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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL CUERPO DIPLOMÁTICO,
DESPUÉS DE CELEBRAR LA PRIMERA MISA DE NAVIDAD
*

Sala del Consistorio
Sábado 24 de diciembre de 1960

 

Henos aquí reunidos, una vez más, queridos señores, para la dulce celebración de la fiesta de Navidad. ¿Y qué es este Misterio de Navidad sino la Virgen con su divino Hijo: flos de radice eius (flor de su raíz)? Es el Hijo de Dios mismo quien, en la plenitud de los tiempos, viene a permanecer entre los hombres. Verbum caro factum est et habitarit in nobis (El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros), sí, verdaderamente es Dios hecho hombre y ha venido entre nosotros,

Nos recordamos aún con emoción, después de tantos años, un texto que leímos en el tiempo de nuestra juventud sacerdotal, sobre este conmovedor Misterio de Navidad. El autor —un gran espiritual inglés del siglo último (el P. Faber: Belén o el misterio de la santa infancia; París, Retaud-Bray, 1875, quinta edición, cap. III, págs. 151-229)— evoca la escena de la "gruta de la medianoche", señalando el prodigioso contraste entre la majestad de Dios y la humildad de su entrada en este mundo, entre su pujanza en el cielo y su abandono en la tierra. El "deseado de las naciones" no encuentra otra cosa que un pobre establo para abrigarle, porque los hombres no han visto la divinidad que se escondía en una misteriosa discreción: "Ellos miraban en todas las direcciones antes que hacia la gruta de Belén" (Ibíd., pág. 165).

Mas esta noche, Dios sea por ello bendito, se puede decir que todas las naciones están al pie del pesebre reunidas por la dulzura del inefable misterio. El divino Niño las abraza a todas con una mirada llena de bondad y benignidad, no solamente, como entonces, mediante su omnisciencia divina, sino sensiblemente presentes de Oriente a Occidente, de Roma a Egipto, pasando por Grecia. Todos los siglos están allí: el pasado y el futuro, que vuelven sus páginas bajo los ojos del recién Nacido.

El Obispo de Roma, que ha celebrado los santos misterios en esta noche privilegiada, siente su corazón vibrando enteramente por el don de la fe, que allí alumbra la esperanza y la caridad. Él reparte este don precioso con todo el rebaño —ovejas y corderos— del cual es el pastor. Y en esta noche acompaña místicamente a los unos y a los otros en la adoración del Misterio de la Navidad.

Hace dos mil años, los espíritus celestes y los elementos de la naturaleza, los pastores y los Magos reunidos en una común profesión de humildad, dieron al mundo un anticipo de lo que Dios obra en favor de los hombres y en el corazón de los hombres.

Hoy esta Misa que nos ha reunido ha integrado el mundo entero alrededor del divino Infante de Belén, de María, la Virgen Purísima, y de José, que ha podido ser llamado "el más escondido de todos los Santos de Dios" (Ibíd., página 202).

Queridos señores que representáis junto al humilde sucesor de Pedro a tantas naciones, Nos gustamos de ver reunidos en vosotros lodos los sentimientos y los deseos de los pueblos, todos sus sufrimientos y sus esperanzas. Nos les depositamos junto a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María. Hacia Él queremos elevar nuestra humilde plegaria, que es la de todos los hombres, y que implora del cielo lo que la tierra no puede dar: la fraternidad, el amor y la paz.

¡Oh dulce Niño de Belén, concédenos el comulgar, con toda nuestra alma, con este profundo Misterio de Navidad! Mete en el corazón de los hombres esta paz que ellos buscan, en ocasiones tan trabajosamente, y que Tú sólo puedes dar. Ayúdales a conocerse mejor y a vivir fraternalmente como los hijos de un mismo Padre. Descúbreles también tu belleza, tu santidad y tu pureza. Despierta en su corazón el amor y el reconocimiento por tu infinita bondad. Úneles a todos en tu caridad. Y danos tu paz celeste. Amén. Amén.


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 101-103.

 

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