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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
EN EL 40 ANIVERSARIO DE LA COMPAÑÍA DE SAN PABLO
*

Domingo 19 de febrero de 1961

 

Con alegría paternal del corazón os dirigimos nuestro saludo de bendición, queridos hijos de la Compañía de San Pablo. Habéis acudido a Roma para celebrar algunas solemnidades significativas, que llenan de gozo vuestro corazón.

Ante todo habéis conmemorado el decimonono centenario de la llegada de San Pablo a Roma. De el toma su nombre y protección vuestra Compañía. Al mismo tiempo habéis recordado los primeros cuarenta años transcurridos desde la muerte del Cardenal Andrés Carlos Ferrari, Arzobispo de Milán, desde la fundación de vuestra Compañía, animada, favorecida y saludada por él con vivo consuelo desde su lecho de muerte.

La impresión de gozo espiritual os la ha proporcionado también el vigésimo quinto aniversario de la institución del "Studium Christi", que sigue promoviendo lecciones de teología para los seglares más cultos.

Por eso, una luz múltiple se difunde sobre vuestro congreso de hoy y sobre vuestras instituciones y se ilumina con la figura del Apóstol de las gentes, que llegó, hace diecinueve siglos a esta Roma, prisionero de Jesucristo, "vinctus in Domino" (Eph., 4, 1). Y esta luz reviste de especial fulgor la figura del Cardenal Ferrari y de su feliz tránsito —de éste especialmente— que está grabado en la memoria de los hijos y de todos los que tuvieron la alegría de conocer y amar a aquel dignísimo Obispo. De él, recio ejemplo de Pastor enérgico y bueno, queremos hablaros, conversando con vosotros en un coloquio familiar, en el que se intercalan algunos de los más caros recuerdos de nuestra juventud sacerdotal.

Sentir aquí presente al Cardenal Ferrari, a cuarenta años de su muerte, es para vosotros renovado estímulo para serle fiel y para el Papa, que os habla, un dulce consuelo.

¡Queridos hijos! Contemplamos todavía, como si fuese ayer, al Cardenal Ferrari tendido sobre su cama de hierro; sonriente y bendiciendo, totalmente abandonado en Dios y, sin embargo, siempre vigilante e incansable en los desvelos pastorales por su diócesis que para él era "el jardín más hermoso y más grande".

El Milán moderno se estaba recobrando en el despertar de la posguerra, pero él se había adelantado a los tiempos y trazado los surcos para la nueva actividad pastoral. El pueblo cristiano, que él defendió y libró de tantas insidias, las muchedumbres de los humildes y de los pobres, las falanges de los jóvenes, sólo tenían corazón para él.

Se iba extinguiendo poco a poco, pasando las últimas semanas de su vida como en lo alto de una cátedra de magistral elocuencia, en un altar de sacrificio; y el pueblo iba a saludar a su pastor, a asistir a la última lección, la más eficaz y elocuente.

En el pequeño cuarto, en presencia de un hombre, de un sacerdote, de un pontífice, de un maestro de la más alta espiritualidad, que estrechando el crucifijo, hablaba ya sólo con los ojos y con la pluma, nacía la Universidad Católica y el apostolado de los seglares tomaba nuevo impulso.

Precisamente el día en que recibió solemnemente el Santo Viático, el 17 de noviembre de 1920, fue cuando el Cardenal moribundo firmó las primeras reglas de vuestra Comunidad de sacerdotes y seglares de la diócesis de Milán, que se ofrecían "al Arzobispo —son palabras de este primer Estatuto— dispuestos a consagrarse bajo su dirección y unidos en fraternal convivencia de vida y de propósitos, por las gloria de Dios y la salvación de las almas, para incremento de la Acción Católica Diocesana".

Durante estos cuarenta años, transcurridos desde aquella tarde de la Purificación en la que su alma fue llamada a la eternidad, también Nos tenemos siempre ante los ojos aquel rostro minado por el sufrimiento, pero sereno e iluminado, y guardamos entre los recuerdos más sagrados, como un estímulo venido de lo alto, sus palabras, que abrieron el surco de nuestra humilde actividad en Roma. "A donde Dios llama se va sin vacilar, abandonándose totalmente a su amorosa providencia", escribió el 17 de diciembre de 1920. Y aquel "pensamiento sincero y seguro" suyo nos acompañó como un rayo de luz en toda nuestra vida.

En los días que vieron su muerte y el triunfo que le tributó el afecto de sus hijos, escribimos a nuestros diocesanos algunas palabras. A la distancia de los años nos complacemos en leerlas para vosotros, queridos hijos. Ellas conservan la emoción del momento en que fueron escritas. Conservamos de ellas copia fiel y todavía es motivo para Nos de triste y piadosa emoción repetíroslas en esta sagrada solemnidad, tal y como brotaron de los labios, del corazón y de la pluma:

«En el atardecer del 2 de febrero último, cuando se estremecían todavía entre las agujas de la catedral las últimas notas del Ángelus, volaba al cielo la santa alma del Cardenal Ferrari, que la Virgen Madre presentaba al Señor en la fiesta de su Purificación.

»La muerte, que en estos años ha cosechado en gran número sus víctimas, no sólo en los campos de batalla, sino también entre los personajes más notables, que tuvieron parte en los acontecimientos contemporáneos, jamás pareció tan solemne y acompañada de tan conmovida y reverente admiración como en este hijo de la montaña, que la gracia del Señor y la fidelidad en corresponder a ella elevaron entre los príncipes del pueblo y le hicieron digno de brillar entre los más insignes eclesiásticos de nuestra época.

»Los funerales celebrados el lunes 7 pasado, más que manifestación de pésame unánime y de oración de sufragio, fueron una glorificación de la virtud del finado, una verdadera apoteosis.

»Los que lo presenciaron lo recordarán mientras vivan. Hay que volver a lo que se escribió sobre los funerales de San Carlos Borromeo para encontrar en la historia de Milán algo semejante.

»Digno homenaje, por lo demás, a la grandeza moral de un personaje que quiso y supo permanecer como Dios le hizo; es decir, sacerdote en el sentido más elevado de la palabra, nada más que sacerdote.

»Cuando se quiera, pues, sin que con ello nos queramos anticipar a los juicios que todavía son secreto de Dios, buscar en la liturgia de la Iglesia un pensamiento que resuma a todo el Cardenal Ferrari, en su persona y edificante actividad pastoral, inmediatamente nos vienen a las mientes las hermosas palabras pronunciadas en honor de los santos pontífices: Ecce sacerdos magnus, qui in diebus suis placuit Deo et inventus est iustus, et in tempore iracundiae factus este reconciliatio.

»Espectáculo realmente singular, en días de tanto odio fraterno, de tan acerbas luchas sociales, esa unanimidad de todas las clases sociales y de todas las corrientes en rendir homenaje a los restos del que vivió para Dios, la Iglesia y las almas; prefirió la afirmación a la negación, hacer a criticar, y siempre sin descansar nunca; no conocer mezquindades, sino superar todos los obstáculos con invicta constancia, inspirándose no en criterios mundanos, sino sólo en aquellas altísimas razones de fe y piedad cristiana, que eran el mejor fondo de su espíritu.

»Ante este espectáculo el alma sacerdotal, aun con la tristeza de la pérdida del insigne Pastor, se recrea tranquilamente y se anima a seguir ocupándose, conforme a la excelente dirección dada por él, del reino de Dios y de su justicia, y no de otra cosa; de entregarse a ser santos para lograr santificadores y merecer, aun en este mundo, alegría y gloria verdadera, más que en la pompa de la dignidad, en el esplendor de las almas conquistadas.

»En el corazón de los bergamascos la memoria del Cardenal Andrés Carlos Ferrari tendrá un culto de gratitud especial, de veneración y de amor.

Durante los veintiséis años de su episcopado milanés, treinta veces nos alegró con su visita en la ciudad, en los valles, con ocasión de fiestas solemnes, en días de temor y de dolor. Recordaremos la santa amistad que le unió con nuestros Obispos Mons. Guindani, Radini, Marelli; las prodigiosas imágenes de María, que su mano coronó; el singular afecto con que conversaba con los bergamascos y de nuestras cosas.

»Que su benevolencia nos acompañe siempre desde el cielo y unida su alma, como esperamos, a la de nuestros Pastores, continúe desde allí con ellos orando por esta iglesia de Bérgamo».

Así escribimos entonces, y vosotros imagináis y casi sentís la emoción del humilde sacerdote, que frisaba entonces los cuarenta, cuyo corazón de Pontífice de la Iglesia universal no ha cambiado.

¡Queridos hijos!

Defunctus adhuc loquitur (Hebr. 11, 4). ¡Qué bien convienen las palabras de San Pablo a este gran Pastor de los tiempos modernos, que fue signo de feliz despertar de las energías católicas de la primera posguerra, de impulso a afirmaciones valerosas y conquistadoras, de claridad y firmeza en años de inquietudes y desorientación social! Sentimos que está cerca con el frescor inmutable de entonces, cuando en múltiples ocasiones pudimos seguirle con los ojos, escucharle y gozar personalmente de su benevolencia familiar. Pero sobre todo os dice a vosotros, que recibisteis su herencia y enseñanzas e infundís a las diferentes obras culturales y asistenciales ese afán suyo de unir las buenas voluntades, de salir al encuentro de los humildes, de estimar a los jóvenes, de animar con elevada inspiración de piedad y doctrina a las fuerzas del bien.

Tenemos la alegría de deciros, queridos hijos, que al leer de nuevo las sucesivas brillantes iniciativas y múltiples obras de apostolado y caridad de la Compañía de San Pablo, a las que la inspiración y protección del Cardenal Ferrari dan, con vuestra cooperación, vida y vigor, es para Nos motivo de viva complacencia in Ecclesia sancta Dei.

Seguid, queridos hijos, por el surco que él trazó, y para que este camino esté siempre fecundado por la vivificante gracia del Señor, invocamos sobre vosotros las continuas complacencias divinas, cuya prenda sea la paternal y confortadora Bendición Apostólica, que se os otorga a vosotros y a todos aquellos a los que servís con vuestra piedad, cultura religiosa y asistencia.


* AAS 53 (1961) 159-163; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 157-162.

 

 

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