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RADIOMENSAJE DEL PAPA JUAN XXIII
A LOS CATÓLICOS AFRICANOS
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Domingo 5 de junio de 1960

 

Queridos hijos de África:

En aquel primer Pentecostés hombres reunidos en Jerusalén y pertenecientes a numerosas naciones oyeron a San Pedro y los Apóstoles predicar en sus propias lenguas «las maravillas de Dios» (Hch 2,11). Fue el efecto prodigioso de la venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico. Hoy el humilde sucesor de Pedro es el que se siente dichoso de acoger amablemente la petición que le dirigieron las emisoras de lengua francesa y de poder conversar con los hijos de la noble tierra africana como en otro tiempo Pedro con la muchedumbre que rodeaba el Cenáculo.

Aunque sólo llegue hasta vosotros el sonido de nuestra voz, sabed que estamos también en medio de vosotros con el pensamiento y el corazón. Hablamos desde nuestra mansión del Vaticano, muy cerca del sepulcro de San Pedro, y os imaginamos reunidos por todas partes junto a los receptores de radio en vuestras casas, en las misiones, a veces al aire libre, y atentos a copiar nuestras palabras.

¡Qué alegría para el Padre común de vuestras almas! ¡Qué alegría también para vosotros, estamos seguros de ello! Demos, pues, gracias a Dios. Demos asimismo gracias a los artífices que hacen posible esta amable conversación.

África es una tierra profundamente religiosa y bendita de Dios. Por este motivo tuvo la dicha de dar hospitalidad y protección al Santo Niño Jesús cuando la Sagrada Familia huyó del cruel Herodes. Inmediatamente después de Pentecostés recibió con fervor la semilla cristiana y surge una gloriosa falange de mártires, entre los cuales brilla con gran resplandor San Cipriano; en las costas mediterráneas nacen florecientes comunidades; el desierto se puebla de ermitaños entregados totalmente a combatir al demonio con el ayuno y la oración, como San Antonio; en Hipona San Agustín gobierna con prudencia y ciencia teológica la iglesia a él confiada. Luego la Providencia permite que la luz de la fe cristiana disminuya durante algún tiempo en muchas partes del continente africano. Pero el amor ardiente a Jesucristo impulsa pronto a hijos de la Iglesia hacia esas regiones que ya no conocen a nuestro dulce Salvador o le han ignorado siempre. Los misioneros no escatimarán ningún sacrificio para llevar a sus hermanos africanos el don inestimable de la fe católica; ni la separación de su patria y familia, ni el hambre ni la sed, ni las enfermedades los harán renunciar a ello. Se sentirán dichosos incluso de derramar su sangre en una tierra que tanto aman. Y la sangre de esos mártires, como en los primeros tiempos del Cristianismo, hace germinar cristiandades florecientes: Sanguis martyrum, semen christianorum, la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

La Iglesia acoge a esos cristianos de África con el mismo afecto que a todos sus otros hijos, pues Ella es la patria común de las almas. Y como lo recordó San Pablo a los Gálatas: «Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,27-28).

La Iglesia Católica tiene la misión de revelar progresivamente esta profunda unidad del género humano. La responsabilidad incumbe al colegio de los Obispos, que ocupan el lugar de los Apóstoles, y principalmente a Pedro y sus Sucesores que han demostrado muchas veces en el transcurso de los siglos su solicitud por África. No es preciso recordaros la importante y reciente encíclica Fidei Donum, por la cual nuestro inmediato Predecesor dirigió las miradas de los fieles «hacia África, en esta hora en que se abre a la vida moderna y pasa por los años más graves quizá de su destino milenario». (Enc. Fidei Donum, AAS. 49, pág. 227). Sólo queremos manifestaros, como lo hicimos recientemente con ocasión de las fiestas de la independencia de Togo, nuestra gran satisfacción de ver que el acceso a la soberanía se lleva a cabo progresivamente. La Iglesia se alegra de ello y confía en la voluntad de esos jóvenes estados para ocupar el puesto que les corresponde en el concierto de las naciones.

Mas todos los problemas que se les plantean no quedan por lo mismo resueltos. Cada Estado se interesará especialmente en asegurar el sano desarrollo de su país, teniendo en cuenta prudentemente sus posibilidades reales y sobre todo respetando los verdaderos valores espirituales que constituyen el alma misma de un pueblo. Pues bien, la Iglesia Católica ha recibido de su Divino Fundador una doctrina que le permite —sin salir del terreno moral y religioso y dejando a las autoridades civiles la plena responsabilidad de sus actos— responder acertadamente a los graves problemas de los hombres. Ella pone así a su disposición,. desinteresadamente y según las necesidades. principios de acción muy útiles para el desarrollo de la vida individual, familiar, profesional, cívica e internacional.

Estas normas se inspiran siempre en el respeto a la dignidad de la persona humana, así como en las exigencias del bien común. Por eso la Iglesia acoge con benevolencia los esfuerzos realizados con miras a una justa promoción de la mujer por la que trabaja también de todas las formas. Asimismo, frente a los antagonismos que surgen, a veces, desgraciadamente, hasta con violencia, entre las poblaciones de un mis­mo país, la Iglesia profesa que el bien común es superior a los intereses particulares legítimos, y, por consiguiente, la renuncia por parte de los ciudadanos a tal o cual costumbre en beneficio de la totalidad de sus compatriotas y, más todavía, los sacrificios consentidos por diferentes países, unidos por imperativos geográficos o económicos, en favor de los grandes conjuntos de Estados.

Esto nos impulsa a deciros que la Iglesia se encuentra en su propia casa en África como en cualquier otra parte del mundo. Seguro que conserváis fresco en vuestra memoria el día en que Pío XII confirió por primera vez a sacerdotes africanos el carácter episcopal. Hace muy poco hemos querido consagrar con nuestras propias manos en la Basílica Vaticana a Arzobispos y Obispos africanos, dando así a nuestros queridos hijos de África Pastores de su sangre. Incluso hemos tenido la satisfacción de nombrar al primer Cardenal nativo, nuestro muy querido hijo Laureano Rugambwa, Obispo de Rutabo. Como sabéis, por la púrpura cardenalicia el nuevo miembro del Sacro Colegio participa en el gobierno central de la Iglesia.

Pero esta nueva situación de las iglesias africanas no es más que una etapa. Durante mucho tiempo todavía necesitarán la ayuda fraterna de los países cristianos viejos. Lo repetían a porfía los Obispos que acabamos de consagrar: «¡Que los misioneros no nos dejen tan pronto!» Permitidnos, pues, que aprovechemos este Mensaje para renovar plenamente este deseo lleno de gratitud y de realismo al mismo tiempo. En efecto, después de los esfuerzos llevados a cabo para formar al clero, se imponen urgentemente actividades para hacer a los seglares cristianos plenamente conscientes de su papel en la Iglesia y en la sociedad; para permitirles cumplirlo con éxito: escuelas de catequistas, escuelas de cuadros para los militantes de Acción Católica y de acción sindical, centros de instrucción sanitaria y social, hogares de cultura cristiana para los selectos. Todos estarnos al corriente de todas las excelentes realizaciones que se hacen en este sentido; también conocemos todas las buenas voluntades que en este punto han sabido responder al llamamiento Fidei Donum e insistimos en estimular vivamente y felicitar paternalmente a los artífices abnegados de esas obras en las que el personal no africano resulta muy útil.

Así sopla una vez más sobre África un viento de Pentecostés. En esto pensábamos con emoción mientras pronunciábamos hace poco tiempo sobre los nuevos Obispos que os dábamos las emotivas palabras del Pontifical: «Accipe Spiritum Sanctum, recibe el Espíritu Santo». Por nuestra parte, no dejamos de suplicar al Señor para que envíe a su Iglesia en África y en todo el mundo su Espíritu de Santidad con la abundancia de sus dones et renovabis faciem terrae, y renovarás la faz de la tierra. Os pedimos con insistencia, al terminar este mensaje, que unáis vuestras súplicas a las nuestras: «Oh Espíritu Divino, realizad de nuevo en nuestra época los prodigios de un nuevo Pentecostés; conceded a la Santa Iglesia, reunida en una oración unánime y más fervorosa en torno a María, Madre de Jesús, y conducida por Pedro, que vive en su sucesor, que extienda el reino del Divino Salvador, reino de verdad, de justicia, de amor y de paz» (Oración por el Concilio Ecuménico).

Con esta confianza invocamos sobre vosotros, por intercesión de la Santísima Virgen y de todos los santos africanos, una copiosa efusión de los dones celestiales; la invocamos especialmente sobre los humildes, los pequeños, los que sufren en su carne la enfermedad y el hambre; sobre los que sufren detrimento en sus derechos fundamentales. Tampoco olvidamos a los que trabajan con celo en dar a conocer y amar al Dios vivo y verdadero, Prelados y sacerdotes, religiosos y religiosas entregados a la oración contemplativa o a las obras de misericordia, catequistas valientes, militantes de Acción Católica. Igualmente pedimos a Dios por las Autoridades civiles. Conocemos las cargas que pesan sobre sus espaldas en la presente coyuntura y para ellas pedimos la fortaleza, prudencia y justicia. Uniendo, pues, en nuestro corazón paternal a unos y otros, os impartimos a todos nuestra más afectuosa Bendición Apostólica.


* AAS 52 (1960) 474-477. Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II págs. 385-389.

 

 

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