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PABLO VI

REGINA COELI

Domingo 30 de abril de 1978

 

El mes de mayo (que comienza mañana) es el mes de la Virgen. Se trata de una costumbre extendida en la piedad popular a partir del siglo XVII; reciente, por tanto, y sin un esquema litúrgico determinado, celebrada habitualmente, además, por la tarde. Los liturgistas defienden esta manifestación del culto mariano de una hipótesis, que carece de fundamento, según la cual nuestro mes de mayo tendría origen en los Ludi floreales (juegos florales) que se celebraban en Roma durante la época republicana o de otros semejantes del Medioevo (cf. M. Righetti II, 246). Es un culto ajustado a unas reglas, sí, pero expresa sentimientos espontáneos y nacidos del corazón de gente devota e iniciada en la teología de María, que es teología derivada y dependiente de la de Cristo, es decir, de la de Dios hecho hombre, nuestro Maestro y nuestro Salvador.

Esta devoción no quita nada a la ortodoxia y al rigor teológico del culto cristiano, sino que pone en evidencia su belleza y su verdad humana y divina. Es una devoción que nos lleva a la contemplación del misterio de la Encarnación y al de su coronamiento triunfal en la gloria de Cristo. Y nos acerca a la Virgen, al typus, como dice San Ambrosio, al modelo ideal de perfección, que se transforma para nosotros en escuela de imitación inagotable y auténtica, al igual que lo es el modelo de una madre sublime, amable. verdaderamente santa, espejo de bondad y santidad. Y en fin, María es la omnipotentia supplex (omnipotencia suplicante), es la intercesión que todo puede adivinar y todo puede obtener.

Esto es bien hermoso y vale para todos: María es el ora pro nobis que no debe faltar en algunos labios.

Y añadimos: los días difíciles que estamos pasando hacen oportuna para nosotros la ocasión de dar a nuestro mes de mayo un rayo de luz y esperanza. ¡Procuremos no desaprovechar esta oportunidad!

 

 

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