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DISCURSOS DEL PAPA JUAN XXIIII
AL PRESIDENTE DE IRLANDA, ÉAMON DE VALERA*

Sábado 17 de marzo de 1962

 

«Céad míle fáilte romhat, a Uachtaráin uasail» (¡Cien mil veces bienvenido, Señor Presidente!) «Dia is Muire dibh is Pádraig» (Dios, la Virgen y San Patricio sean con Vos).

Señor Presidente:

Es para Nos una gran satisfacción recibiros y daros la bienvenida en este día en que se clausura el año del XV centenario de la muerte de San Patricio. Hace un año, Nos tuvimos la alegría de inaugurar personalmente estas fiestas de jubileo invitando a los irlandeses de Roma a participar en Nuestra misa de acción de gracias. Después, en dos oportunidades, los legados pontificios fueron a presidir en nombre Nuestro las solemnidades conmemorativas del «Año de San Patricio». Y ahora vos, Señor Presidente, habéis querido rendir hoy homenaje con una visita oficial a la Sede Apostólica que, en la persona de Nuestro Antecesor Celestino I envió a San Patricio a llevar el Evangelio a vuestra patria. Os doy por ello las más vivas gracias.

¿Cómo no evocar en esta feliz circunstancia la noble figura de ese gigante del apostolado cuyo celo y cuya actividad recibieron tan a las claras la bendición de Dios? Su predicación, unida a su ejemplo, suscitó en vuestro país un irresistible movimiento de conversión al catolicismo. Y fueron las páginas gloriosas de esos siglos de fe las que le dieron a Cristo tantas almas generosas y crearon falanges innumerables de monjes y sacerdotes que llevaron el mensaje cristiano a numerosos países de Europa: hermosa tradición que más tarde y especialmente en épocas más recientes debía extender sus beneficios a otros continentes.

Los hijos de Irlanda recuerdan con legítimo orgullo estas valiosas tradiciones. Ellos no pueden olvidar los largos años de pruebas sufridas valientemente por su fe católica, ni su inquebrantable lealtad a la Santa Sede, nacida también en la primera predicación de San Patricio: «Sed romanos tanto como sois cristianos».

Estos son los pensamientos que Nos tenemos, Señor Presidente, en este momento en el cual, por medio de vuestra persona –a la que Nos hemos tenido la satisfacción de condecorar con la Orden de Cristo– Nos saludamos a todos nuestros queridos hijos de Irlanda con emoción y afecto: a aquellos que continúan en la tierra de sus padres las tradiciones de «la isla de los Santos»; a aquellos arraigados en otros países hospitalarios que han enriquecido con el tesoro de su fe y del patrimonio de sus virtudes familiares; a aquellos, en fin, que un poco en todas partes a través del mundo han dedicado enteramente su vida como sacerdotes, religiosos y religiosas al servicio de las almas y han llegado a ser testimonios y mensajeros del Evangelio de Cristo y de su caridad universal.

Nos rendimos gracias a Dios por todos estos dones que constituyen el rico adorno del alma irlandesa. Vigor de la fe católica, lealtad a la Iglesia, lealtad a la Cátedra de Pedro, generosidad en la práctica de las buenas virtudes, espíritu misionero, ardor en contestar la llamada divina al sacerdocio y a la vida consagrada, ¿se pueden imaginar acaso adornos más hermosos para la corona de un pueblo? Nos lo destacamos con satisfacción, en vuestra presencia, Señor Presidente, y Nos sentimos dichosos saludando junto a Vos a vuestra muy digna esposa, la Señora de Valera, y a los distinguidos miembros de vuestro séquito.

Con gran fervor Nos invocamos, Señor Presidente, para Vos, para todos vosotros aquí presentes y para todos los hijos de vuestra noble patria, en Irlanda y en el mundo, la abundancia da las gracias divinas, en prenda de las cuales Nos os impartimos Nuestra muy paternal y afectuosa Bendición Apostólica.

«Beannacht Dé oraibh go léir!» (Que la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros).


*ORe (Buenos Aires), año XII, n°502, p.6.

 

 

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