358-362;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 304-308.

 

 

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