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JUAN XXIII

MENSAJE URBI ET ORBI*

Pascua de Resurrección
Domingo
17 de abril de 1960

 

Queridos hijos:

La tradición de la gran bendición Papal de Pascua desde el balcón externo de la basílica vaticana es antiquísima y Nos place evocarla para común regocijo.

La Pascua es una festividad, es una solemnidad extraordinaria que sobrepuja a todas las demás del año eclesiástico: festum festorum, solemnitas solemnitatum.

Nuestro lejano antecesor San Gregorio, el primero de este nombre en la serie de los Papas, a quien llamamos grande entre los más grandes, saludaba sin más la Pascua como el epitalamio más sublime para celebrar la mística unión del Verbo de Dios encarnado con la Santa Iglesia, como el «Cantar de los Cantares» de toda la liturgia.

En este día de Pascua nuestra alegría más íntima de buenos cristianos es la de rendir homenaje a Jesucristo, Redentor glorioso e inmortal en los siglos, vencedor de la muerte y de la humana maldad: la malad del primer pecado del hombre y de todos los pecados del mundo.

¿Cómo no estar agradecidos al Hijo de Dios e Hijo de María, en virtud de cuya sangre preciosa se invoca el perdón para sus mismos verdugos y para la humanidad pecadora toda entera, a fin de que su suerte sea remediada y asegurada su redención y salud eterna?

Este sufrir, este morir tan doloroso y humillante que hemos seguido estos días con el corazón conmovido, fue, sin embargo, una lucha gloriosa. Lo hemos recordado en tono de triunfo al cantar en la liturgia pascual: «Mors et vita duello conflixere mirando»: la muerte y la vida trabaron grandiosa lucha, pero el autor de la vida fue el vencedor, que siempre vive y reina: Dux vitae mortuus regnat vivus.

Pues bien, queridos hijos, lo sabéis, lo estáis experimentando, ese combate continúa aún en la tierra. Todos nosotros lo estamos presenciando y tenemos parte en él. Por un lado está Cristo con sus representantes y seguidores en la Iglesia, en santa elevación y hermandad; y con la Iglesia bendita están la buena doctrina, la verdad, la justicia y la paz; por otro lado campea el espíritu anticristiano, que es error, falsa concepción de la vida íntima y social, despotismo y violencia aun material, desorden nefasto y ruinoso.

Tal es la condición de la vida aquí abajo.

Queridos hijos de Roma, queridos hijos del mundo entero que estáis escuchando: siendo tan claras las posiciones de cada uno, es necesario, es decoroso para todos, mantenerlas debidamente. Esto impone un gran sentido de responsabilidad, ejercicio de rectitud moral, temor del compromiso, sinceridad absoluta de intenciones y de obras delante de Dios y delante de los hombres.

A nosotros nos conforta la seguridad de que el Señor es fiel a sus promesas y nos reserva aun aquí los dones de su bondad y de su victoria. Pero esta seguridad debemos merecerla.

En los días pasados, San Agustín, desde las páginas del Breviario, nos animaba a todos a la franqueza en el pensar, en el obrar, y en el vivir. «Los que viven mal —escribe— y se llaman cristianos hacen injuria a Cristo y de ésos se ha dicho que por culpa de ellos el nombre del Señor es blasfemado. Por el contrario, cuantos, aunque sufriendo algo, se mantienen fieles a la ley santa, por ellos el nombre del Señor es alabado y bendecido».

Oigamos al Apóstol, queridos hijos: él nos dice que seamos el perfume, el bonus odor Christi que se derrama in omni loco, o sea por todas partes, donde nuestra fe y nuestra actividad se afirman y resplandecen.

En este mediodía Pascual, mientras todo lo que nos rodea nos invita a alegría espiritual, tantos y tantos hermanos nuestros —volver sobre este punto Nos es bien doloroso— no gozan de la libertad ni individual, ni civil, ni religiosa; sino que desde años y años sufren coacción y violencia y están consumando un sacrificio hecho de silencio y de opresión persistente. Querríamos que también a sus oídos pudiese llegar, al menos, el eco de esta voz paterna y consoladora proveniente del centro de la unidad católica. Nuestra participación de espíritu y de oración en sus sufrimientos resulta beneficiosa para toda la Santa Iglesia, que del admirable ejemplo de fortaleza intrépida que nos están dando, saca aumento de edificación y de fervor.

Y también a todos los demás hijos de Dios, que sufren por causa. de la raza, o por su situación económica compleja y delicada, o por la limitación en el ejercicio de sus derechos naturales o civiles, se dirige Nuestra mirada ansiosa, mientras la palabra cordial y conmovida anhela transfundir en el alma de cada uno un sentimiento de solidaridad humana y cristiana, destinado a florecer el día señalado por la Providencia.

Oh Jesús, Salvador y Redentor, sé Tú ahora y siempre nuestro amor, esfuerzo perenne para nosotros y para cuantos sufren por tu nombre y por tu Evangelio vivido y bañado con el sacrificio de tu sangre.

En la Pascua comienza el año que sigue en el curso del tiempo. Nosotros te renovamos la promesa de nuestra lealtad en el cumplimiento de cuantas obligaciones nos impone nuestra vida en todos los órdenes, religioso, civil y social.

Oh Jesús, vencedor de la muerte y del pecado, tuyos somos y tuyos queremos ser: nosotros y nuestras familias y cuanto tenemos de más querido y precioso, en los ardores de la juventud, en la prudencia de la edad madura, en los inevitables desconsuelos y renuncias de la vejez incipiente y ya avanzada: siempre tuyos.

Y danos tu bendición, y derrama en todo el mundo tu paz, oh Jesús, como lo hiciste al reaparecer por vez primera en la mañana de Pascua a tus más íntimos, y como seguiste haciéndolo en las sucesivas apariciones en el Cenáculo, junto al lago, en el camino: Nolite timere, ego sum, pax vobis; pax et benedictio, per singulos dies; in aeternum.

¡Hermanos e hijos! Recibid nuestra felicitación de Pascua. Deseamos repetírosla en los varios acentos de vuestro lenguaje nativo.

Deseos de verdad, de justicia, de libertad, de paz.

Bonnes et Saintes Pâques!

¡Felices y santas Pascuas !

Frohe, gnadenreiche Ostern!

Happy and Holy Easter!

Felizes e santas Páscoas!

Zalig en Gelukkig Pasen!

Y con las felicitaciones la gran bendición


* AAS 52 (1960) 369-371. Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs.297-300.

 

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