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 DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LA UNIÓN INTERNACIONAL DE LOS INSTITUTOS DE ARQUEOLOGÍA,
HISTORIA E HISTORIA DEL ARTE
*

 Sala del Consistorio
Sábado 14 de mayo de 1960

 

Nos complace sobremanera, señores miembros de la Unión Internacional de Arqueología, Historia Historia del Arte en Roma, desearos la bienvenida por primera vez en nuestro Palacio del Vaticano ante el próximo decimoquinto aniversario de la fundación vuestra Asociación.

En primer lugar, saludamos a vuestro antiguo y nuevo presidente, aquí presente, así como a los distinguidos directores de los diferentes Institutos que agrupa vuestra Organización —entre los que tenemos la alegría de reconocer al representante de la Academia Pontificia Romana de Arqueología y al director del Instituto Pontificio de Arqueología Cristiana— y a los numerosos representantes de los comités de dirección, bibliotecarios y becarios de vuestros Institutos.

Desde su fundación en 1946, vuestra Unión Internacional ha proporcionado muchos servicios y ha contribuido a la realización de tareas delicadas y difíciles que exigen el empleo de medios importantes y piden la colaboración de numerosas disciplinas. Baste citar a la cabeza de esas empresas la puesta al día de la edición de la Bibliotheca historica Medii Aevi del ilustre Potthast, con el título de Repertorium Fontium Historiae Medii Aevi, por cuya labor nuestro predecesor el Papa Pío XII, de venerable memoria, os expresó su entera satisfacción en el curso de la memorable audiencia que os concedió el 9 de marzo de 1956 (AAS. XXXXVIII, 1956, pág. 210).

No ignoráis, señores —queremos haceros esta confidencia— lo interesados que Nos estamos también por las bibliotecas y los archivos y el placer que experimentamos cada vez que el servicio de la Iglesia universal nos permite ocuparnos de nuevo algún tiempo en trabajos históricos, tan buenos compañeros de nuestra vida.

Por eso os decimos de buena gana cuánto apreciamos el celo con que veláis eficazmente por los tesoros de arte y de historia que custodiáis. Asimismo conocemos vuestra preocupación por poner al alcance de muchos estudiantes, que frecuentan los Institutos de Roma, los preciosos instrumentos de trabajo que os han confiado. Y la agrupación de vuestros Institutos en una unión internacional manifiesta la armonía de vuestros esfuerzos y la concordia que dirige pacíficamente vuestros trabajos.

¡Ojalá que esta amistosa colaboración vuestra para el mayor bien de los valores culturales se inspire felizmente en otras iniciativas y aúne todas las buenas voluntades al servicio de los hombres! Pues el hombre es, en definitiva, el centro de vuestro interés, el hombre que pasa con las civilizaciones y que trata de sobrevivir a sí mismo especialmente por sus producciones artísticas. Esta supervivencia —vosotros lo sabéis mejor que nadie— es muy frágil y expuesta. Pero por lo menos nos revela por encima de las modas superficiales y las inevitables futilidades, cuántos prolongados, continuos y admirables esfuerzos ha derrochado el hombre inspirado por el sentimiento de lo verdadero y el gusto de lo bello, para afirmar la perennidad de los valores espirituales.

¿No es ése el origen de esa extraña seducción que ejercen sobre nosotros los tesoros del pasado en esta ciudad tan particularmente rica en bibliotecas, museos y monumentos? La Iglesia, como sabéis, lejos de rechazar esta herencia cultural de los pasados siglos, ha contribuido en gran manera a asegurar su transmisión cierta a través de los tiempos, a incrementarla, como podéis comprobar en este mismo Palacio donde tenemos la alegría de recibiros.

Pero la Iglesia, que se interesa por todas las manifestaciones de la inteligencia y de la sensibilidad humanas y no rechaza la cultura profana, conserva de ésta todo cuanto nos manifiesta sobre la vida profunda de los hombres. Ella nos enseña también que ese reflejo de lo divino, que excita nuestra emoción cuando le contemplamos en las obras maestras del pasado, es una imagen muy pálida de la semejanza divina según la cual hemos sido creados.

Ese es el impresionante mensaje que los pueblos y las civilizaciones nos han dejado, cuyos testimonios conserváis y estudiáis en vuestros Institutos.

Señores: Tenéis la suerte de trabajar en Roma, en esta Ciudad que es un testimonio privilegiado de la civilización occidental y más aún el foco irradiante del Cristianismo. Vosotros sois —al menos por algún tiempo— sus dichosos habitantes, y no seréis insensibles a las riquezas de su patrimonio cultural. ¿Cómo no van a tener un feliz éxito vuestros trabajos? Con tales votos, señores, invocamos de todo corazón sobre vosotros, sobre vuestras familias y vuestra labor la abundancia de las divinas gracias, en prenda de las cuales os concedemos una especial Bendición Apostólica.


*  Discorsi, messaggi, colloqui, Vol. II, pags. 340-342.

 

 

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