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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII 
A SUS MAJESTADES EL REY BHUMIBOL ADULYADEJ
Y LA REINA SIRIKIT, SOBERANOS DE TAILANDIA
*

Sábado 1 de octubre de 1960

 

Estamos vivamente conmovidos por la visita de Vuestras Majestades, que nos depara la ocasión de manifestar nuestros sentimientos de especial simpatía hacia el pueblo de Tailandia.

Es, como sabemos, una tierra rica en bellezas naturales, así como en nobles y antiguas tradiciones.

Preocupados por asegurar la conservación de este patrimonio y por promover al mismo tiempo el progreso de la Nación en los diferentes sectores de la vida humana, el Gobierno y el pueblo tailandés han conseguido resultados dignos de elogio, especialmente en el terreno social y en el de la instrucción pública.

Nuestros hijos católicos, sacerdotes, religiosos y fieles, están interesados en contribuir a esos esfuerzos y mediante las numerosas y florecientes obras que han fundado o que mantienen —escuelas, hospitales, dispensarios— se apresuran a trabajar también, como hijos leales, por el progreso y prosperidad de su patria terrena. Así se han ganado con su abnegación desinteresada una estimación y simpatía que les es preciosa en el ejercicio de su tarea.

De este modo gozan también —y nos complacemos subrayarlo en presencia de Vuestras Majestades— del respeto y de la libertad que les aseguran la acertada. previsión de las disposiciones legislativas y la deferente benevolencia de las Autoridades del Estado.

Por parte de estas últimas es una antigua tradición, puesto que ya en 1688 nuestro Predecesor, el Beato Inocencio XI, escribiendo al Soberano de Siam —como entonces se llamaba a vuestro país—, le daba las gracias por la protección que dispensaba a las Misiones Católicas. Fue con ocasión de la llegada a Roma de una embajada siamesa cuando el piadoso Pontífice la acogió con mucha alegría, manifestando su solicitud por vuestros compatriotas con toda clase de atenciones y de regalos.

Como ven Vuestras Majestades, Tailandia no es una desconocida en el Vaticano. Por nuestra parte, estamos animados respecto a ella de los mismos sentimientos que nuestro lejano Predecesor, y nos sentimos dichosos de asegurároslo, en tanto invocamos sobre esa noble nación, sobre sus dirigentes, y en primerísimo lugar sobre las Personas de Vuestras Majestades y la Familia real, las mejores gracias del Todopoderoso.


* AAS 52 (1960) 827-828; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 487-488.

ORe año IX, n°428 p.2.

 
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