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 RADIOMENSAJE DEL PAPA JUAN XXIII
A LOS TRABAJADORES EN LA FESTIVIDAD DE SAN JOSÉ OBRERO
*


Domingo 1 de mayo de 1960

 

Queridos hijos e hijas. Por segunda vez en el decurso del año litúrgico, presenta la Iglesia a la veneración de los fieles a su patrono universal.

Hoy se presenta San José en su aspecto característico de un humilde artesano, de un obrero.

Es por ello natural que nuestro pensamiento se dirija a cada una de las regiones y ciudades en que se desenvuelve la vida de todos los días: las casas, las escuelas, las oficinas, los mercados, las fábricas, los despachos, los laboratorios, todos los lugares santificados por el trabajo intelectual o manual, en las varias y nobles formas de que se reviste según la fuerza y capacidad de cada uno. Pensamos en las familias de todos vosotros que nos escucháis, especialmente aquellas que se someten con docilidad a los designios de la Providencia o que, temblando, son víctimas de un dolor, de una enfermedad, de una prueba. Y sobre todos estos lugares nuestro corazón gusta en representarse, fraternalmente inclinado sobre las fatigas y las penas de cada uno, la imagen serena del custodio de Jesús y esposo purísimo de la Santa Virgen, para bendecir, alentar, socorrer y confortar.

Cuán consolador es pensar que, con su ayuda, cada familia cristiana dedicada al trabajo puede reflejar fielmente el ejemplo y la imagen de la Sagrada Familia de Nazaret, en la cual la constante laboriosidad, incluso a través de la brevedad de la vida, fue cumplida con el más ardiente amor a Dios y con la generosa adaptación a sus amables designios.

Es éste, en el fondo, el significado de la fiesta de hoy. Presentando el ejemplo de San José a todos los hombres, que en la ley del trabajo encuentran marcada su condición de vida, la Iglesia procura llamarles a considerar su gran dignidad y les invita a hacer de esa su actividad un poderoso medio de perfeccionamiento personal y de mérito eterno.

El trabajo es, en verdad, una alta misión; es para el hombre como una colaboración inteligente y efectiva con Dios Creador, del cual recibió los bienes de la tierra para cultivarlos y hacerlos prosperar. Y todo lo que para él es fatiga y dura conquista pertenece al designio redentor de Dios que habiendo salvado al mundo mediante el amor y los dolores de su Hijo Unigénito, convierte los sufrimientos humanos en precioso instrumento de santificación cuando se unen a los de Cristo.

¡Cuánta luz proyecta sobre esta verdad el ejemplo de Nazaret, donde el trabajo fue aceptado gustosamente como manifestación de la voluntad divina! ¡Y qué grandeza adquiere la figura silenciosa y oculta de San José por el espíritu con que cumplió la misión que le fue confiada por Dios. Pues la verdadera dignidad del hombre no se mide por el oropel de los resultados llamativos, sino por las disposiciones interiores de orden y de buena voluntad.

Queridos hijos e hijas. Es aquí, en este esplendor que proviene del celestial modelo, donde hay que ver cuál ha de ser la actitud y la disposición para ejecutar y entregarse al trabajo, peso y honor de la vida de cada hombre. Erradas ideologías, exaltando por un lado la libertad desenfrenada y por otro la supresión de la personalidad, procuran despojar de su grandeza al trabajador reduciéndolo a un instrumento de lucha o abandonándolo a sí mismo; se procura sembrar la lucha y la discordia, contraponiendo a las diversas clases sociales; se intenta, por último, separar a las masas trabajadoras de aquél Dios que es el único protector y defensor de los humildes y de quien recibimos la vida, el movimiento y la existencia, como si la condición de los trabajadores haya de eximirles del deber de conocerle, de honrarle y servirle.

Llora nuestro corazón cuando considera que tantos hijos nuestros, honestos y rectos, pudieran dejarse arrastrar por esas teorías desconociendo que en el Evangelio, ilustrado en los documentos sociales del Pontificado Romano, está la base para la solución de todos sus problemas; está el ansia de las nuevas reformas unida al respeto de los valores fundamentales.

Queridos hijos e hijas, mirad confiadamente de frente, sobre los caminos que se abren a vuestro paso. La Iglesia cuenta con vosotros para difundir desde el campo del trabajo la doctrina y la paz de Cristo. Sea siempre el trabajo para vosotros una noble misión de la que solo Dios pueda ser el inspirador y premio. Reine en las relaciones recíprocas de la vida social la verdadera caridad, el respeto mutuo, y deseo de colaboración, un clima familiar y fraterno según las luminosas enseñanzas de la Epístola de San Pablo leídas en la misa de hoy: «Cualquier cosa que hagáis o digáis hacedlo todo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo dando por Él gracias a Dios Padre. Que todo lo que hagáis sea hecho de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor obtendréis la merced de la herencia. Servid a Cristo Señor».

Los trabajadores saben que la Iglesia os sigue maternalmente con vivo y solícito afecto; se mantiene sobre todo cerca de los que cumplen en la oscuridad trabajos ingratos y pesados que los otros no conocen o no estiman debidamente; se preocupa del que no cuenta con una ocupación estable y está expuesto a las interrogantes angustiosas por el futuro de la familia que aumenta. Está cerca de los que la desventura o la enfermedad en el trabajo los probó dolorosamente. Por nuestra parte no perderemos ocasión para invitar a todos los que tengan responsabilidad de poder o de medios para que se apliquen a fin de que os sean garantizadas condiciones siempre mejores de vida y de trabajo y especialmente para que a todos se asegure el derecho a una ocupación estable y digna. Y firmemente confiamos que se sabrá comprender, con sensibilidad cada vez más solícita, las penas de los trabajadores; que se sale espontáneamente al encuentro de sus legítimas aspiraciones de hombres libres, creados a imagen y semejanza de Dios; y que se procura aliviar las ansias espirituales, de justicia y caridad y de leal colaboración en el respeto mutuo de los correlativos derechos y deberes.

Sin embargo, los esfuerzos, incluso los más generosos, poco podrán aprovechar sin el auxilio divino; por eso os invitamos a elevar en este día fervorosas súplicas al Señor para que su protección, por intercesión de San José, acompañe y fortalezca vuestros esfuerzos y cumpla vuestros deseos.

¡Oh San José, Custodio de Jesús, Esposo castísimo de María, que consumiste tu vida en el cumplimiento perfecto del deber, sustentando con el trabajo de tus manos a la Sagrada Familia de Nazaret; protege los propósitos de quienes confiadamente se dirigen a ti. Tú conoces sus aspiraciones, sus angustias, sus esperanzas; y a ti recurren porque saben que encontrarán en ti quien los comprenda y proteja. También tú experimentaste la prueba, la fatiga, el agotamiento pero también en medio de las preocupaciones de la vida material, tu ánimo, lleno de la más profunda paz exultó de alegría inenarrable por la intimidad con el Hijo de Dios a ti confiado y con María, su dulcísima Madre. Haz también que tus protegidos comprendan que no están solos en su trabajo sino que vean a Jesús junto a ellos; acógelos con tu gracia, protégelos fielmente como tú hiciste. Y obtén que en cada familia, en cada oficina, en cada laboratorio, donde quiera que trabaje un cristiano, sea todo santificado en la caridad, en la paciencia, en la justicia, en la prosecución del bien obrar para que desciendan abundantes los dones de la celestial predilección.

Queridos hijos e hijas: con esta oración invocamos sobre todos vosotros la continua asistencia del Señor. Y para que la fiesta de hoy encuentre en todos los corazones fervorosa correspondencia de concordia y de santos propósitos, queremos saludar a vuestras personas, a la familia de cada uno de vosotros, los locales de vuestra labor diaria con una particular y confortadora bendición apostólica a fin de que en todos y siempre se cumpla la voluntad del Señor.


* AAS 52 (1960) 397-400. Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II págs. 323-327.

 

 

 

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