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PABLO VI

ÁNGELUS

Domingo 8 de enero de 1978

 

La Iglesia de Roma, como sabéis, celebra hoy la Epifanía, trasladada de su fecha tradicional a causa de la reducción de los días festivos; el 6 de enero ha pasado a ser día de trabajo. La pobre "befana" prófuga se refugia en el domingo siguiente a su fecha propia, ahora secularizada; también para la Iglesia, en obsequio a la paz.

Hijos queridísimos y fieles todos, no obstante esto, recordad bien que la Epifanía, trasladada a otra fecha del calendario civil y religioso, conserva intacto el valor litúrgico y, con éste, todo su profundo significado espiritual. La Epifanía sigue siendo la celebración del misterio de la revelación de Cristo al mundo, a la historia y a la civilización; sigue siendo la proclamación de la vocación de todos los hombres y de todos los pueblos a la fe de Cristo; sigue siendo fiesta misionera universal en cuanto reconocimiento de la fraternidad general de los hombres, elevados a la misma felicidad de salvación en Jesús Redentor. Es ésta una fiesta demasiado significativa en la espiritualidad religiosa y en la mentalidad profana del mundo, para que nosotros podamos dejar de celebrarla aun después que se la ha sacado de su álveo cronológico tradicional.

Celebremos igualmente la Epifanía en el marco teológico e histórico de la manifestación del Verbo de Dios sobre la tierra; exaltemos esta fiesta como uno de los momentos típicos y decisivos de la orientación de la humanidad hacia la verdad y la realidad de su destino trascendente y, por ello, hacia la paz y el progreso.

Y venga luego como siempre la Epifanía con sus dones y sus luces a alegrar nuestros hogares, a nuestros niños y a nuestros enfermos. Es una fiesta para todos, no es sólo mística y teológica; es fiesta popular del corazón: La Epifanía nos una y nos haga buenos otra vez, y nos dé de nuevo la alegría y la fe.

María invita. No es fábula ni mitología. Ella nos presenta al Niño misterioso y delicioso, que es la Luz del mundo.

 

 

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