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ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL PRESIDENTE DEL GOBIERNO ITALIANO
*

Martes 11 de abril de 1961

 

Señor presidente:

Este encuentra nos es muy grato. Después del otro del 29 de octubre de 1958, cuando en las primeras horas de nuestro cargo pontificio vino usted a traernos el saludo de felicitación del señor presidente de la República y del pueblo italiano, queremos asegurarle que nuestro espíritu le ha seguido siempre en la sucesión y cambio de las circunstancias que señalan el camino de todo hombre de gobierno.

La singular condición de la Iglesia católica y del Estado italiano —dos organismos de diferente estructura, fisionomía y elevación en cuanto a los fines característicos de ambos— supone una distinción y cierta circunspección en las relaciones, aunque impregnadas de cortesía y de respeto, que hacen tanto más gratas las ocasiones de los encuentros de vez en cuando entre sus más altos representantes, aun por causa de común alegría y de edificante estímulo para buscar los más preciosos bienes de la vida social.

,La circunstancia, que en estos días es motivo de sincera alegría para Italia, del centenario de su unidad, nos hace participar en las dos orillas del Tíber, en un mismo sentimiento de gratitud y hacia la Providencia del Señor, que incluso a través de cambios y contrastes, que a veces surgen, como ocurre en todos los tiempos, ha conducido a esta escogida porción de Europa a una situación de respeto y de honor en el concierto de las naciones depositarias, a Dios gracias, aún hoy, de la civilización que de Cristo toma nombre y vida.

Observando con serena atención el curso de los acontecimientos del pasado, más o menos lejano, viene muy bien el dicho: "La historia todo lo encubre y todo lo descubre".

Para los hijos de Italia a quienes en los años más críticos del movimiento por la unidad nacional cierta literatura, un tanto desenfrenada, fue motivo de turbación, no puede ocultarse que el Papa Pío IX fue un astro benéfico y signo luminoso, que invitaba al triunfo del magnífico ideal, entendido por él en su significación más noble y, por su parte, le dio vida como aliento de su alma grande, tan recta y pura.

Lo restante de aquel histórico período fue en los designios de la Providencia, preparación para las páginas victoriosas y pacíficas del Pacto de Letrán, que la sabiduría de otro Pío, con su acertadísimo lema: "Pax Christi in Regno Christi", firmó como señal de nuevos horizontes que se abrían como celebración final de la verdadera y perfecta unidad de estirpe, lengua y religión, que fue la aspiración de los mejores italianos.

Esta sencilla evocación que nos hemos permitido hacerle, señor presidente, es como una flor del campo en la aparición de la primavera. La acompañamos con el deseo que diariamente elevamos al Señor por el Jefe del Estado —al que en estos días acompañamos con viva simpatía y votos paternales—, por usted y por todos los que con usted comparten la responsabilidad en el gobierno de la cosa pública, como lo hemos pedido en la liturgia de la Semana Santa: "religionis integritas et patriae securitas".

En esto está, verdaderamente, la esencia de los Pactos lateranenses: ejercicio libre y respetado de la religión, inspiración cristiana de la escuela, matrimonio sagrado, expansión de apostolado por la verdad, la justicia y la paz.


* AAS 53 (1961) 227-228.

Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 204-206.

 

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