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DISCURSOS DEL PAPA JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN LA CONFERENCIA
MONETARIA INTERNACIONAL*

Viernes 18 de mayo de 1962

 

Señores:

Nos recibimos siempre con placer a los diferentes grupos que llegan a Roma para realizar Congresos o Jornadas de Estudio.

Hoy se trata de una asamblea de personalidades particularmente distinguidas, que por la posición que ocupan y por la influencia que ejercen, pueden desempeñar un papel que reporte grandes beneficios a la evolución del mundo actual.

¡Cuánto bienestar puede provenir para la sociedad entera y especialmente para las clases menos favorecidas, de una feliz solución de los problemas financieros que son objeto de vuestra atención!

Todo el mundo comprende que ya no es suficiente que cada nación, encare por su cuenta estos problemas. Hay que aunar ideas y experiencias y considerar las necesidades de los hombres en la escala mundial, con un esmero particular por los pueblos recientemente entrados a formar parte de la gran familia de las naciones, cuya economía está todavía poco desarrollada.

Es lo que vosotros hacéis en el curso de vuestros congresos internacionales. Y como este año el Congreso os trajo a Roma, no habéis querido regresar a vuestros respectivos países sin haber visto al Papa.

Este proceder es muy significativo, porque los problemas del Papa son problemas morales, problemas religiosos y se podría pensar que no interesan directamente a especialistas de una rama tan particular de la actividad humana como la vuestra.

Vuestra presencia aquí prueba precisamente lo contrario, porque es muy cierto que todas las actividades de este mundo, sea cual fuere su objeto, tienen un aspecto humano, intelectual y moral. Y es un título de orgullo para vosotros entenderlo así, como lo demuestra a las claras el homenaje que habéis querido venir a rendirnos en este día.

Es por ello que con toda cordialidad Nos os damos la bienvenida, a esta casa, donde todo el mundo se siente como en la propia, porque es la casa del Padre Común de los fieles. Nos formulamos votos para que los hombres de hoy, donde quiera que se encuentren ubicados en el mundo – especialmente, los más desheredados – reciban el beneficio de vuestra labor, para que una más equitativa distribución de los recursos financieros produzca una prosperidad y estabilidad mayores en la sociedad y para que de este modo la paz y la concordia se afiancen mejor entre los hombres.

Y con estos pensamientos, en prenda de las gracias celestiales más copiosas, Nos impartimos a vosotros y a vuestras familias Nuestra Bendición Apostólica.


*ORe (Buenos Aires), año XII, n°511 p.1, 2.

 

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