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JUAN XXIII

MENSAJE URBI ET ORBI*

Navidad, viernes 25 de diciembre de 1959

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

La celebración de la tercera misa de Navidad nos ha llenado el corazón de gozo. La presencia junto a nuestro altar de tan numerosos fieles de Roma y del orbe católico nos ha conmovido y nos llena de alegría. En esta hora del mediodía en que la festividad de hoy alcanza su cima y en que la piadosa multitud goza, en la intimidad de la paz doméstica, de santa alegría, deseamos haceros llegar una vez más nuestro paternal augurio. Este obtiene inspiración de las páginas de la Sagrada Escritura que resuenan en la rica liturgia de la Natividad del Señor. Augurio de luz, de alegría, de paz.

Augurio de luz. Ante todo de luz. Nosotros nos sentimos hijos de la luz: nosotros creemos. El Niño que da vagidos en la cuna de Belén, iluminado por el rostro llameante de los ángeles, no es simplemente el hijo de una mujer electísima, sino el Hijo de Dios. Es el que «ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9); el Sol de justicia, ante el cual se disipan las tinieblas de los errores humanos; es el Nuncio de los secretos escondidos por los siglos en Dios; El es el Redentor del mundo; el Dador de la vida eterna. Navidad significa para nosotros docilidad a la verdad de su doctrina, a la práctica del amor a fin de que «iluminados con la luz nueva del Verbo Encarnado, resplandezca en nuestras obras lo que por la fe brilla en nuestras mentes».

Augurio de alegría. Esta noche el ángel ha anunciado a los pastores en vela la alegre nueva. «Os anuncio una gran alegría que sentirá todo el pueblo; porque os ha nacido hoy un Salvador que es el Cristo Señor» (Lc 2, 10-11). Quien está en el secreto de la verdadera alegría, la que no se puede encontrar en el bullicio de los gozos mundanos; la que nada, ni siquiera la tribulación puede apagar; es decir, la alegría de saberse redimidos, de tener en Jesús un hermano nuestro, amable y bueno, de haber sido hechos en a El partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4), elevados a una estrecha comunidad de vida con Dios. Hijitos queridísimos, la alegría de este día, entretejida de profundo
reconocimiento al Señor, os acompañe durante todo el nuevo año y no os abandone nunca.

Augurio de paz. Por último, un augurio de paz. Es el canto inmortal de los celestes mensajeros en la noche santa. La paz es el don del cielo que se ofrece en la tierra a la buena disposición de los hombres sinceros. Hemos hablado de ello en el mensaje de la antevíspera de Navidad, pero queremos augurarlo una vez más a todos vosotros. Que haya paz en vuestras conciencias dentro del respeto a la Ley de Dios y de la Iglesia, en el orden, en el cumplimiento generoso del propio deber; paz en vuestras familias; en la dulzura y en la paciencia y en el florecimiento de toda virtud; paz en las naciones y en el mundo entero, fruto de la búsqueda sincera del bien de los pueblos, con la tutela de la libertad.

Queridos hijos: Este es el triple augurio que os expresamos con todo el corazón. Y pedimos por todos y por cada uno de vosotros junto a la cuna del Hijo de Dios; de modo especial por los pequeños que se entusiasman contemplando con admiración el pesebre; por los pobres atribulados, por los que sufren corporal y espiritualmente para que obtengan renovadas fuerzas de la mansedumbre y pobreza de Cristo; oramos por los que están lejos de su casa y de su patria. Para todos imploramos serenidad, paz y consuelo de Aquel que ha nacido hoy en la tierra para compartir los sufrimientos de los hombres y hacerlos aceptables a la luz de eternidad.

Una vez más, pues, queridos hijos, nuestro augurio de una feliz Navidad; y en prenda de las divinas complacencias damos a vosotros aquí presentes y a cuantos escuchan nuestra voz a través de las ondas, nuestra propiciatoria bendición apostólica.


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 98-100.

 

 

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