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SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXI
AL TERMINAR LA PROCESIÓN
*

Jueves 21 de junio de 1962

 

Venerables hermanos,
amados hijos:

Acabada la procesión litúrgica, devotísima e incomparable, y una vez puesto el Sacramento sobre el altar, quered recibir con agrado unas palabras.

Son, ante todo, una nota repetida y sonora de adoración a Jesús, rey inmortal y glorioso de los pueblos y de los siglos; son, además, aliento para nuestro espíritu que sabe gozar de la suavidad saludable de la seguridad infalible del Divino Redentor y Maestro. Ecce ego vobiscum sum, ¡yo estoy con vosotros! (Mt 28, 20) Tal es la Santa Eucaristía, siempre con nosotros en el cotidiano servicio de la vocación propia de cada uno; con nosotros en las conquistas pacíficas de la Iglesia universal.

El Corpus Christi de este año quiere señalar une grande meta de la empresa santa del Concilio a cuyo éxito Nos hemos consagrado desde hace más de tres años.

Ayer las Comisiones preparatorios del Concilio acabaron sus estupendos trabajos. En realidad, la centella que casi tímidamente se encendió el 25 de enero de 1959, en San Pablo extramuros, se ha convertido en una gran llama que se eleva de esta manifestación eucarística.

Ante la inminencia del Concilio, nada puede evocar mejor los motivos que inspiraron su convocación; nada puede hacer pregustar mejor los preciosos ordenamientos y el fruto primero que de él deseamos; esto es: hacer más sólida la compactibilidad y la unión del cuerpo místico de Cristo como señal más visible de la primera nota característica de la Iglesia católica, que es la unidad, como su divino Fundador la quiso.

Si, sí, el Sacramento del Altar es la exaltación, la primera, la fundamental, de la enseñanza y de la voluntad de Cristo Nuestro Señor: el unum sint, el unum sint (Jn 17, 21) de la oración de la última cena.

Desde el mensaje evangélico hasta las páginas de la literatura cristiana primitiva, resalta viva la imagen del trigo y de la uva recogidos de los campos y de las colinas para hacer el pan y el vino del gran Sacramento.

Esta unidad que palpita en el Evangelio y solícita la adhesión sincera de todo hombre recto y generoso a la palabra y al ejemplo de Jesús, recibe su confirmación en el acto de fe que se eleva esta tarde lo mismo de la inmensa plaza que nos congrega que de todos los puntos de la tierra.

Humildemente, sí, pero con ánimo grande, representamos aquí en realidad a todas las gentes, en la variedad de estirpes y de civilizaciones y en consonancia admirable —jamás sentida como ahora— de ansías hacia la unión y hacia la fraternidad.

¡Oh! Las palabras del libro Actas Apostolorum, de San Lucas, en aquella primera imagen de la universalidad de los creyentes, todos llamados a la misma fe, todos entendiendo simultáneamente, por celestial prodigio, la voz de Pedro, Príncipe de los Apóstoles. Helos ahí: «Partos, Medos, Elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea, de Capadocia, del Ponto, del Asia Proconsular, de Frigia, de Panfilia, de Lidia de Cirene, sin contar los peregrinos de Roma., tanto hebreos como prosélitos, y los de Creta y de Arabia» (Hch 2, 9-11).

Amados hijos. ¿Puede dejar de enternecerse el corazón del Papa que os habla —auténtico aunque humildísimo sucesor de San Pedro— al recordar aquellos pueblos antiguos nombrados en los Hechos de los Apóstoles? Nos conocemos las tierras que ellos habitaron. La Providencia Nos llamó para estar entre sus descendientes, herederos aún en gran parte de los recuerdos de la antigua religión de sus antepasados y, por derecho de divina conquista en virtud de la Sangre de Cristo Redentor, siempre llamados a participar en los arcanos designios de la salvación del mundo entero. Otros nombres ahora; otras tradiciones y generaciones se han sucedido, pero todas con la aspiración de la misma sociedad universal, del unus Dominus, una fides, unum baptisma (Ef 4, 5).

Recogida ya, desde casi cuatro años, la herencia del Papa Pío XI que Nos envió al cercano Oriente, y del Papa Pío XII que desde aquí Nos llamó para proporcionarnos, en Occidente, la experiencia de ulteriores servicios a la Santa Sede y a las almas, en este atardecer verdaderamente esplendoroso Nuestros ojos contemplan la extensión mundial de aquella enumeración de los Hechos que comprende a todo pueblo y nación quae sub coelo est.

Ante la humanidad, que Jesús vino a salvar, ésta es la hora para la Iglesia de ofrecer los dones de unidad y de paz que el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo representa en verdad.

Unitas et pax! Clamor alto, solemne, alentador. Este sigue siendo la misión principal de la Iglesia santa que se eleva por encima de los intereses personales de los hombres y de las naciones.

La Iglesia constituye para todo pueblo y todo hombre defensa, tutela y magisterio; y es, ante todo, en su estructura y en su ministerio: «societas ipsa sanctorum —nos lo recuerda San Agustín en el Breviario de hoy— ubi pax erit et unitas plena atque perfecta: sociedad de santos donde habrá paz y unidad llena y perfecta» (San Agustín, Ep. Tract. 26 in Ion., n. 13 - Migne PL 35, col. 1612).

La liturgia del Corpus Christi es la manifestación, a la faz del cielo y de la tierra, de cuantos componemos la grey mística y de cuanto tenemos.

Animémonos. ¡Animo! Estamos aquí, congregados de la urbe y del orbe, con las humildes ofrendas de nuestro amor: con el testimonio del trabajo realizado en preparación del Concilio.

He aquí que a la cúpula majestuosa del máximo templo de la cristiandad tiende sus brazos la columnata sobre la cual se alza el testimonio, en magnificas estatuas de piedra, de los hombres insignes que dieron veinte siglos de cristianismo: mártires, confesores, doctores.

Victoria pacífica la de Cristo; servicio universal el de su Iglesia: triunfo de la unidad y de la paz. Estamos ante el dintel del Concilio que se celebrará dentro de esta basílica en el próximo octubre.

Una sola fe común a todos; una participación común en las mismas fuentes de la gracia; un solo palpitar de oraciones, de sacrificios y de trabajos por el nombre, por el reino y por la realización de la voluntad del Señor.

Todo aquí quiere ser concordia y armonía que apague resentimientos, convierta los corazones, modere las avideces. Todo quiere redundar en edificación: el Evangelio vivido, la mansedumbre practicada, la justicia santa impregnada ,de caridad y realizada entre hombre y hombre, entre pueblo y pueblo.

La contemplación del misterio Eucarístico constituye una delicia para las almas; la manifestación externa y social de la fe hace vibrar la devoción personal de cada cristiano y anima el fervor apostólico.

—¡ Oh Jesús! ¡Mira! De cada altar y de cada corazón cristiano se alza en este día la más sentida y emocionada plegaria:

—¡Oh Jesús!, míranos desde tu Sacramento como el Doctor Angélico te invoca y con él toda la Iglesia: bone pastor, Jesu panis vere: ésta es la grey que has reunido desde los cuatro puntos de la tierra; la grey que escucha tus palabras de vida y que se propone custodiarla, practicarla, difundirla. Es la grey que te sigue dócil, ¡oh Jesús! La grey que en el Concilio Ecuménico ansía tanto ver reflejada tu amable faz en las líneas de tu Iglesia, madre de todos, madre que a todos abre los brazos y el corazón, y que aquí espera trepidante y confiada a todos sus obispos.

—¡Oh Jesús, alimento sobrenatural de las almas, a Ti acude este pueblo inmenso!

Desengañado de las perspectivas de una irrealizable felicidad terrena, vuelve a considerar su vocación humana y cristiana con nuevos impulsos de virtudes interiores, con prontitud para el sacrificio del que Tú diste prueba incomparable verbo et exemplo, con el ejemplo y con la palabra. Hermano del hombre, has precedido Tú los pasos de cada hombre, has visto y perdonado las culpas de cada uno, has elevado a todos a un testimonio de vida más noble, más convencido, más activo.

—¡Oh Jesús! Panis vere!, único alimento substancial de las almas, recoge a todos los pueblos en torno a tu mesa: ella es una realidad divina sobre la tierra, es prenda de divinos favores, es seguridad de justa comprensión entre las gentes y de pacífica competición para el verdadero progreso de la civilización.

—Nutridos por Ti y de Ti, ¡oh Jesús!, los hombres vivirán fuertes en la fe, alegres en la esperanza, activos en las múltiples actuaciones de la caridad.

Las voluntades sabrán superar las insidias del mal, las tentaciones del egoísmo, los cansancios de la pereza. Y ante los ojos aparecerá la visión de la tierra de los vivientes cuya imagen quiere ser el progresivo camino de la Iglesia militante haciendo resonar en todo el mundo las primitivas voces, arcanas y suavísimas.

Si, ¡oh Jesús!: Tu nos pasce, nos tuere. Tu nos bona fac videre in terra viventium. Amén. Alleluia!

 


* Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 391-396.

 

 
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