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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIIII
AL SR. MAHMUT
CELÂL BAYAR,
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA TURCA*

Jueves 11 de junio de 1959

Vuestra visita, Señor Presidente, Nos es particularmente grata. ¡Qué riqueza de impresiones y qué encanto de recuerdos para Nuestro espíritu de haber vivido, como es Nuestro caso, durante diez años en Estambul y en Turquía!

Recuerdos ante todo de las bellezas naturales de las que el Creador ha enriquecido vuestra Patria. Muy a menudo, durante las visitas que hicimos a las diversas regiones de Turquía, Nos admiramos aquellos lugares célebres cuyos nombres se agolpan todavía en nuestra memoria: el Bósforo, Izmir, Brussa, las islas del mar de Mármara…¡ Cuántos paisajes encantadores que ya no se borran de la memoria de quienquiera haya tenido la dicha de contemplarlos! Y ¿qué decir de los tesoros de arte y cultura acumulados en vuestro suelo en el transcurso de los siglos y que, por sí sólo evoca ya el nombre de "Santa Sofía"?

La visita de Vuestra Excelencia al Vaticano sigue a la que el Presidente Menderes hiciera a Nuestro inmortal Predecesor el Papa Pío XII y atestigua ante Nuestros ojos los sentimientos cordiales de la República Turca para con la Santa Sede. Estos sentimientos son recíprocos, y Nos es muy grato afirmarlo.

Nos celebramos poder asegurar a Vuestra Excelencia la fidelidad de la minoría católica a la que sus convicciones religiosas hacen un deber de profesar al poder legítimo la más respetuosa deferencia. Y Nuestros hijos que desde hace ya mucho se consagran en Turquía a las tareas de la educación y de la beneficencia, en las escuelas, en los hospitales, en las obras de asistencia, trabajan de corazón por el bien de las poblaciones y se honran en contribuir cuanto en ellos cabe a la vida y a la prosperidad de la nación.

¡Vuestra nación! Ilustre Presidente, ¡qué progreso ha operado en este cuarto de siglo, desde 1935 hasta el día de hoy! Permitidnos evocar particularmente el primer encuentro, no oficial, es verdad, con el entonces Director General de Asuntos Extranjeros, que tuvo lugar en Ankara, a quien debíamos luego encontrar en París para gozar durante diez años de su buena amistad. Nos continuamos, bien lo veis, interesándonos cordialmente por Turquía, hoy lejana de Nuestros ojos pero cercana a nuestro corazón.

Nos es también motivo de verdadero y duradero regocijo haber introducido en la Iglesia – primera señal de la comprensión de los tiempos nuevos – la lectura del Evangelio en esa lengua turca, en aquel entonces renovada y vuelta a colocar en el concierto universal de los intercambios humanos, añadiendo su texto al latino.

Así – sin excluir otros modos igualmente felices y eficaces – se realizan el encuentro y el buen entendimiento de hombre a hombre, de nación a nación, de pueblo a pueblo. Así es cómo progresan la comprensión mutua, la dicha de la fraternidad humana y pacífica, bajo los ojos de Dios Todopoderoso, que mira a todos los hombres que se hallan esparcidos sobre la tierra como a hijos de su amor. A través de las vicisitudes de la vida y de la historia, hombres y pueblos se regocijan en volverse a encontrar tal cual Dios los hizo hecho aun en sus mismas diversidades, para conducirlos a los triunfos de la paz y de la verdadera civilización.

Señor Presidente de la República Turca, Nos es muy grato repetiros una vez más: Nos celebramos poderos saludar en Roma, en el Vaticano.

Nos aprendimos durante Nuestra permanencia en Turquía una hermosa fórmula de saludo, que se dirige a quien parte o continúa su viaje: «¡Que Dios te guarde y florezcan las rosas en tu camino!». Tanri mübarek olsun Aziz adi mübarek olsun

Nos pedimos a Dios que proteja el pueblo Turco y Nos imploramos de gran corazón sobre él y sobre sus gobernantes la abundancia de las divinas bendiciones.

Allahtan, Türk Milletini muhafaza etmesini diles, gerek halke, gerekse Devletin idare makamenda bulunan Büyüklerini takdis etmesini bütün. Kalbimizle arzu, aderiz.


*ORe (Buenos Aires), año VIII, n°385, p.2.

 

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