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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN LA XVII SEMANA BÍBLICA
*

Lunes 24 de septiembre de 1962

 

Queridos hijos:

La XVII Semana Bíblica que comienza esta mañana, con la invocación al Espíritu Santo, tiene como lema el nombre de San Juan: apóstol, evangelista, profeta; el primero de los hijos adoptivos de la Madre de Dios, el más joven de los apóstoles y que, según se cree, vivió más que ninguno.

Nos agrada el tema que habéis escogido: el Evangelio, las Cartas, el Apocalipsis de San Juan. Ya conocéis la ternura y devoción del Papa para con este San Juan y para el otro, el precursor, llamado a preparar una “plebem perfectam” —ambos augustos protectores y custodios de la Archibasílica Lateranense, madre y cabeza de todas las iglesias, e inspiradores del nombre que escogimos para nuestro servicio pontificio.

Basta esta primera consideración para manifestaros el interés que tomamos en vuestros trabajos y para  aseguraros que nuestra oración os seguirá de cerca.

La gloria de San Juan

Estos días ante vuestros ojos se alzará la majestuosa figura de San Juan, cuyo particular honor, subrayado certeramente por la Sagrada Liturgia, consiste en ser el apóstol de la caridad, recogida en la divina fuente del Señor, sobre el que reclinó su cabeza en actitud de confiado abandono: sus narraciones evangélicas las bebió en la fuente sagrada del pecho del Señor (VIII Respon. de Maitines en la fiesta de San Juan). Esta íntima familiaridad de amor con Cristo es el punto de partida de sus páginas sencillas y a la vez celestiales, que hacen el encanto de todas las almas: fluenta Evangelii. Esta es la nota característica del apóstol, y el más alto título de su gloria: los acentos mansos y delicados de sus Cartas nos hacen comprender cómo esta penetración había embebido su naturaleza ardiente de Hijo del trueno (cf. Mc 3, 17) hasta transformar las fibras más escondidas de su ser.

La múltiple riqueza de este apóstol y profeta, que clava sus ojos escrutadores en los secretos de Dios, suscita un afectuoso respeto.

Su testimonio personal, con una vida del todo entregada a la gloria del Verbo; la inspiración divina de la que fue dócil instrumento; los augustos Libros que transmitió como herencia sagrada a la Iglesia, hace ponerse, no solamente al docto en materias bíblicas y al estudioso avisado y sensible, sino también al cristiano fervoroso, en postura de gran humildad al hablar y tratar de él.

Estudios bíblicos

Ponemos el acento en el carácter y en los propósitos de los estudiosos bíblicos, que deben animar y conducir a cuantos a ellos se dedican con amor y singular competencia.

Queridos hijos: El estudioso de los textos sagrados no ah de ser simplemente un admirador erudito, ni un explorador ansioso de insondables riquezas. Puede también reducirse a esto. Pero limitaría en gran parte el campo de su trabajo y no haría honor a su vocación.

Lo conocéis y teméis los peligros de esta limitación. Prueba de ello es el empeño que ponéis en ajustaros con decisión a los ideales propuestos y adheríos a ellos con todas vuestras nobles energías. El estudioso, el escriturista es, ante todo, un temeroso e intrépido oyente de la palabra de Dios: sabe que ésta no es letra fría, encerrada en documentos de archivo, sino el vivo e intacto mensaje, que viene de Dios, e íntegra se escucha con el espíritu abierto, diríamos apasionado, con que fue escuchada por los profetas, los apóstoles y la innumerable serie de hombres temerosos de Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento. De este modo el estudioso se convierte en un paciente colaborador de la Iglesia en la custodia, en el estudio, en la exacta transmisión del pensamiento genuino revelado, que las sagradas letras encierran,

Se comprende, pues, la cautela de la Iglesia al cotejar los estudios bíblicos. Pues aunque confía serenamente en la seriedad de las investigaciones de sus hijos, no puede contentarse con recoger sus frutos, sino que debe guiar sus pasos, lo mismo que ratificar las conclusiones. Animándoles a proseguir en el surco prometedor de los estudios modernos, también tiene el deber de invitar a todos a la ponderación, a una dócil e inconcusa fidelidad a las normas del Magisterio supremo.

Doble deseo

Volvamos a San Juan, queridos hijos, a él que nos sugiere estas ideas de aliento paternal y confidente exhortación.

Al tema que habéis elegido lo repetimos: Evangelio, Cartas, Apocalipsis de San Juan— se le pueden aplicar las palabras finales del IV Evangelio: “Sunt autem et alia multa quae fecit Jesus; quae si scribantur per singula, nec ipsum arbitror mundum capere posse eos, qui scribendi sunt, libros” (Hay, además de éstas, otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribiesen una por una, ni en todo el mundo creo que cabrían los libros que se escribieran) (Jn 21, 24).

Las doctas conferencias y conspicuas comunicaciones que se tendrán en estos días serán, pues, una mínima parte de lo que los escritos de San Juan ofrecen a la mente y al corazón, estimulando a la oración y a la profundidad.

No nos detendremos, por tanto, en cada uno de los capítulos de este himno que pretendéis elevar a la gloria del apóstol del amor, para recabar conocimientos y enseñanzas para vosotros y vuestros discípulos.

Estos —lo decimos con agudo sentido de responsabilidad— que queremos transmitiros serán, en gran parte, los pastores de almas del mañana.

Nos contentamos con formularos un doble voto:

1) Ante todo que el amor a los textos sagrados sea cada vez mayor y os lleve a la meditación de su mensaje. Esta ha de ser la meta de vuestros estudios. Las mismas eruditas investigaciones, las nuevas luces que llegan al Libro Sagrado de la contribución de las ciencias auxiliares, tienen su última justificación en este empeño por difundir el amor a la Palabra revelada y guiar las almas al conocimiento de su sentido espiritual y didáctico. En este aspecto son siempre una

ayuda nueva e insustituible las obras de los Padres de la Iglesia y la voz de los Papas y del Episcopado a lo largo de los siglos y también han de alegrarnos con las debidas cautelas las nuevas adquisiciones de la crítica textual.

Antes y por encima del afán erudito debe dominarnos el hambre y la sed de la Divina Palabra, porque ella es vida del alma, luz de la mente, soplo vivificador. Cristo lo proclamó y Juan nos ha transmitido el texto exacto: “Verba, quae ego locutus sum vobis, spiritus et vita sunt" (Las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida) (Jn 6, 64).

2) El segundo voto ansía la penetración de la Divina Palabra en la vida de los pueblos, de las familias, de las comunidades. ¿Es que no es el Evangelio, la buena nueva, lo que ellos esperan? ¿No es la carta de Dios a los hombres, la que deberá librarlos de las excesivas sobrestructuras sentimentales o fría y únicamente científicas y técnicas? ¿No es la revelación de “los cielos y de las tierras nuevas” (cf. Is, 66, 22; 2 P 3, 13; Ap 21, 1) que atrae a los corazones humanos, como gusto anticipado da la bienaventuranza celestial?

El hombre de hoy, no menos que aquel que leía la “Biblia pauperum” en las paredes de las antiguas iglesias, tiene vivo deseo de la Palabra de Dios. El hombre espera y escucha con la misma devoción con que el pueblo hebreo escuchó la lectura del Libro Sagrado hecha por Esdras, después del afortunado acontecimiento del retorno de la cautividad. ¡Qué acentos emotivos al repasar el libro de Nehemías, como nos lo refiere el capítulo octavo: “Trajo, pues, el sacerdote Esdras la ley, ante la multitud de hombres y mujeres y ante todos aquellos que pudieran entender, el día primero del mes séptimo; leyó en alta voz en la plaza que estaba ante la puerta de las aguas, desde la mañana hasta el mediodía, ante hombres, mujeres y sabios, y la atención de todo el pueblo estaba puesta en el libro... Y abrió Esdras el libro ante todo el pueblo (pues sobresalía sobre todo el pueblo) y al abrirlo todo el pueblo se puso en pie. Y bendijo Esdras al Señor Dios magno y respondió todo el pueblo: Amén., amén, levantando sus manos. Se inclinaron y adoraron a Dios postrados en tierra... Y leyeron en el libro de la ley de Dios distinta y abiertamente para ser entendido y entendieron la lectura” (Ne 8, 2-3, 5-6, 8).

¡Qué palabras, queridos hijos! Vuestra misión sacerdotal que es apostolado fecundísimo de sagrado ministerio es esto, en cuanto se refiere a la enseñanza y al culto del Libro Divino: deber de claridad y solicitud pastoral (distinta y abiertamente para ser entendido); el coraje y el celo de exponer la doctrina celestial a todos (en presencia de los hombres, las mujeres y los sabios), y la respuesta generosa de las almas a vuestro esfuerzo (la atención puesta en el libro).

De este modo el renovado florecimiento de los estudios bíblicos anuncia la buena nueva y ofrece a las almas alimento continuo de santa enseñanza.

Conclusión

Vosotros queréis cooperar a esto, ofreciendo al mismo tiempo al Concilio, que está a las puertas, una muestra de fe esplendorosa y de alta dignidad científica, preludio de la gran asamblea ecuménica, que tendrá como símbolo y aliento el Libro Sagrado y el cáliz de bendiciones, que el 23 de noviembre de 1958 pusimos sobre el altar de Letrán, al tomar posesión de la cátedra augusta, como significación de las preocupaciones pastorales que desde el templo quieren irradiar al mundo entero.

Queridos hijos: En esta luz auguramos que vuestros trabajos han de conseguir el fruto que os prometéis. Y para que os transforméis vosotros mismos más íntimamente en apóstoles de luz y de amor, invocamos sobre vosotros, sobre vuestros estudios y vuestras enseñanzas la continua asistencia del Divino Paráclito, de cuyo vivificante resplandor quiere ser reflejo y prenda nuestra propiciadora bendición apostólica.

 


*  AAS 54 (1962) 715; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 540-545.

 

 

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