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  SOLEMNE ENTREGA DEL PREMIO BALZAN 1962
PARA LA HUMANIDAD, PAZ
Y FRATERNIDAD ENTRE LOS PUEBLOS
AL SUMO PONTÍFICE JUAN XXIII
__________

DISCURSO DEL SANTO PADRE
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ITALIANA
ANTONIO SEGNI*

Palacio del Quirinal
Sábado 11 de mayo de 1963

 

Señor Presidente:

Nos le estamos verdaderamente agradecidos por las expresiones de Su noble mensaje. Agradecidos y conmovidos al ver que se aplican no solo a Nuestra Persona, muy sensible a cualquier gesto de delicadeza y de bondad, sino también a la misión que la Iglesia Católica realiza a lo largo de los siglos en obediencia al mandato de su Divino Fundador.

Nuestro agradecimiento va también al Señor Presidente de la Confederación Helvética, que ha enviado su saludo personal y el de las autoridades y poblaciones de aquella Nación.

¡Cuán grato Nos es corresponder al doble homenaje, con el augurio de prosperidad tranquila y fecunda! También a los amados pueblos de Italia y de Suiza debe mucho el mundo por la aportación, dada a la difusión y a la consolidación del derecho y a la tutela de las constructivas relaciones de paz.

Nos saludamos a las personalidades de diversa procedencia, a los delegados de numerosos pueblos de antigua y de reciente historia, a los representantes de la cultura, entre los cuales los cuatro eminentes sabios de biología, de matemáticas, de historia y de música, a los que se ha concedido este año el Premio Balzan.

Pero es muy natural que Nuestra especial manifestación de agradecida complacencia vaya a los miembros de la Federación Internacional Eugenio Balzan. Hacia ella se vuelve la atención respetuosa de los hombres que saben captar cualquier signo de la providencia, con vistas a facilitar una comprensión duradera entre las gentes.

Las ceremonias de ayer, en el Palacio Apostólico Vaticano, y, más tarde, en San Pedro, han sido un goce anticipado – ¡oh, qué consolador y significativo!– de esa mutua fraternidad a que anhela, en espera del Cielo, la familia humana. Esta tarde se renueva aquí la dulzura y la sinceridad de la común exultación.

Señor Presidente, puede imaginarse con cuánta emoción el Obispo de Roma, el humilde Papa de la Iglesia universal, ha venido a esta residencia de la suprema autoridad del Estado Italiano. Está siempre vivo en Nos el recuerdo del encuentro que, pocos días antes de empezar Nuestro ministerio pastoral de Patriarca de Venecia, en ejecución de las normas concordatarias, tuvimos el 5 de marzo de 1953, aquí en el Quirinal, hace exactamente diez años, con su predecesor, el Senador Luigi Einaudi.

Hoy, además, una feliz coincidencia debe ser recordada, porque hace exactamente un año, Usted, Señor Presidente, tomó posesión del altísimo cargo que tanto le honra y del que la reciente distinción de la Orden de Cristo ha querido ser, por Nuestra parte, la amable coronación.

Señor Presidente: al acoger de buen grado la cortés invitación a detenerNos un poco en esta suntuosa e histórica morada, Nos alegremos por la cordial deferencia de que se ha hecho eco la opinión pública. Nuestra persona, por lo demás, se inclina ante la de Nuestro Señor Jesucristo, a Quien indignamente, pero con generoso y callado esfuerzo de imitación, Nos fuimos llamados a representar en la tierra.

Esta Nuestra presencia aquí, tiene un significado particular: el reconocimiento a los servicios conseguidos por la Iglesia al haber estado por encima de los clamores contingentes y las contrastantes variaciones con que, en tiempos pasados, se quiso interpretar o limitar los gestos de Nuestros Predecesores. Recordamos a Benedicto XV, Pío XI, Pío XII y toda la obra que el Pontificado Romano ha desarrollado para tutela de la paz, de modo particular en los trágicos acontecimientos que han caracterizado al siglo XX.

Sí, la Iglesia Católica enseña y forja la paz. Lo decimos con la conciencia tranquila. Continúa en el mundo 1a misión de su Fundador Jesucristo, que las proféticas palabras llaman Príncipe de la paz (Ju. 9, 6). «A su lado – como ha dicho Nuestro Predecesor Pío XII de v. m. – la Iglesia respira el soplo de la verdadera humanidad, verdadera en el sentido más pleno de la palabra porque es la humanidad misma de Dios, su Creador, su Redentor y su Restaurador» (Radiomensaje navideño, 24 de diciembre de 1951).

Reflexionando sobre el significado del gesto de la Fundación Eugenio Balzan, hemos querido que la suma puesta en Nuestras manos sea destinada a un fondo en favor de la paz. En esta circunstancia, por lo tanto, deseamos hacer resonar una vez más Nuestra invitación, como se halla contenida en la Carta Encíclica del Jueves Santo Pacem in terris, que invita a volver a las fuentes, para la tutela y la consolidación de la paz entre los pueblos. Paz basada no en el temor, en la sospecha, en la desconfianza recíproca; asegurada no con la amenaza de terribles destrucciones, que serían la ruina total del género humano, creado para dar gloria a Dios y para la mutua edificación en el amor fraternal, sino establecida sobre el recto orden de las relaciones humanas, "orden basado en la verdad, construido conforme a la justicia, vivificado e integrado por la caridad, y puesto en práctica en la libertad".

Esta es la paz que las gentes anhelan como preciosísimo don divino, sin el cual no se puede aspirar a un progreso constructivo, a un bienestar duradero, al porvenir seguro de las jóvenes generaciones, de las familias y de las Naciones.

Señor Presidente, Venerables Hermanos e hijos, queridos Señores: El asentimiento que traslucen vuestros ojos, que sube de vuestros corazones, expresa el estado de ánimo que es el vuestro y el de todos los pueblos. Nuestro voto es que este asentimiento continúe; que se refuerce cada vez más sobre el laborioso y generoso pueblo de Italia y sobre todos los pueblos del mundo, que Nos igualmente amamos; que produzca frutos de prometedora fecundidad, con el fin de que sobre todos los hombres, consagrados a las pacientes conquistas del saber, a la investigación, a los cuidados de la familia, resplandezca luminosa la estrella de la paz, para indicar el seguro camino por los senderos de la serenidad, de la comprensión y del amor.

Este es el voto que al detenernos hace un momento en la Capilla Mariana de la Anunciación hemos confiado con ternura a la Madre de Jesús y nuestra; y éste es el voto que formulamos con corazón conmovido y firme esperanza, no sorprendidos en absoluto ante las dificultades indefectibles que se interpondrán a la consecución del santo ideal; esperamos que se vea cumplido por las propicias bendiciones del Señor, de quien invocamos sobre los gobernantes de los pueblos y sobre toda la familia humana, los dones abundantes de sabiduría y generosidad, de activa concordia, de felicísimo incremento de justicia, equidad y amor.

Dominus pacis det semper nobis pacem (cfr. 2 Tess. 3, 16).


* ORe (Buenos Aires), año XIII, n°562 p.5.

 

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