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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN EL CURSILLO PEDAGÓGICO
DE DIRECTORES ESPIRITUALES DE LOS SEMINARIOS
*

Domingo 9 de septiembre de 1962

 

Queridos hijos:

Esta audiencia precede inmediatamente a la Semana de Ejercicios Espirituales con que deseamos prepararnos a la apertura del Concilio Ecuménico. Podéis, pues, imaginar lo que pasa en nuestro ánimo en estos momentos, al recibiros, a vosotros que habéis sido escogidos en la Santa Iglesia para uno de los servicios más altos y delicados.

Tal vez sepáis que Nos mismo, inmediatamente después de la primera guerra mundial, ejercimos este ministerio en el Seminario de Bérgamo. Aquella preciosa experiencia sacerdotal, al paso que nos permite comprender mejor los sentimientos de vuestro ánimo, hace también más íntima e inmediata nuestra conversación con vosotros.

Ante todo, os agradecemos, queridos hijos, la obra escondida, pero no por ello menos preciosa, que desarrolláis en un terreno rico en esperanzas para el apostolado. Las diócesis cuentan con vosotros. La suerte futura de la Iglesia está, puede decirse, en gran parte en vuestras manos. Es verdad que la formación de los seminaristas ha de realizarse mediante la armónica colaboración de todos los superiores del Seminario, bajo la dirección sabia y amable del rector. Pero corresponde a vosotros la parte más importante, puesto que vuestra acción se desarrolla en lo íntimo de la conciencia, donde se graban las convicciones profundas, y donde se realiza la verdadera transformación del joven llamado al sacerdocio. A prepararla y coronarla llega el soplo del Espíritu del Señor. Pero, de ordinario, el joven difícilmente sabrá seguir sus aspiraciones sin el experto control del director espiritual.

Podemos imaginar vuestro sacrificio diario, vuestras angustias, vuestro sufrir en silencio. Y Dios sabe con cuántas oraciones, con qué esfuerzos y tal vez con qué angustias pagáis diariamente las gracias de luz y perseverancia que continuamente imploráis para vuestros hijos espirituales. Al manifestaros nuestra gratitud, comprendemos que Nos tenemos los mismos sentimientos que Cristo, que, confiándoos sus tesoros más preciosos, os ha llamado a colaborar en esta sublime obra de su gracia.

Ardua y delicada misión

Deseamos también manifestar lo que nos agradó vuestro Congreso, que hace prever gratísimos resultados.

La educación de la juventud —nunca está fuera de lugar el repetirlo— es una misión bastante ardua. Justamente ha sido llamada el arfe de las artes. Con mayor razón si se trata de la juventud que tiende, con ánimo generoso, hacia el  sacerdocio. El educador de los seminaristas es plenamente consciente de que su preparación personal para el altísimo ministerio debe continuar durante todo el tiempo de su servicio. Debe estudiar la psicología de los alumnos del Seminario; debe vivir con los ojos abiertos al mundo que le rodea; debe aprender de la vida. Pero debe formarse también en los libros, en el estudio, en las experiencias de sus compañeros y en el progreso de las ciencias pedagógicas, especialmente en aquellos textos y autores que recomienda la Congregación de Seminarios.

No podemos ocultar que se han cometido —y se continúan cometiendo— errores en el campo educativo, debido a la fácil excusa de que para discernir las vocaciones y formarlas convenientemente bastan el sano sentido, el ojo clínico y, especialmente, la experiencia. Lo decimos llenos de tristeza. Una dirección espiritual más ilustrada hubiera ahorrado a la Iglesia diversos sacerdotes no del todo a la altura de su oficio; al paso que le hubiera proporcionado un número decididamente superior de santos eclesiásticos.

Por lo demás, todos vosotros conocéis que cada época encuentra y conoce dificultades características en la educación de la juventud. En nuestro caso no podéis olvidar que los seminaristas pertenecen a una generación que ha asistido a la tragedia de dos guerras ingentes, y procede de un mundo que marcha con sorprendente rapidez. Por lo cual, tal vez experimentéis cierta desorientación ante algunas manifestaciones de la personalidad, aún informe, ante aspiraciones y exigencias, que parecen alejadas de la mentalidad vigente hace solamente veinte años.

Esto puede hacer pensar que la formación tradicional ya no está a la altura y hay que buscar nuevos caminos.

Queremos manifestaros abiertamente nuestro pensamiento sobre esta cuestión.

Si en el campo de la formación de los seminaristas no ayuda el afincarse en esquemas superados, es preciso, sin embargo, estar convencidos de que continúan siendo válidos en todo su vigor los principios fundamentales, sin los cuales todo el edificio se hundiría y arruinaría. También es preciso evitar, con toda diligencia, el peligro de que las reformas marginales, por importantes, y a veces quizá oportunas, distraigan la atención del problema central de la educación seminarística,

Por lo tanto, la meta principal de nuestros esfuerzos ha de ser el crear en los jóvenes una concepción evangélicamente integral del sacerdocio, y una conciencia aguda y vibrante del deber de tender a la santidad.

Inmutable valor de los principios fundamentales

El problema de la propia santificación fue el honor y la alegría de nuestros y de vuestros jóvenes años, queridos hijos.

Ninguna otra cosa pueden llevar más en el corazón, antes del sacerdocio y durante su florecimiento y maduración, los llamados al sacerdocio en esta segunda mitad del siglo XX, persuadidos de la inutilidad de todo esfuerzo apostólico que no esté informado por un alma que está en estado de gracia, que busca la santidad.

Procurad también preparar a los jóvenes para conocer el mundo, donde son llamados a vivir y a trabajar, enseñándoles a santificar todo lo bueno que ofrece el progreso, lo sano y lo bello. Pero esto no quiere decir aceptar compromisos con el espíritu secular, y mucho menos atenuar la importancia de la mixtificación y de la renuncia. Un malentendido modernismo que se preocupase solamente de endulzar la vida seminarística, y de consentir demasiado a la naturaleza, crearía una personalidad contraria a la de Cristo Sacerdote y Víctima. Al contrario, la adaptación moderna a las exigencias de los tiempos deberá consistir en una asimilación más profunda de la personalidad de Cristo y de Cristo Crucificado. Es preciso enamorar a los seminaristas con la abnegación de la Cruz, para sabe amar las condiciones de pobreza en las que el clero con tanta frecuencia se ve obligado a vivir, y a aceptar animosamente las renuncias y las fatigas del apostolado.

Disciplina firme, alegre entrega al apostolado

Se oye hablar, a veces, también de autoformación y de autodominio. Ciertamente, no está bien formado el que no sabe ser regla de sí mismo; y justamente los educadores deben proporcionar al joven el útil y progresivo ejercicio de la libertad, que le ayuda a gobernarse, él solo, en determinadas circunstancias y lo prepara mejor a la vida del ministerio. Pero esto no puede ir separado de una firme disciplina. Jamás el joven sabrá autodominarse si no ha aprendido a observar una regla estricta, que lo ejercite en la mortificación y en el dominio de la voluntad. De lo contrario, ya en el ejercicio de su ministerio no estará pronto a la plena y alegre obediencia a su obispo; podría sufrir la tentación de la independencia, que si no tiene el aparato de una abierta rebelión, se manifiesta, sin embargo, en una acción personal, no de acuerdo con lo designado y propuesto para la acción pastoral por el Superior.

Finalmente, jamás se insistirá suficientemente en la importancia del ejemplo. Y éste lo dais vosotros, queridos hijos, lo dan los sacerdotes ancianos. ¡Ah, si pudiésemos decir lo dan todos! Es éste el lenguaje elocuente y más persuasivo para los jóvenes. Y al paso que atraerá la abundancia de las gracias del Señor, de él aprenderán los alumnos casi espontáneamente lo que muchas veces es difícil explicar con palabras.

Gran fervor en llevar a la práctica las deliberaciones conciliares

Debido a los confidenciales y frecuentes contactos con los seminaristas, la figura del director espiritual es una de las que más se graban en la memoria, y podrá ser —si verdaderamente es edificante— uno de los principales pilares de su perseverancia en el futuro. ¡Cuántas veces una sorprendente exuberancia de vida espiritual en la diócesis tiene su verdadera explicación en la labor callada de un santo director espiritual que con sus ejemplos y enseñanzas ha sabido formar generaciones de santos sacerdotes!

Al poner punto final a nuestras muy meditadas palabras sobre cuestiones tan graves y elevadas relacionadas con la formación de los seminaristas, a cuyo buen espíritu se ha confiado, con ayuda de la gracia celestial y con la aplicación de la legislación conciliar, el rejuvenecimiento del fervor eclesiástico en todo el mundo católico, deseamos rendir homenaje, en estas circunstancias tan solemnes, a la sagrada memoria de aquellos sacerdotes, que ahora reposan en la eterna luz y en la paz del Señor, a cuyo ministerio de confesores y de guías espirituales Nos y vosotros confiamos la intimidad de nuestra conciencia en las diversas épocas de la vida. Realmente, son dignos de nuestro grato recuerdo.

Almas selectas, que en la eternidad gozan de las más altas cumbres o las están ganando —en todo caso, almas siempre benditas y santas— y que, según las enseñanzas de la fe católica, son copartícipes de las vicisitudes de la Iglesia militante, prestándole su ayuda, especialmente en los momentos más solemnes, come estos del Concilio Ecuménico. Estas gracias del Señor, que las hizo en la tierra beneméritas de la santificación del clero de tiempos pasados, consiga ahora gran fervor en las nuevas generaciones que el Concilio pretende consagrar al triunfo del Reino de Cristo: “In sanctitate et iustitia coram ipso omnibus diebus nostris” (en santidad y justicia, en su acatamiento, todos nuestros días) ( Lc 1, 75),

Vicente Palloti: ejemplo luminoso

Queridos hijos: El oficio de director espiritual está erizado de dificultades y lleno de responsabilidad. Se trata de moldear en las almas la imagen de Cristo Sacerdote. Es obra de Dios, no de los hombres. Pero esto, lejos de desalentaros, ha de ser el fundamento de vuestra confianza. Tenéis un titulo más para abandonaros en la omnipotencia misericordiosa del Divino Artífice, que quiere servirse de vosotros.

Entre los encantos de nuevo fervor que la celebración del Concilio Ecuménico está preparando, es una gran dicha para nuestro espíritu el poder augurar la canonización del Beato Vicente Palloti, juntamente con los honores de los altares que se preparan para muchos siervos de Dios y beatos de la constelación universal de la Santa Iglesia, esparcida por todo mundo. Sacerdote edificante, supo alternar admirablemente la dirección espiritual de los jóvenes del Seminario Pontificio Romano y de los alumnos del Colegio Urbano de Propaganda, con la institución de la Pía Sociedad del Apostolado Católico, que dio los primeros impulsos en Roma a la Acción Católica propiamente dicha, cual la admiramos ahora floreciente y dedicada a las grandes y verdaderas tareas de la penetración del Evangelio en la sociedad moderna.

Toda la actividad de este insigne sacerdote estuvo empeñada en la santificación del clero y, como él lo dejó escrito, en defender y conservar la fe, en difundir la caridad entre los católicos, propagando la una y la otra en todo el mundo, para conseguir en breve un solo rebaño y un solo pastor.

Fue el apóstol de aquella múltiple manifestación litúrgica, que es recuerdo insigne de su admirable piedad apostólica; se trata del Octavario de la Epifanía, que se celebra en la iglesia de San Andrés del Valle, como urgente reclamo al desarrollo de la conciencia misionera en el mundo cristiano, y para invocar la unidad de la Iglesia entre todos los pueblos de la tierra.

Queridos hijos. Aquí tenéis: verba et exempla para continuar, con la ayuda e impulso de la gracia divina, la gran obra de modelar los corazones de los futuros sacerdotes según el Corazón de Cristo.

Con la serena confianza de que Cristo, Sumo Sacerdote, fecundará nuestras palabras, como prenda de las celestiales predilecciones, os concedemos a vosotros y a todos los seminaristas confiados a vuestros cuidados nuestra Bendición Apostólica.

 


*  AAS 54 (1962) 673; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 512-518.

 

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