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PABLO VI
ÁNGELUS
Domingo 29 de enero de 1978
Todos sabéis que esta mañana hemos celebrado la Santa Misa para una asociación
nacional que se llama "Amigos de los leprosos" y que colabora con la
Organización mundial de la Sanidad y con otras asociaciones de distintas
naciones que luchan contra la lepra en el aspecto sanitario y en el aspecto
social.
La Iglesia no puede permanecer insensible ante el esfuerzo de curar a la
humanidad de este morbo terrible extendido todavía por el mundo y con alguna
limitada pero dolorosa presencia también en nuestro país. La lepra es uno
de los azotes que enumera la Biblia (cf. Lev 13) y que en el Evangelio nos recuerda la piedad milagrosa con la que
Jesucristo
mismo la curó.
Y aunque ahora la lepra, objeto de muchos estudios y terapias, ya no es aquel
mal incurable, contagioso y maldito como fue siempre considerado, sigue siendo
una enfermedad característica que exige no sólo la asistencia sanitaria
especializada, sino que representa un fenómeno simbólico de la enfermedad humana
que el Evangelio afronta con milagrosa energía y que, siempre a la luz del
Evangelio, nos enseña dos cosas.
Primero, que no hay mal humano alguno, por deforme y repugnante que ser, al que no se deba prodigar respeto,
cuidado y remedio. La caridad cristiana, feliz de tener seguidores que la superen,
ha estado siempre en la vanguardia de esta lucha contra la lepra, considerada
durante tanto tiempo como una pelea desesperada, precisamente por el carácter de
esta enfermedad extremamente enemiga y destructora de los miembros vivos del hombre, tanto, que se ha asumido en la
civilización el deber de prodigar toda clase de cuidados allí donde el mal y el
dolor son mayores.
Y segundo, la lepra no es el único azote de la vida del hombre; la lepra es
símbolo del sufrimiento que en formas análogas y diversas la penetran y
consumen como consecuencia, generalmente, de males de naturaleza no física,
males que el hombre se inflige a sí mismo, como el alcoholismo, la guerra, y
hoy, increíble ruina, la droga.
De donde se deduce que la terapia física debe ir precedida, completada y apoyada por una terapia moral y
religiosa a la que, como desea la Iglesia, todas las personas buenas,
especialmente los jóvenes, pueden dar una aportación decisiva.
Con este fin hemos orado esta mañana e, invocando a la Virgen, oramos también
ahora.
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