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 DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS CUARESMEROS DE ROMA
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 Sala de Clementina
Viernes 19 de febrero de 1960

 

Queridos hijos:

El encuentro de hoy con los párrocos, vicepárrocos, cuaresmeros y seminaristas de la diócesis de Roma es como la continuación del Sínodo, de aquel coloquio del Obispo con sus queridos colaboradores más cercanos, que suscitó tanta edificación y alegría en el mundo entero, y cuyo eco múltiple Nos llega todavía.

Hemos pasado después por días de alegría y de tristeza, como suele suceder aquí abajo y en la Iglesia del Señor.

Os diremos confidencialmente, que desde hace tiempo, antes y después del Sínodo, Nos hemos aplicado y familiarizado con el estudio y como conversado con tres grandes figuras del ministerio pastoral; un humilde, sencillo, auténtico hijo espiritual de San Francisco de Asís, y dos obispos que siguen siendo el esplendor de la Iglesia de Dios: San Antonio, dominico, Arzobispo de Florencia; San Lorenzo Justiniano, canónigo regular de San Jorge de Alga, Patriarca de Venecia, del cual nuestro espíritu es particularmente devoto.

Insignes los tres por los prodigios de su predicación que conmovió a toda Italia. Tres astros de primera magnitud, que elevándose sobre el horizonte del siglo XV siguen enseñando al clero y pueblo cristiano, edificando con el ejemplo de la santidad, y arrastrando con la eficacia irresistible de su palabra nítida y directa.

Estos tres eclesiásticos precedieron al Concilio de Trento y adaptaron la pura doctrina de la Sagrada Escritura, de los Padres y Doctores de la Iglesia a las necesidades pastorales de su tiempo pero con diferencias tan geniales que recuerdan ahora, al clero de todo el mundo, el estudio y la estima de su ministerio.

Tal vez tendremos otra ocasión, queridos hijos, de hablaros sobre estas puras fuentes de celestial y humana sabiduría. Permitid que hoy tratemos del primero de los tres, el de hábito y aspecto más humilde, el más viejo en edad pero el más escuchado y aplaudido por el pueblo cristiano. Nos referimos a San Bernardino de Siena, que nos brinda la inspiración oportuna con algunas sugerencias que él preparó para algunos prelados de la Iglesia de Dios; pero que preferimos confiar especialmente a los cuaresmeros. Valen, en definitiva, para todos los pastores de almas.

¿A dónde debe tender la predicación al pueblo de Dios? se pregunta San Bernardino en su sermón 5°, artículo II, tomo VII.

Y responde: docendo illuminare; verbo Dei consolari; et iuxta posse corrigere delinquentes.

En verdad, ¡qué magnífico programa, queridos hijos! Y para todos, incluso para vosotros, seminaristas, ¡qué estímulo para aplicaros a la propia perfección y a los estudios sagrados, para continuar en el tiempo esta triple manifestación de caridad evangélica: iluminar, consolar, corregir.

I. «DOCENDO ILLUMINARE ANIMAS»

Queridos hijos:

El predicador tiene una misión muy ardua. Porque debe esforzarse por reunir en sí mismo las dotes del maestro, del educador, del psicólogo. Debe saber llamar la atención de los fieles, encauzar el sentimiento, penetrar en la conciencia, exponer la verdad en forma convincente y gradual.

La exposición de la doctrina compromete no sólo la inteligencia del sacerdote, que debe estar penetrado de ella, sino su corazón, su sensibilidad. En el maestro se exige no tanto la locución literariamente perfecta, cuanto la palabra precisa, teológicamente exacta y medida.

Teniendo en cuenta los diferentes auditorios, San Bernardino indica tres clases de personas: simplices, mediocres, perfectiores. La enumeración es antigua y muy conocida, pero desgraciadamente se suele olvidar en materia de cultura religiosa. Lo que es absolutamente necesario para salvarse, para frecuentar los Sacramentos, para santificarse, se expone con palabras muy sencillas, con imágenes que se emplean para hablar a los niños.

Un Obispo muy piadoso y excelente orador Nos contó que, siendo joven sacerdote, le confiaron los chicos que se preparaban para el seminario.

«Les hablaba con la mayor sencillez —nos decía— pero siempre me preparaba. Cuando crecí en edad y cambiaron los oyentes comprendí pronto que el método de hablar con la mayor sencillez era el mejor para hacerse comprender incluso de los mediocres y de los perfectiores, que suelen ser eruditos en disciplinas profanas, pero que en las cosas sagradas y espirituales saben menos que los niños del catecismo».

Además, desde los tiempos de San Bernardino hasta hoy, las cosas han mejorado en tantos aspectos que no juzgamos necesario exponerlas.

El docendo illuminare sigue siendo válido, por tanto, en toda su integridad para todo sacerdote. Aun entregado a las múltiples obligaciones que le ocupan todas las horas del día, y algunas de la noche, debe aprovecharse, temblando, de la seria advertencia del Santo de Siena: «Allí donde se extiende la ignorancia de las verdades religiosas, se relajan las costumbres».

Hablar, pues, con sencillez; hablar con claridad; iluminar, iluminar.

Después de veinte siglos de luz cristiana, todavía las tinieblas envuelven a muchas almas e instituciones humanas. Y no hay que hacerse ilusiones. La grave tarea que el Divino Fundador confió a su Iglesia exigirá una atención y una aplicación cada vez más conforme con las necesidades de los tiempos.

Las palabras que integran nuestros sermones no son nuestras, sino de la doctrina celestial.

En la obra de iluminar las almas, a nosotros confiadas, se cansarán nuestros miembros y se secará nuestra lengua antes de que cumplamos perfectamente la tarea.

Seamos fieles a las santas tradiciones de los más célebres oradores, que fueron al mismo tiempo, doctos, prácticos y santos; así los antiguos como los modernos, desde los primeros Padres de la Iglesia hasta Bossuet; desde San Bernardino, tan popular y atrayente, hasta el Cura de Ars.

El Libro de las Divinas Revelaciones está ahí; la enseñanza viva de la Iglesia, como brotando del Corazón de Cristo, es para cada uno de nosotros fuente inagotable de altísima inspiración.

II. VERBO DEI CONSOLARI

La palabra de Dios ha sido puesta en los labios sacerdotales también para consolar las almas tristes y desoladas.

La tristeza y el desconsuelo son compañeros inseparables del que no alcanza de lo alto la divina esperanza; ésta se trasparenta en la mirada; aquélla llena los corazones. Y es muy singular y, en todo caso, insólita para nosotros, la sugerencia de San Bernardino de que la palabra de Dios tendrá el efecto maravilloso de consolar, cuando la mayor diligencia de orden y decoro resplandezca en los templos, en los altares, en la administración de los Sacramentos, en el culto de la Santísima Eucaristía.

Esto significa, que la palabra del predicador debe sacar tema de armonía y de consuelo de todo ese conjunto que en la Iglesia da impresión de buena disposición y de verdadera belleza. El que habla, el que instruye saca tema del arte, de la liturgia, de todo lo que en la Iglesia tiene virtud para edificar y conmover.

Estamos hechos así. Un toque de órgano, un canto colectivo, suave o fuerte, acompañado o ilustrado con una palabra apropiada y serena —est in dicendo cantus— todo vale para hacer vibrar el corazón, para renovar un estado de ánimo que necesita aliento y paz.

La mirada del pastor y del orador sagrado sabe penetrar con amable y respetuosa discreción en las casas de sus hijos y fieles; conoce las espinas más punzantes que hieren el cuerpo y el espíritu. Son la señal del sacrificio que acompaña a toda pobre vida humana. Tras de la puerta de cada hogar familiar está representada una cruz, cuyo misterioso signo resume todo lo que, de hecho, es más sustancial y meritorio en las relaciones del tiempo y de la eternidad.

Son siempre verdaderas las palabras del Pontífice León Magno: Totius temporis est pie vivere; totius corporis crucem ferre.

¡Qué consoladoras palabras! Pero incluso para repetirlas, ¡cuánta gracia y maestría necesita el sacerdote elocuente y piadoso!

¡Oh, qué felices expresiones, en esta materia de consolar las almas tristes y desconsoladas, ha encontrado nuestro querido San Bernardino! «Dice el Señor: "Ego sum ostium; per me si quis introierit salvabitur, ingredietur et egredietur et pascua inveniet" (Jn 10,9). Entrará para contemplar la divinidad de Cristo; saldrá para contemplar su humanidad; y entrando y saliendo hallará dispuestos los pastos de consuelos y delicias inefables».

»El pastor bueno y discreto —entiéndase también el orador sagrado— ofrecerá unas veces a sus ovejas lugares frescos y apartados para refrigerio suyo; otras, alfombras de blanda hierba para descansar, o suaves melodías para dulcificar las penas desagradables de la vida, mientras que con la zampoña les hablará como cantando amable y dulcemente. Las ovejas, así tratadas, juegan y saltan, y los pastores aprovechan para sacar temas de consuelo y de alegría».

Hasta aquí San Bernardino en el comentario de su idea: Quod praelatus debet maxime verbo Dei consolari animas moestas et desolatas.

III. IUXTA POSSE CORRIGERE DELINQUENTES

¿Qué decir del tercer punto? Grave advertencia es también: corregir a los pecadores según todas las posibilidades a nuestro alcance.

¡Queridos hijos! No os ocupéis en poner demasiado de relieve los aspectos negativos de la vida. En el Breviario de estos días leíamos el relato del prime delito que perturbó la primera sociedad familiar: la muerte de Abel.

Desde entonces, a través de todos los siglos de la historia humana, el abuso del libre albedrío ha causado tristes desdichas y desequilibrios penosísimos.

Conocer las situaciones; exponerlas sin acentuarlas, proponer los remedios adecuados; confiar en la misteriosa pero segura intervención de la gracia divina. Esta es la tarea primordial del que quiere combatir el mal y atajar sus consecuencias deletéreas.

También en esto, como en todo lo demás, es necesario obrar con claridad y absoluta calma, estos es, iuxta posse.

Palabras desgarbadas, tonos sombríos, polémica hiriente no están bien en labios sacerdotales. Ni siquiera es preciso insistir en descripciones y pormenores del mal en el que gusta detenerse la morbosidad de los débiles. Un toque y nada más. Una palabra, no dos.

La conducta intachable del perfecto eclesiástico, el espíritu de oración, la caridad a toda prueba, la distinción en el trato, todo ello es un antídoto inapreciable para los males de aquí abajo.

El humilde franciscano, el flagelador intrépido de los vicios de su siglo, en cuyo pensamiento Nos hemos inspirado, tiene para todos, obispos, pastores de almas, oradores sagrados, una advertencia; la del Señor al profeta Miqueas: Pasce populum tuum in virga tua: gregem haereditatis tuae (Mi 7,14). Pero al mismo tiempo que el pastor, el orador sagrado debe moderar el rigor de su corrección con el lenitivo de la piedad interior o compasión,. Tenga el bastón de mando con su energía de padre, pero tenga en el pecho un corazón de compasión maternal. Hay quienes so pretexto del celo y del fervor se exceden y se dejan llevar por un espíritu de indignación y de furor, creen que con ello obsequium se praestare Deo. Se engañan, lo mismo que aquellos que, al contrario, convierten la palabra de la corrección en palabra tácita permisión.

San Bernardino termina su sermón con palabras amargas recordando las condiciones del siglo, pero no sin dar una visión exacta y viva del buen pastor y del buen predicador de la Cuaresma y de todo el año.

Las señales del buen pastor son: panis in pera; canis in fune; baculus cum virga; cornu cum fistula. Lo cual quiere decir: pan en la mochila, esto es, el sermón en la memoria; el perro por la cuerda, es decir, el celo moderado; el cayado con la vara, a saber, a la autoridad grave y la corrección discreta; el cuerno con la flauta, es decir, el miedo al juicio divino con la esperanza en las divinas misericordias.

«Haec sunt vasa pastoris boni —palabras finales del gran predicador y Santo de Siena— vasa quae auferuntur a pastore ignorante et stulto».

Palabras, en verdad, un poco duras, estas últimas, pero que perdonamos de buena gana al apóstol tan imaginativo y tan dulce de la devoción al Santísimo Nombre de Jesús, a quien sea gloria, honor y exaltación por los siglos.

Queridos hijos. Os saludamos con alegría, deseándoos una buena y santa Cuaresma vivida en gracia celestial y en la alegría del buen servicio del Señor.

 


* Discorsi, Messaggi, Colloqui, vol. II, págs. 215-221.

 

 

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