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 PALABRAS DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS FIELES DE ROMA AL FINAL
DE LA PROCESIÓN EUCARÍSTICA DE LA URBE
*

Solemnidad de Corpus Christi
Jueves 16 de junio de 1960

 

Queridísimos hijos de Roma:

La gran solemnidad del Corpus Domini termina aquí. Nuestros corazones desbordan adoración y amor en torno al Santísimo Sacramento, en torno al trono del Rey pacífico y divino. ¡Qué regocijo espiritual sentimos, qué consuelo al participar en esta manifestación de carácter solemne, público y social, en honor del gran mysterium fidei, mysterium charitatis! (misterio de fe y de caridad).

Una vez más Roma ha querido distinguirse en este tributo de religiosa y piadosa fidelidad, como para poner el sello a esa misma aclamación triunfal, que en todos los lugares del mundo se eleva hacia Cristo Jesús, cuyo semblante permanece velado a nuestras miradas pero cuya gracia exulta en nuestros corazones.

El año pasado inspiramos nuestra presencia y nuestra palabra en la maravillosa realidad del Nobiscum Deus: Dios, el Emmanuel, con nosotros, en relación a nuestra vida íntima, tan recogida e invisible para nosotros mismos. Este año nos place tratar del significado profundo de nuestra adoración a Jesús Eucarístico, como homenaje social de todos los componentes de su nación más verdadera, la Santa Iglesia universal, esa natio tam grandis, quae habet Deum appropinquantem sibi (nación tan grande que tiene a Dios en ella), como expone magistralmente Santo Tomás de Aquino (Resp. in III Noct. Off. Corp. Christi; cf. Opusc. 57. Edit. Rom.).

Verdaderamente es gran gozo para el espíritu comprender el carácter público y colectivo del Corpus Domini, señalado con el más sublime significado del gran misterio. El pueblo cristiano está en derredor nuestro y nos penetra con su unión, que es al mismo tiempo inefablemente íntima y triunfalmente exterior. ¡Oh, con qué palabras celebra San Pablo la estrechísima unidad del Corpus Mysticum Christi (el Cuerpo Místico de Cristo): «El cáliz que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan». (1Co 10, 16-17).

El homenaje público que todos juntos rendimos, queridos hijos, revela la íntima efusión de nuestros corazones: unum corpus multi sumus, somos muchos un solo cuerpo, y la tradicional procesión de esta tarde adquiere un profundo significado espiritual, cuya suavidad nos embriaga y eleva. Desde el altar del Ara Coeli, centro espiritual y político de la antigua Roma, la misteriosa y al mismo tiempo esplendorosa procesión, desplegándose por las vertientes del Capitolio, llegó hasta aquí frente al Coliseo, y aquí se detuvo como un símbolo majestuoso del triunfo de Cristo y de su Iglesia bajo el arco de Constantino, ante otro altar, portátil, si queréis, como las tiendas del desierto que señalan el paso de las conquistas humanas y divinas, pero afirmación de los recuerdos del pasado grabados en la actualidad del presente. ¡Oh, qué noble y glorioso el edicto de Constantino al proclamar a la faz de los siglos la libertad de la Iglesia de Cristo! ¡Oh, voces de las generaciones humanas que pasaron por aquí y cantaron bajo este arco el himno perenne de la fe cristiana de todos los siglos!

Hoy, bajo las bóvedas de este arco vetusto y siempre solemne, se ha remozado el altar, el altar portátil de Jesús Eucaristía, y desde aquí espera la bendición toda la ciudad, toda la diócesis de Roma.

Queridos hijos, más íntima y particularmente unidos al humilde sacerdote que os habla y a quien el Señor ha querido conferir, en la mayor y universal plenitud de sentido, el título y funciones de Episcopus Ecclesiae Dei (Obispo de la Iglesia de Dios) de Roma con relación al mundo entero, acoged nuestra invitación para colocar sobre este altar ante todo el homenaje de entera gratitud por las grandes y magníficas cosas que el Padre celestial, con su Hijo y el Espíritu Santo, nos permitió emprender en el ejercicio del ministerio pastoral y llevar a buen fin en este año desde la primera fiesta del Corpus Domini celebrada con vosotros hasta el día de hoy.

¡Suba hasta el Señor y Sacramento de su amor el himno de la gratitud de todos, ante todo por la feliz y solícita celebración del Sínodo Diocesano, «gran acontecimiento que señaló una fecha tan fausta para la vida religiosa de la Urbe inmortal; un éxito, queremos subrayarlo y repetirlo, y una gran manifestación de fuerza espiritual» (Discurso de clausura del I Sínodo Romano, AAS, LII [1960], págs. 297-298).

Reconocimiento tan grato por los contactos siempre en aumento y bendecidos del Obispo de Roma con sus diocesanos en las diferentes ocasiones de fiestas litúrgicas solemnes y audiencias públicas, y por los encuentros vibrantes de fe y entusiasmo con los hijos de la periferia. ¡Qué inolvidables las visitas a Centocelle, al Tiburtino, a Primavelle y a Garbatella! ¿Cómo no amar y no sentirse obligado a una amorosa solicitud hacia estos innumerables hijos de nuestro pueblo que todavía revelan, a pesar de las seducciones y atractivos de la vida mundana, tanto vigor de pensamiento cristiano y católico y tanto esfuerzo por conformarse a la sana tradición religiosa de los mejores siglos de nuestra historia?

Motivo de acción de gracias al Señor por el favor que nos ha concedido de la canonización de los dos nuevos Santos Gregorio Barbarigo, Cardenal y Arzobispo de Bérgamo y Padua, y Juan de Ribera, Arzobispo de Valencia, dos astros que se asocian al resplandor de la Jerusalén celestial, que irradia luz y llama viva de santa emulación en esta Jerusalén terrena que es la Iglesia Santa en marcha hacia la eternidad bienaventurada.

Estas dos nuevas canonizaciones, que el Señor nos ha concedido realizar, han dejado una especial impresión y complacencia en nuestro corazón; a la glorificación de estos dos grandes Obispos, que vivieron santamente y obraron vigorosamente en la estela de intensa renovación espiritual que abrió el Concilio de Tiento, en los que nos parecía corno si resplandeciese una sonrisa celestial en aprobación y estímulo por la labor diligente y tan prometedora de preparación del próximo Concilio Ecuménico.

¡Queridos hermanos e hijos! ¡Qué impresión nos causa la exhortación de Pablo: Vigila in omnibus, labora, vela en todo, soporta los trabajos (2Tm 4,5); in omnibus, es la característica pastoral que sobresale en todos estos acontecimientos providenciales y alegres, es decir, un fervoroso impulso hacia la unión sacerdotal, litúrgica, apostólica; la visita y unión de la grey para que se oriente cada vez más firmemente a la vida espiritual, a la vida de la Iglesia, que es ímpetu de la tierra hacia lo espiritual, lo sobrenatural y eterno.

Este es el constante anhelo de nuestra alma, y sabemos que halla una fiel respuesta en vuestros corazones. Sabemos que en la Eucaristía encuentra la inspiración constante y el más seguro apoyo, ya que Jesús, Hostia Divina, es alimento de vida eterna y prenda de futura gloria, que descubre en esta vida terrena una visión de cielo.

Además de la acción de gracias a Jesús aquí presente, centro misterioso y vital de todos nuestros pensamientos y afectos de creyentes, queremos añadir, queridos hijos, la pública y común plegaria por el futuro, pidiendo dulce y constantemente la gracia del Señor para coronar las próximas metas de la vida espiritual de la Urbe, fin al cual se dirige la solicitud diaria del Padre. Plegaria grande, unánime e insistente también por las necesidades de Roma, para que el Altar de la Eucaristía se vea colmado de almas sacerdotales que sean su más bello ornato por el ardor de su piedad y el candor inmaculado de su inocencia: Sacerdotes Domini incensum et panes offerunt Deo et ideo sancti erunt Deo suo, los sacerdotes del Señor ofrecerán incienso y panes a Dios y serán santos para su Dios (Lv 21, 6).

Que se pida, que se pida mucho para que las vocaciones se vean favorecidas y ayudadas por las familias, por las personas buenas, por quienes tienen interés en el futuro religioso de esta Ciudad de Mártires y Santos; que asimismo se eleve la plegaria de todos para implorar el don de la fidelidad y de la perseverancia en el alegre cumplimiento de las leyes eclesiásticas, anunciadas en el Sínodo, y que pronto entrarán en vigor, si Dios quiere, en toda la diócesis; pero que se insista con fervor sobre todo en la renovación de la vida parroquial, para que pueda desplegar eficazmente todas sus energías en la conquista de la socie­dad en todas sus clases para el Reino suavísimo de Cristo Rey.

¡Jesús bendito!, in quem cor et caro nostra exultant, por quien suspiran nuestro corazón y todo nuestro ser (Ant. in III Noct. Off ic. Corp. Christi), descienda ahora tu bendición, prenda de paz y amor; descienda sobre todos los que hoy en Roma y en el mundo entero te han tributado su solemne adoración; descienda sobre los hogares santificados con tu paso para valorar el deber, fecundar el dolor, apartar todo lo que te desagrada; descienda también sobre los alejados, sobre los indiferentes, los enemigos, para que les haga sentir la punzante nostalgia de un retorno definitivo.

¡Oh, Señor Jesús, bendice de modo especial a la Ciudad, que hoy está ante Ti en su triple organización religiosa, civil y social; despierta en ella un santo fervor en las obras, una renovación saludable de costumbres, una firme consolidación de la familia; llama para tu servicio en el altar a falanges cada vez más numerosas de apóstoles que, cual retoños de olivo, rodeen tu altar, y sé para todos los corazones suave luz, bálsamo de consuelo, firmeza en los buenos propósitos: fiat, fiat!


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 414-418.

 

 

 

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