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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS FIELES EN LA FESTIVIDAD DE LA ASUNCIÓN
*

Miércoles 15 de agosto de 1962

 

Queridos hijos e hijas de Castelgandolfo:

Este encuentro con vosotros, en vuestra iglesia parroquial, está señalado este año por la fiesta litúrgica de la Asunción de María al Cielo y por la inminencia del Concilio Ecuménico.

Ya comprendéis cómo la aproximación del gran acontecimiento tiene ocupado nuestro espíritu en oración incesante, y sensible al clamor de general fervor.

Todos los fieles católicos del mundo entero han tenido ocasión de manifestar su fervor. En el curso da este año no pocos han sido los documentos publicados con este fin: una carta, llena de acento familiar, a los obispos del orbe católico; luego la invitación al clero secular y regular a recitar más fervorosamente el oficio divino; en Pascua, Nuestro saludo augural, en tono de solicitud pastoral, dirigido a todas las casas de nuestros diocesanos de Roma; de hace poco tiempo es la renovada exhortación a los seminaristas; también reciente y con tono de particular atención, la exhortación a las religiosas y a todas las almas consagradas a Dios, en las distintas tareas de oración, caridad y apostolado.

Niños, ancianos, enfermos y angustiados fueron invitados a este extraordinario movimiento de fervor religioso. Vino, finalmente, la invitación a la austeridad sugerida al pueblo cristiano con la encíclica Paenitentiam agere, del día 1 de julio pasado.

En esta reunión, en la fiesta de la Asunción, que une en la intimidad exteriormente más expresiva los elementos que componen vuestra parroquia, la más próxima a Nuestra residencia de verano —durante algunas semanas, por tanto, la parroquia del Papa— ¡qué dulce es acogeros confidencialmente y dirigirnos a vosotros corno representantes de todas las parroquias del mundo entero!

En estos últimos diez días, en Nuestra capilla doméstica hemos orado a la Santísima Virgen, “Reina de Polonia”, por y ante la dulce imagen de la madona de Czestochowa, que allí se venera. Hemos recitado las piadosas oraciones dictadas por Nuestro predecesor Pío XII, dispuestas en forma de novena.

Queridos hijos. Os hemos recordado a vosotros y cada una de vuestras familias y —cómo Nos gusta repetirlo— a todas las parroquias de la catolicidad, que Castelgandolfo trae hoy a Nuestro espíritu.

¡Oh, la parroquia! ¡Qué don del Señor en la vida de la Iglesia! Esto lo decíamos ya el 3 de septiembre de 1957, en Riese, el pueblecito de Veneto que vio nacer a Su Santidad Pío X: “La parroquia, la parroquia…,  qué oasis de gracia, de delicia y de bendiciones para cuantos a ella pertenecen, de todas las edades, de todas las clases sociales, en todo acontecimiento a legre o doloroso”.

El Pontífice Pío XII, de venerada memoria, con palabras armoniosas, comentaba a este propósito: “La parroquia es la célula viva de un cuerpo, del Cuerpo Místico de Cristo, es un ser vivo con su propio aliento, con sus órganos y sus actividades, con su desarrollo natural y también con sus problemas, sus necesidades y sus dolores particulares” (Car. Roncalli:  “Escritos y discursos”, vol. III, pags. 220, 222).

Y permitidnos también decir que Nuestro pensamiento, en estos momentos se dirige a Nuestro pueblo natal, a los recuerdos de Nuestra infancia. Tuvimos los primeros contactos del alma inocente en la fuente de la piedad cristiana, las dulces impresiones que no se pueden olvidar; allí recibimos sucesivamente los sacramentos, progresamos en la instrucción catequística y Nos prepararnos para el estado eclesiástico.

Indelebles recuerdos de la formación cristiana

¡Oh Nuestra parroquia de San Juan Bautista, que blanqueas sobre las sombras de las montañas bergamascas, de cara al sol, con la extensión de la llanura lombarda ante ti, cuán amable Nos es recordarte!

Lo mismo que de aquella querida visión, también desde esta residencia estival de Castelgandolfo, la mirada quiere abarcar toda la tierra, en busca de cada parroquia, donde las familias se convierten en una sola familia, llena de ecos de confidencial emoción en torno a Cristo bendito, centro de la vida litúrgica, en torno a María que Nos, con particular ternura, deseamos llamar Madre de Cristo y Madre Nuestra,

El Concilio Ecuménico, especialmente sobre las parroquias, proyecta su viva luz, preparando de esta forma un reflorecimiento de la actividad pastoral.

Los trabajos preparatorios y la hoy copiosa literatura, creada por el Concilio, reservan en realidad un puesto de honor, ante todo, para la parroquia, y luego, a las diócesis y a los problemas de la vida social de la Iglesia: vocaciones, catequesis, apostolado de los seglares, espíritu y fervor misionero, caridad en todos los sentidos y de gran amplitud.

Qué agradable es para el Papa charlar hoy sobre este problema de la parroquia, institución providencial e insustituible; la conversación en esta santa y grata jornada, mientras los fieles reunidos en torno a los párrocos y sacerdotes saludan a María: “Ensalzada sobre los coros angelicales en el reino celestial”.

En materia de reflorecimiento de la vida parroquial permitid que Vuestro Pastor, como sucesor de San Pedro, os proponga, como eco de los trabajos preconciliares, unas notas indicadoras: 1) Sólidos principios, 2) Medios oportunos; y os invocamos: 3) Una efusión de gracia preciosa y vivificadora.

1. Sólidos principios

Queridos hijos. La principal tarea de la Iglesia consiste en la difusión del Reino del Señor.

Los grandes nombres del pasado que han señalado la sucesión de algunos Concilios, quedan ligados a veces a recuerdos de contingencias políticas y sociales, de luchas de regiones y de pueblos.

En este sentido hoy, todo está en calma, aunque no falten episodios dolorosos, sobre incertidumbres doctrinales o disciplinares por parle de algunos. Esto es natural dentro de la oposición permanente entre el bien y el mal, entre las exigencias insuprimibles de la vocación humana y cristiana y las debilidades que pueden apartar al hombre del seguimiento y del amor a la verdad y del servicio que todos están obligados a prestarle.

Clero y pueblo están unidos en la defensa de la doctrina augusta que se anuncia en las palabras del Antiguo y Nuevo Testamento, de los Apóstoles y de los Padres y del magisterio viviente de la santa Iglesia.

¡Dios ante todo y sobre todo! Esto es el fundamento. De aquí se derivan las leyes morales y las aplicaciones inmediatas de la justicia, del perdón, de la paz, del progreso, de la tranquilidad, dentro de la mutua benevolencia y caridad.

El Concilio querrá ser esplendoroso reclamo de la solidez inconcusa de estos principios, que son certeza de salvación para la Humanidad. Vosotros los conocéis en compendio: Dios, Creador y Padre; Cristo, Hijo de Dios, encarnado y muerto por nuestra salvación; la Iglesia, vitalizada por el Espíritu Santo, defensa de la verdadera paz y maestra de la ordenada convivencia de todos los hombres; encauzamiento moral de la vida: los diez mandamientos y los preceptos de la Iglesia, como luz y guía del orden interior de las conciencias para tranquilidad íntima y también colectiva de la familia humana.

Tal es la maravillosa unidad de los principios, que una vez más debe renovar la vida parroquial en todas sus formas, y derivar por medio de ella convicciones eficaces en la práctica cotidiana de los fieles.

2. Medios oportunos

Vuestra bella iglesia, queridos hijos, construida por Bernini, lleva el apelativo de pontificia y se levanta sobre vuestras casas, y también norma y belleza del arte, sobre la residencia del Papa. Es como el recuerdo de la presencia de Dios en medio de vosotros.

El templo es de hecho el tabernáculo del Señor en medio de vuestras casas. Ir a la iglesia debe significar para vosotros, elevarse, purificarse, extender el horizonte de la vida individual a las preocupaciones de toda la catolicidad; latir al unísono con el corazón de los hermanos en la fe y de todos los demás, que son igualmente hermanos, todos han sido redimidos por la Sangre de Cristo. Vocead vuestro fervor religioso, queridos hijos. ¡ Cómo desearíamos que vuestras campanas esparcieran sus retoques durante largo rato, con brío y armonía! Porque ésta es una voz que penetra en las familias y en los corazones: despierta, anima, exhorta, enternece; es una voz que invita a los santos propósitos, a pensar en el cielo, a orar. Y también aquí es un símbolo.

El cristiano no debe dejarse llevar por maravillas engañadoras. La voz de la Iglesia es como la voz de la madre: puede parecer monótona, pero tiene inflexiones de ternura y de fuerza, que apartan del mal y salvan.

Las circunstancias de hoy Nos animan a formular el voto de gran fervor de vida parroquia en todo el mundo. Las formas de organización pueden cambiar pero la substancia continúa respondiendo a las exigencias asociativas del hombre.

Fervor, queridos hijos, quiere decir fuego encendido de buen ejemplo. Y éste llega o promover la asistencia diaria, si es factible, a la misa; la recitación devota del rosario, la frecuencia al catecismo, tanto para los pequeños como para los adultos; y luego la participación en la gracia de los santos sacramentos.

El nuevo bautizado, la serie de niños de la primera comunión, las filas ante el confesionario, la mesa eucarística rodeada por la juventud, por las madres y por los padres de familia, las obras de apostolado y beneficencia siempre activas y vigilantes, el culto de las ánimas: ¡Qué gozosa vitalidad, indicio de que la parroquia se siente, se mueve, edifica para el futuro!

La piedad eucarística puesta en el centro de toda actividad, ¡qué gran signo de riqueza espiritual! Lo mismo que el agua saltarina de la fuente caracteriza la unión de todo lo habitado, así el tabernáculo quiere acoger las frecuentes visitas de los fieles para mantener en ellos el entusiasmo de los buenos deseos y de las buenas obras.

Los peregrinos vienen de todo el mundo a saludar al humilde Vicario de Cristo. Pues bien, en la más pequeña y perdida capilla se encuentra Cristo mismo, siempre presente y bendiciendo. Y vosotros, sed familiares con Cristo; venid a saludarlo. Él es la divina Cabeza de la Iglesia. Él lo es todo. Hacedle vuestras confidencias, y habladle también del Papa, justamente llamado el siervo de los siervos del Señor.

3. Efusión de gracia

Esta riqueza de vida, centrada en la parroquia, quiere demostrar la eficacia de la gracia celestial, que mana como de una fuente. “Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos”, dijo Cristo a los Apóstoles. La divina palabra se cumple hoy día.

Esta gracia es la vida de Dios, vida de gracia que se irradia por todas las formas de la actividad de cada hombre.

Con esta palabra, gracia, indicamos todo lo que viene del Señor, pues sin su ayuda no podemos hacer nada (Jn 15,5). De aquí la gracia del bien obrar, de hacer la divina voluntad, de ser pacientes y pacíficos.

Como el "gloria Patri" cierra todo salmo tanto de gozo como de dolor, con la exaltación de la Santísima Trinidad, fuente de todo bien, así la gracia del Señor, cuando toma posesión de un alma la transfigura: todo se convierte en alabanza de Dios, medio de santificación, fuente para la vida eterna.

Permitid finalmente, queridos hijos, que extendiendo la mirarla sobre el horizonte os hagamos partícipes de la pena que Nos aflige por las informaciones dolorosas que llegan de diversas partes del mundo. Las de Argelia especialmente y las de otros países asaltados por graves pruebas y en peligro de perder los bienes verdaderas y más preciosos en el orden natural y sobrenatural. El ansia por la paz en Argelia tiene en suspenso Nuestro ánimo. Las noticias tristes que llegan de allá Nos afectan con más dolor por cuanto que Nos hemos visitado y seguido con especial interés aquellas costas mediterráneas, ricas en gloria y en preciosas energías.

Renovamos Nuestra paternal llamada, que lanzarnos más allá de los mares diciendo a los responsables: poned toda vuestra buena voluntad y todo vuestro prestigio en hacer cesar todas las violencias. Autoridades y poblaciones busquen con generosidad los caminos de una generosa colaboración y no permitan que se mantenga por más tiempo un estado de cosas opuesto a los varios intereses de todos aquellos que deben convivir pacíficamente en aquellas tierras, atormentadas ya por los lutos excesivos.

Llamamiento a todos los fieles del mundo

Queridos hijos de Castelgandolfo y de todas las humildes y queridas parroquias del mundo. Unid vuestras oraciones a las Nuestras. Las presentaremos ante el trono de Dios en las manos de María que veneramos y aclamamos hoy en el misterio de su Asunción al cielo. Extienda la Madre piadosa y misericordiosa sus manos auxiliadoras sobre tantos infelices, de quienes la opinión pública justamente se ocupa y se preocupa y sobre todos los demás, innumerables, cuyas angustias repercuten en Nuestro corazón. Y obtenga para todos la verdadera y ansiada paz, paz que condene definitivamente toda violencia y permita al hombre desenvolverse con ánimo sereno al servicio de su familia, de su gente, y de la santa religión. Así sea.

¡Qué bello comienzo sería para el gran Concilio que tenemos a la vista¡ ¡Qué gozo exultante para la Santa Iglesia Católica y para todo el mundo! Así sea.

 


*  Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 472-479.

 

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