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PABLO VI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 11 de enero de 1978
El Evangelio de la Navidad
Navidad. Esta es una meditación sin fin, siempre inagotablemente rica en temas
fundamentales que se refieren a nuestra relación con Dios. Nos despediremos de
la celebración del gran acontecimiento navideño tomando para nosotros la ejemplaridad
que le es propia, ejemplaridad tal que puede servirnos como revelación del
pensamiento divino sobre nuestras cosas; y puede, además, conformar nuestra
existencia presente a la forma que sirva mejor para acercarla a la de Dios
hecho hombre. El Señor, ya antes de enseñarnos con su palabra, había sido
nuestro maestro con el ejemplo de sus obras y con el Evangelio de su aparición
entre nosotros en forma humana.
Sólo poner ante nuestra consideración la historia de la vida de Cristo suscita
problemas que nunca conseguiremos resolver completamente, pero siempre veremos
irradiar de la presencia de Cristo en el mundo tal luz de verdad, tal consuelo
de esperanza y de vida que advertiremos que El es la luz del mundo; y que sólo dentro del cono luminoso de doctrina
que la "Iglesia nos ofrece sobre El, podemos gozar de su luz y obtener nuestra
salvación.
Lo que quiere decir que debemos sentirnos obligados a fijar la mirada de nuestra
fe en Cristo Señor, con adhesión total de pensamiento y de vida. Recordemos las
palabras finales del prólogo del Evangelio de San Juan: "Y el Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de
Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14).
Pero en este punto de nuestra contemplación sobre el Verbo de Dios hecho carne,
en vez de encontrar su gloria nos encontramos en el marco de la vida temporal
de Jesús, su humillación, su pequeñez, su anonadamiento; no encontramos la
exaltación sino la negación de los valores de nuestra vida presente. El
pesebre nos lo dice. La humildad de Cristo será nuestra sorpresa. Una humildad
que mortifica nuestras expectativas mesiánicas y que nos obliga a modificar e
incluso a contraponer la estima de lo que creemos bienes necesarios para nuestra existencia natural. Y
esto lo recordamos refiriéndonos a dos virtudes cristianas, es decir, a dos
dimensiones negativas características de nuestra presencia en el mundo; queremos
decir la humildad y la pobreza.
El que Dios se haya querido manifestar y haya querido convivir con nosotros en
humildad absoluta es algo que altera y transforma totalmente nuestros juicios
sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación con las cosas y con los
acontecimientos del mundo. "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón"
(Mt11, 29). Y esta postura de humildad afecta profundamente no sólo a las formas exteriores
de la vida de Cristo, sino también a las formas esenciales de la vida, de la
doctrina y de la misión de Dios hecho hombre. Debemos citar aquí una sentencia
conocidísima de San Pablo que contiene la síntesis y nos ofrece la clave para la
comprensión de la figura completa de Cristo; es la cita de las palabras
relativas a la kénosis de Cristo, es decir, a su anonadamiento para cumplir el designio de nuestra redención, palabras de la Carta de San Pablo a los filipenses (2, 5-11):
"Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, quien, existiendo en
forma de Dios, no reputó como botín (codiciable) ser igual a Dios, antes se
anonadó, tomando forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la
condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de
cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para
que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la
tierra y en las regiones subterráneas, y toda lengua confiese que Jesucristo es
Señor para gloria de Dios Padre".
Nuestra meditación se detiene aquí y se hace admiración inmensa. La
mortificación de Cristo se convierte en principio y modelo para nuestra
exaltación. Esto sobre la humildad del Hombre Dios introducida con su aparición en el mundo; y se pueden hacer
observaciones análogas sobre la pobreza de la venida de Cristo entre los hombres. Por todo ello se da un cambio radical
en la evaluación de los bienes propios de la esfera natural de la vida
presente; este cambio califica al cristianismo en el que la humildad y la
pobreza encontrarán expresiones desconocidas en las concepciones naturales del vivir humano, y tendrá como recompensa la conquista sobrenatural del reino
de Dios, de la vida nueva prometida a los humildes de corazón y a los pobres de
espíritu.
¡Pensémoslo bien! ¡Esto es el Evangelio! (cf. San Agustín, Serm.
30; PL
38,
191-192; p. Giammaria da Spirano, I Fioretti di S. Francesco d'Assisi,
Martello, Milán, 1960),
Con nuestra bendición apostólica.
Saludos
Henos aquí en la nueva serie de audiencias correspondientes al año que acabamos de empezar.
Todavía son actuales nuestras felicitaciones a todos vosotros, a
lo que sois y a lo que representáis; y entrando en la zona
de los deseos y de las aspiraciones, para vuestros proyectos y para vuestros sueños.
Para el futuro tenemos en este momento una atención especial, tanto
para vuestro bien como para el bien de la Iglesia, de vuestras asociaciones, de vuestras familias y
de vuestros países.
(A un grupo de sacerdotes de la "Piccola Opera della Divina
Proavidenea")
Fue una suerte y un honor conocerlo personalmente [a don Orione]. Nos explicó
su vida y cómo concebía él su presencia en el mundo, y por qué llamaba "piccola" a su Obra: Quería que fuera inferior a
la de Cottolengo donde había sido formado. Estos recuerdos nos llenan de buenos deseos
para vosotros, a fin de que sepáis recoger la herencia de un hombre grande, al
que muy pronto esperamos ver en los altares junto a los demás fundadores de las familias religiosas de
nuestro siglo.
(El Santo Padre resumió así en
español su catequesis sobre el "Evangelio de la Navidad")
Amadísimos hijos e hijas:
La Navidad sigue invitándonos
a considerar el significado ejemplar de la venida al mundo del Hijo de Dios, el cual se
hace luz, fuente de verdad, de vida y de esperanza para nosotros. Así nos lo
recuerda San Juan en el prólogo de su Evangelio: "Y el Verbo
se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria,
gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad".
La contemplación del Verbo de Dios hecho hombre no nos descubre
su gloria, sino que nos revela más bien su humildad y pobreza. Una humildad
que modifica y contradice la estima que tenemos de los bienes de
la tierra y que transforma nuestros juicios acerca de nosotros mismos y
de los demás. Con razón Jesús nos enseñará: "Aprended de
mí que soy manso y humilde de corazón". Esa humildad del
Señor es fuente de vida para nosotros. Por ello San Pablo
nos dice en su Carta a los filipenses que Jesús, a pesar de
ser Dios, se anonadó tomando la forma de siervo, haciéndose obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios lo exaltó
y le dio un nombre sobre todo nombre, para que ante él doble la rodilla cuanto hay en el cielo
y en la tierra. Recordémoslo bien: la humildad y pobreza de Jesús
se convierten en principio de nuestra exaltación. Son valores inmensos que no podemos olvidar
en nuestra vida, son premisas para nuestra entrada en
el reino de Dios. Con nuestra bendición apostólica para vosotros y cuantos nos
escuchan por radio.
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