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PABLO VI
ÁNGELUS
Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo
Domingo 28 de mayo de 1978
Como es bien sabido, la fiesta del Corpus Domini en Italia se ha trasladado del jueves pasado a este domingo, el siguiente a la
Santísima Trinidad.
Se trata de una fiesta solemne que se propone honrar de modo particular el
misterio de la Eucaristía, celebrada ya por el calendario el día de Jueves
Santo, en el corazón mismo de la Semana Santa.
¿Por qué esta repetición? Porque el misterio es tan grande y
singular que merece volver sobre él; y porque su propia naturaleza
pide que sea renovado, ya que fue instituido como "memorial" de un prodigio que no pasa, sino que
ha de ser recordado a cada cristiano y cada día de su peregrinación terrena; el
mismo velo bajo el que se presenta, o sea, las especies de pan y vino, al
autorizar, más aún recomendar, la costumbre de nutrirse de este alimento
divino, puede atenuar en los invitados la maravilla, el entusiasmo y la
adoración que debe suscitar siempre, sin agotar su sorprendente carácter
trascendente y sobrenatural, no sólo en sí mismo, sino también en las almas.
La fiesta del Corpus quiere ser fiesta de exaltación, entusiasmo y solemnidad incluso exterior,
porque ofrece de verdad a nuestro culto o, mejor, a nuestra devoción personal
e interior, un motivo de celebración obligada y al mismo tiempo de embriaguez
religiosa íntima: el motivo es Cristo mismo.
Por algo a la realidad (la res), es decir, el efecto supremo de
este sacramento, lo llamamos "comunión",
casi la "culminación de la vida espiritual" (cf. S. Th,
III, 73, 3).
Así, pues, todos debemos acoger con sentida alegría la llegada de esta
celebración rebosante de vida y esplendor. Nosotros iremos personalmente esta tarde a la basílica de San Pablo a presidir
la hermosa ceremonia, popular y festiva a un tiempo. Nos atrevemos a
recomendar a todos, también a los que no pueden tomar parte en dicha
ceremonia, que dediquen a Cristo Jesús, en la Eucaristía, algún momento de
fervor especial.
María estará con nosotros.
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