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CARTA DEL PAPA JUAN XXIII
AL CARDENAL ARZOBISPO DE ARMAGH
EN EL XV CENTENARIO DE SAN PATRICIO
*

 

A nuestro querido hijo
Juan d'Alton, Cardenal de la Santa Romana Iglesia,
Arzobispo de Armagh.

Querido hijo nuestro, salud y Bendición Apostólica.

Al cumplirse el decimoquinto centenario de la santa muerte de San Patricio, apóstol de Irlanda, en todos los puntos del país, y especialmente en esa ciudad que fue su gloriosa sede, se preparan adecuadas solemnidades para conmemorar tan fausto acontecimiento.

Al conocer recientemente los excelentes proyectos sobre esa inminente santa conmemoración nos sentimos, ciertamente, impulsados a felicitarte efusivamente, querido hijo nuestro, así como a tus celosos colegas, por el celo religioso que habéis desplegado y consciente previsión. Por eso las hazañas del Santo brillarán con mayor esplendor —estamos seguros de ello— al poner de manifiesto los muchos beneficios que el Santo proporcionará a la noble Irlanda, siguiendo sus huellas y ejemplos, rivalicéis en cumplir los deberes de la religión cristiana.

A los que estudian los anales de la historia patria está patente el modo admirable y extraordinario cómo llegaron vuestros antepasados a la fe y reino de Cristo. Pues hay dos clases de misioneros: unos —la mayoría— que se fatigan en una mínima porción del inmenso campo del Señor y en él siembran y no recogen la mayoría de las veces o recogen y no sembraron; otros —los menos y más ilustres— que, llenos de una gracia victoriosa y sobrehumana, ya en vida sometieron al imperio de la Santa Cruz naciones enteras. Tal el caso de San Patricio, en quien brilló de modo insigne el don del apostolado. Pues, estando gran parte de Europa sumida en las tinieblas de la idolatría y del paganismo, San Patricio esparció por Irlanda la luz del Evangelio y aquélla se convirtió en una porción escogidísima de la grey del divino Redentor, cuyo Pastor es Pedro.

Por ese motivo a esa nación puede aplicarse perfectamente la profesión del profeta Oseas: "Te desposaré conmigo en la fe y sabrás que yo soy el Señor y llamaré al que no es mi pueblo Pueblo mío y él dirá: eres mi Dios" (II, 20, 24).

Pues si la insigne virtud de San Patricio produjo tan excelentes frutos evangélicos, la docilidad de los irlandeses, unida a la virtud, en aceptar el dogma cristiano, favoreció mucho a él y a sus sucesores.

Ahora bien, vuestros antepasados no sólo cultivaron religiosamente la fe católica, sino que se esforzaron con ardor en difundirla, convencidos de que la salvación de Cristo, Redentor divino, debía llegar a todas las gentes, y que tantas mayores gracias habían de dar a Dios por haber recibido la luz del Evangelio cuantos más generosos esfuerzos hiciesen en propagarla por doquier. ¿Quién ignora las hazañas de los monjes misioneros que, partiendo de esa tierra, enseñaron la doctrina y preceptos del cristianismo a los pueblos cercanos y lejanos, y sirviéndose la mayoría de las veces de los estudios liberales y de los melodiosos versos latinos para reformar las costumbres públicas de esos pueblos beneméritos del humanismo cristiano? Así brillan, entre otros, por su renombre varones santos tales como Columba, Brendano, Aidano, Columbano, Virgilio, Romualdo, Galo y Cataldo.

Ni es menos célebre el nombre de San Malaquías, Arzobispo de Armagh, amigo y huésped de San Bernardo, en cuyo monasterio acabó sus días, y a quien el Santo prodiga amables alabanzas, llamándole "ángel": "Era un ángel tanto por su pureza como por su nombre" (San Bernardo, De Malachia Episcopo, sermo secundus, 5). Asimismo está vivo el recuerdo de San Lorenzo, Arzobispo de Dublín, que fue enviado por nuestro antecesor Alejandro III como legado apostólico a vuestra patria.

La inquebrantable fidelidad de vuestros antepasados hacia la Iglesia católica muchas veces y durante tanto tiempo tuvo que soportar duros trabajos; con frecuencia sufrieron la miseria, las penas y el destierro, "soportaron ludibrios y azotes, más aún, cadenas y cárceles..., torturados, muertos a cuchillo" (Heb. 11, 36, 37), mientras que la sangre derramada de los mártires regaba vuestra tierra. Y en esta gloriosa lucha es digno de mención especial el insigne mártir Beato Oliverio Blunket, fuerte entre los fuertes, por haber honrado con su virtud y martirio la Sede de San Patricio y tu digna Sede Episcopal.

El celo por las misiones, con que siempre se distinguió Irlanda, brilla también de modo singular. Suele ocurrir que esta o aquella nación cristiana dé y produzca sacerdotes más o menos numerosos; la amada Irlanda, en cambio, es madre y promotora fecundísima de sacerdotes de ambos cleros y de órdenes religiosas, y en esto no se ha dejado ganar ni aventajar por nadie. Así, pues, preparó y prepara selectas falanges de sacerdotes para las naciones de habla inglesa, especialmente Gran Bretaña, Norteamérica y Australia, y en estos últimos tiempos envió insignes y esforzados misioneros hasta los últimos confines de la tierra. Que Irlanda conserve inmarcesible la gloria del sacerdocio, que es para ella honor insigne, cosechando en el futuro cada vez más ubérrimos frutos de la comunión de los santos.

Tampoco queremos silenciar otra cosa que nos proporciona un grato recuerdo y las mejores esperanzas, a saber, vuestro piadoso y religioso deseo, mantenido solemnemente, de la necesidad, fomentada siempre, de estar unidos estrechamente a la Cátedra de Pedro. Por cierto, este bien lo recibisteis como herencia del mismo San Patricio, el cual, enviado a vosotros por nuestro predecesor San Celestino I por su manifiesta adhesión a la Sede Apostólica, solía exhortar a los suyos a que fueran romanos tanto como cristianos. Por todo lo cual, es muy conveniente que, para celebrar con alegría dichas solemnidades, se recuerde ese saludable vínculo y se haga más firme por los buenos propósitos. Sobre todo, llevamos en el corazón el Pontificio Colegio Irlandés de Roma, en el que se forman selectos seminaristas, anhelo y esperanza de la Iglesia, que, tenemos en gran estima y afecto. Procurad que por vuestros asiduos desvelos y protección se mantenga viva y florezca.

Haciendo estos votos de lo íntimo del corazón, os encomendamos a vosotros y a los vuestros al patrocinio de San Patricio, protector y honra de vuestra patria. El que "ama a sus hermanos... y asiduamente ora por su pueblo y toda la nación santa" (II Mach 15, 14), os alcance los divinos favores de la augusta, y adorable Trinidad, os proteja y os dé prosperidad en el futuro. "La gracia del Señor, Jesucristo, y la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sea con todos vosotros" (2 Cor., 13, 13).

En prenda de estas gracias, con afecto y de todo corazón, te impartimos a ti, querido hijo nuestro, al clero y fieles de tu archidiócesis y de toda Irlanda, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 18 de febrero de 1961, tercer año de nuestro Pontificado.

IOANNES PP. XXIII

 


* AAS 53 (1961) 217-220.

 

 

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