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SOLEMNE PONTIFICAL EN EL ANIVERSARIO DE LA CORONACIÓN
DEL SUMO PONTÍFICE

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN
RITO AMBROSIANO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN XXIII*

Festividad de San Carlos Borromeo
Basílica Vaticana
Domingo 4 de noviembre de 1962

 

Venerables hermanos y queridos hijos nuestros:

En esta jornada particularmente sacra para nuestro espíritu, aniversario de la elección al pontificado y de la coronación; conmemoración litúrgica de San Carlos Borromeo; presencia de todo el episcopado reunido en Roma para el Concilio, hubiéramos preferido expresarnos completamente en latín, que es la lengua más común de que se sirven los prelados de la Santa Iglesia universal en sus directas comunicaciones con el centro de la catolicidad, la Sede Apostólica, y es la lengua de la Asamblea conciliar.

Estamos seguros, sin embargo, de ser bien comprendidos si —tratándose de una reunión litúrgica extraconciliar en la que está permitida la presencia del clero y del pueblo— Nos contentamos con un saludo para todos los componentes del episcopado aquí presente en la lengua latina y continuamos más extensamente después en la lengua materna, la mejor entendida por la mayor parte del pueblo aquí congregado para festejar el “dies natalis” de su Pastor y Padre.

Queda con ello el latín en su puesto de honor con estas nuestras palabras introductorias.

Las que seguirán en la lengua vernácula quieren destacar los altos méritos de colaboración de San Carlos Borromeo —recordado en la liturgia ordinaria de este 4 de noviembre en todas las iglesias católicas de rito latino en el mundo— en la obra de reordenación general iniciada en sus tiempos.

He aquí los testimonios de dos Papas ilustres, Gregorio XIII y Benedicto XIV, ambos con su acento característico y elocuente.

Con fecha 27 de octubre de 1575 el cardenal Alciati informaba desde Roma al cardenal Borromeo que el Santo Padre Gregorio XIII se había complacido mucho al saber que, en la apertura del sínodo, el cardenal arzobispo había pronunciado dos discursos oportunísimos al clero en latín. Palabras exactas: “En tan importante asamblea de rebus tam gravibus había hablado en latín”.

El Papa Benedicto XIV, el gran especialista en materia de canonización de los santos, resumía el elogio a San Carlos y a sus méritos con las palabras: “Sanctus Carolus Borromeus episcoporum exemplar et splendidissimum lumem” (San Carlos Borromeo, ejemplo y luz esplendorosísima de los obispos).

(Después de estas palabras en latín, el Papa continuó en italiano)

Venerables hermanos, amadísimos hijos:

Este cuarto aniversario de nuestra coronación, que se conjuga en la fecha del 4 de noviembre con la fiesta litúrgica de San Carlos Borromeo, tiene una luz característica que refleja sobre los dilatadísimos horizontes de la Iglesia universal la causa altísima y excepcional de tan extraordinaria solemnidad, que hace de ella un acontecimiento nunca superado en la historia de los siglos pasados y difícilmente superables en el futuro: es vuestra noble, devotísima y exultante presencia, venerables hermanos nuestros en el episcopado y queridos hijos en la prelatura aquí reunidos —¡oh cuántos, cuántos!— de los puntos más lejanos del universo para este “opus magnum” del Concilio Ecuménico Vaticano II, que tan felizmente se ha puesto en camino con la ayuda de Dios y que el mundo entero sigue con respetuosísima expectación.

Recordamos que el pasado año, en esta fecha jubilosa del 4 de noviembre, Nos buscamos la inspiración de nuestras palabras en un discurso de San León Magno —de quien se celebraba el XV aniversario de su muerte— pronunciando precisamente, como solía decir el mismo Pontífice: “In festo natalis sui”; de él sacamos las expresiones finísimas de humildad y paterno afecto para agradecer la “splendidisimam frequentiam” de sus venerables consacerdotes de la urbe, que veía estrechamente unidos con gran devoción en torno a su persona y que le daban la impresión de ser “como una asamblea de ángeles y de santos, asociados todos en común y suprema exaltación” (Cf. AAS, L. III, 1961, pág. 763).

La veneranda liturgia ambrosiana

Venerables y queridísimos hermanos e hijos: ¿Qué puede decir hoy el “servus servorum Dei” ante este espectáculo de vuestra personal presencia, constituida no sólo por prelados de Roma y del siglo V, en tiempo de San León Magno, sino de este coro inmenso de dos mil quinientos obispos, todos cuantos están aquí unidos a esta nuestra cátedra apostólica y que tienen encomendado de diversas maneras el gobierno de casi todas las diócesis del mundo?

Bendigamos al Señor por este gozo, que suavemente penetra en nuestros corazones.

La coincidencia litúrgica de este día —dedicado a la sagrada memoria de San Carlos Borromeo— nos trae también a la memoria el recuerdo de esa grande e insigne expresión de altísimo apostolado pastoral, que el nombre del santo sucesor y émulo de San Ambrosio significa y exalta, y que nuestro Concilio Ecuménico quiere a un mismo tiempo magnificar y servir.

Con feliz ocurrencia, siguiendo la costumbre ya establecida en el Concilio Vaticano I, nuestras reuniones generales comienzan con la entronización de los Evangelios, para que el sagrado códice de la doctrina y de la ley de Cristo resplandezca desde el puesto central de nuestras asambleas de pacífica discusión y estudio, mientras la celebración de la santa misa abre y santifica el buen trabajo común de elevadísimo orden espiritual.

Así, la imagen de la Iglesia Santa, dentro de la unidad de la fe católica y de la variedad litúrgica, aparece en la plenitud de su místico esplendor: “A tu diestra está la Reina, vestida de oro y adornada esplendorosamente” (Ps 44, 10).

La celebración de la fiesta de San Carlos Borromeo nos trae hoy al rito ambrosiano, del que el santo cardenal fue en su tiempo potente e intrépido defensor. Y porque todo un entramado de disposiciones de orden eclesiástico trae consigo que la misa de aniversario de la coronación del Papa la cante el primer cardenal por él creado, a esta coincidencia corresponde ahora nuestro venerable hermano el cardenal arzobispo de Milán. Grande es nuestra complacencia porque, en esta sucesión de gestos y de cantos, el rito que más se aproxima al romano antiguo ocupa hoy su puesto en el alternarse de las liturgias de Oriente y de Occidente, aquí representadas.

Por las primeras manifestaciones de gozosa adhesión vosotros habéis visto cómo los queridos y fervorosos hijos de la vastísima archidiócesis de Milán han considerado un grandísimo honor para ellos participar en proporciones amplias y de noble distinción en el rito de hoy, que se inserta en la celebración del Sacro Concilio Ecuménico Vaticano.

Pero al mismo tiempo del fervor de su tradición ritual ambrosiana recibe mayor realce la sinceridad de su fidelidad romana, siguiendo en el ejemplo de sus padres y abuelos. Sobre el espíritu vibrante de estos hijos de Milán, su gran Patrón, San Ambrosio, tomando pie de algunas vacilaciones de su tiempo en torno a ciertas particularidades del rito todavía en formación, nos dejó expresiones como éstas, dignas en todo de él y de los suyos: “Seguir en todo a la Iglesia romana. Sin embargo, nosotros, como hombres que somos, tenemos nuestros sentimientos. Por tanto, guardamos con mayor interés lo que en otras partes también se conserva” (De sacramentis, 111-1, 5).

Poco antes, a propósito del lavatorio de los pies, había escrito: “No ignoramos que no tiene tal costumbre la Iglesia romana, cuyo ejemplo y modelo seguimos en todo”.

Preclaro ejemplo de San Carlos

No carece, por su parte, de significado el hecho de que cuando el Papa Martín V, el 16 de octubre de 1418, aceptó consagrar el altar mayor de la catedral de Milán, quiso realizar las ceremonias en rito ambrosiano como homenaje a las venerandas tradiciones del lugar, donde, tanto en la catedral metropolitana como en la basílica de San Ambrosio, nadie podía celebrar en ninguno de los altares (ahora se puede en los laterales), ni siquiera privadamente, más que en rito ambrosiano.

Permitidme, venerables hermanos, el gozo de invitar a vuestro espíritu y al nuestro a la contemplación del preclaro ejemplo, aprovechando el fervoroso estímulo que San Carlos Borromeo ofrece al episcopado católico de todos los ritos y de todas las naciones del mundo con ocasión de la celebración del Concilio Vaticano II.

El ejemplo antes que nada. Es bien sabido por los historiadores de la Iglesia que el Concilio tridentino —sin duda uno de los más importantes celebrados hasta el presente— debe a San Carlos Borromeo el mérito de haberle llevado con su actividad personal hasta su conclusión, de la cual empezaban por entonces a nacer serias dudas.

Oíd al Giussano, el historiador más seguro sobre San Carlos, que testimonia cómo resolvió enormes dificultades que parecían insuperables. El Papa Pío IV, que era tío del cardenal, “puso el problema en manos de Borromeo, para que éste, con su dedicación, llevase a efecto lo que se había comenzado siguiendo su consejo. Así, pues, los legados le comunicaban por carta cuantas dificultades y peligros iban produciéndose; lo cual acaecía con tanta frecuencia, que ni siquiera disponía de tiempo fijo para descansar de noche. Cuando, después de tantas preocupaciones, dedicaba unos momentos al sueño, sus ayudas de cámara le despertaban por encargo suyo siempre que llegaba algún mensajero de Trento” (Giussano, De rebus gestis S. Caroli, Milán, ex tip. Ambrosiana, pág. 35, 1751),

Enorme trabajo personal —incluso noches en blanco—, por lo que los dos obispos de Lanciano y Módena decían que “muchos hubieran sido incapaces de realizar lo que por sí solo llevó a cabo Borromeo”.

Los problemas del Concilio de Trento se habían complicado de tal suerte, que hizo falta toda la actividad del cardenal Borromeo, en un derroche tal de tacto, energía y prudencia, que sugirió al historiador Giussano expresiones muy elocuentes al describirlas, dando a entender la admiración general que suscitaba el joven cardenal “a la vista de la admirable fortaleza con que sobrellevó los conflictos y las dificultades que le salieron al paso en el Concilio. Contendían unas veces los padres, otras los legados de los príncipes, con tanta vehemencia que no se veía manera de lograr nada en medio de tanta confusión, ni siquiera de aplacar los ánimos... En tales circunstancias, Carlos concertaba las opiniones, buscando motivos de concordia, y daba alientos al ánimo del Pontífice, y sobre todo pedía insistentemente al Señor que la asamblea inaugurada con tan felices auspicios no se viera interferida por las maniobras humanas”.

Una vez felizmente terminado el Concilio vemos desplegarse a la luz de una siempre extraordinaria e inteligente actividad el genio pastoral característico de San Carlos, trasladado ya personal y definitivamente a su ciudad de Milán para promover y seguir en su aplicación las deliberaciones tridentinas.

Como monumento de esta incansable y sabia actividad nos quedan las “Acta Ecclesiae Mediolanensis”, editadas en varias etapas. La última edición, la más completa, es la realizada por Aquiles Ratti, a quien tuvimos el honor de conocer. Nobilísimo y precioso esfuerzo de aquellos laboriosos años de investigaciones históricas, durante los cuales el gran bibliotecario de la Ambrosiana fue madurando, sin alcanzar a imaginárselo, para ser trasladado a la sucesión y a las preocupaciones del cardenal Borromeo como arzobispo de Milán, y poco después a la cima del supremo pontificado que ocupara Pío IV, quien debió a su sobrino, el propio cardenal Borromeo, tanta parte del mérito en la conclusión del magno Concilio.

Las «Homiliae» y las «Orationes»

En los gruesos volúmenes del “Acta Ecclesiae Mediolanensis” ocupa un puesto de honor todo lo relacionado con la celebración de los concilios provinciales y de los sínodos diocesanos.

Las “Homilías pronunciadas en los concilios provinciales y en los sínodos diocesanos”, de Borromeo, con ocasión de la ejemplar aplicación del Concilio de Trento a su diócesis y a toda la región lombarda, conservan, a distancia de cuatro siglos, su perfume y su claridad como oportunas enseñanzas prácticas de carácter pastoral.

Hay seis “Orationes” (discursos) para cada uno de los concilios provinciales reunidos y presididos por él con los obispos de su provincia, desde la conclusión del tridentino a los últimos años de su vida: y son otras seis las “Orationes” (discursos) reservados a su clero diocesano, al cual se dirigió con ocasión de los once sínodos celebrados por él en sus casi veinte años de gobierno de la “Sacrosancta Mediolanensis Ecclesia”.

Venerables hermanos: Al acoger vuestras felicitaciones en el aniversario del comienzo de nuestro “humile servitium Domini” (humilde servicio del Señor), coincidiendo felizmente con vuestra grata presencia en torno a la tumba de San Pedro, se nos ha ofrecido la ocasión de departir con vosotros, pastores de la grey de Cristo, como somos todos; departir —repetimos— a base de trazos rápidos en torno a esta gran figura de santo, el Borromeo, que encarna en la Historia una de las expresiones más altas del genio y de la actividad pastoral.

Cada siglo y cada nación conservan los recuerdos y las glorias de otras personalidades, de otros santos insignes y distinguidos en este campo de las actividades espirituales; grandes patriarcas y obispos antiguos y recientes, de Oriente y Occidente; grandes misioneros y religiosos de todos los grados.

Es una gloria para San Carlos, y fue para él motivo de espléndido honor y de excepcional mérito haberse encontrado al servicio de la Iglesia durante un concilio, cuya celebración no podía ya retrasarse más y en condiciones de contribuir de forma providencial a su éxito definitivo; y, finalmente, de poder consagrar casi veinte años de su vida santa y santificadora —desde 1565 a 1584— a su felicísima realización, a través de visitas pastorales y apostólicas, celebraciones de concilios provinciales y de sínodos diocesanos; a toda una restauración de la vida eclesiástica, que selló con su nombre bendito toda una época, la época de San Carlos, la cual, gracias al Señor, se prolonga aún para confianza nuestra en el porvenir.

Valioso aliento

Venerables hermanos: Como veis, estos son testimonios y palabras sagradas. A su gran ejemplo, añade para nosotros San Carlos un precioso estímulo. Es muy natural que la novedad de los tiempos y las circunstancias sugieran formas y actitudes variadas para la transmisión exterior y el revestimiento de la misma doctrina; pero la substancia viva es siempre la pureza de la verdad evangélica y apostólica, en conformidad perfecta con las enseñanzas de la Santa Iglesia, que con frecuencia nos permite la aplicación del adagio “"Ars una; species mille”, particularmente cuando se trata del bien de las almas, de situaciones prácticas, es decir, de aquella solicitud que el capituló décimo de San Juan enciende e impone: “El pastor llama por su nombre a cada una de las ovejas: va por delante de ellas; las ovejas le siguen... El buen pastor da la vida por sus ovejas... Tengo otras ovejas que no son de este redil y conviene que las atraiga...” (Cf. Jn 10, 4.11.16). Venerables hermanos: ¡Qué imágenes, qué ternura y qué ansiedad en el alma del buen pastor que busca contactos con cada alma para hacer penetrar la luz cristiana en la vida social!

Dejadnos concluir animándonos mutuamente con las palabras de San Pablo a los tesalonicenses: “Hermanos, sed constantes y retened las tradiciones que os enseñé de palabra o con mi carta. Que el mismo Señor Nuestro Jesucristo, Dios y Padre nuestro, que nos amó y trajo el consuelo eterno y la esperanza en la gracia, mueva vuestros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena”.

Queremos que el final de nuestras palabras sea para agradeceros vivamente vuestra caridad por los preciosos augurios que amablemente nos habéis ofrecido al comenzar el quinto año de nuestro servicio paternal y pontificio, invitándoos suavemente a uniros a Nos en la oración que nuestro venerable hermano el cardenal arzobispo de Milán pronunciará ahora “super sindonem”, según las rúbricas del rito ambrosiano. A San Carlos no podríamos asegurarle mejor nuestra admiración devota y traerle a la vez como protector de todo el episcopado católico aquí reunido para el feliz éxito del Concilio Ecuménico, que con las santas palabras que le saludan e invocan como “vitae magistrum in terris et patronum in coelis”.

 


*  AAS  54 (1962) 851; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. V, pp. 5-14.

 

 

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