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PABLO VI
ÁNGELUS
Domingo 11 de junio de 1978
A vosotros que con vuestra presencia del domingo no interrogáis sobre cómo van
las cosas, os queremos ofrecer una palabra de consuelo, suponiendo que también
vosotros, observadores del barómetro de la historia del mundo, estáis más bien
entristecidos por los sucesos decepcionantes que se van alternando con los
pronósticos y los propósitos de paz y de progreso que nacen de la dialéctica
oficial de los representantes de la política y de la civilización.
Sí, en las noticias de estos días aparecen fenómenos graves y penosos que
desmienten las esperanzas de una convivencia más pacífica y fraterna, ya sea en
la estabilización de la sociedad o en la concordia entre los pueblos. En varias
regiones estamos metidos en luchas que no amainan, y hasta en situaciones
difíciles que podrían incluso agravarse.
Pero no debemos perder la confianza en el esfuerzo humano por la concordia y la
solución sabia y equilibrada de las controversias humanas. Debemos reconocer
que hombres sabios y valiosos van influyendo para bien; debemos
asociarnos al sentido de alta humanidad y deber moral que anima a muchos hombres
de responsabilidad; sobre todo debemos sostener las nuevas corrientes de la
juventud que se va orientando a manifestaciones de optimismo y concordia. Y
además, sobre todo nosotros, creyentes y católicos, debemos confiar en Dios, y
con espíritu de bondad y sacrificio merecer la ayuda divina para ir dando fuerza
a una conciencia social nueva de fraternidad universal, que nos sigue hablando
sin cesar desde las páginas del Evangelio: "Todos vosotros sois hermanos"
(Mt 23, 8), ha dicho Cristo, y la palabra divina cobra autoridad ahora más que
nunca.
Esperamos que la Iglesia tenga conciencia viva de ello, y sepa infundirla en
el tejido de esta humanidad que con frecuencia se muestra todavía refractaria.
Ahora rogáremos al Señor y haremos votos para que esta conciencia llegue a ser
valiente y gozosa, sobre todo en la juventud. Sea intercesora la Virgen y
nuestra humilde plegaria.
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