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PABLO VI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 1 de febrero de 1978
La vida cristiana es una vocación de carácter social.
Parece ésta una afirmación excesiva y en la práctica admite una formulación
distinta, es decir, la vida cristiana es una vida personal, interior; para
hallar su propia identidad debe aislarse, hacerse solitaria, defenderse del
contagio de contactos profanos, idealizarse en una expresión individual, huir
de las tentaciones del trato exterior e inmunizarse contra el influjo de la
moda y de las costumbres sociales. Esto es verdad, pero no del todo, ya que el
hombre tiene necesidad de los demás, más aún, tiene el deber de ocuparse de los
demás, está obligado al gran precepto del amor que tiene un campo mucho más
amplio que el circunscrito al amor de la familia, de los parientes y del
vecindario; precepto que comporta superación de la esfera del amor instintivo,
del amor natural, del amor —podemos decir—egoísta. Incluso el monje, es decir,
quien sabiamente antepone a todo la búsqueda de la perfección personal y con
este fin renuncia a las relaciones sociales no indispensables, debe encontrar en
su espíritu el espacio necesario para de alguna forma amar y servir al prójimo
de manera que se cumpla el precepto evangélico de la caridad con todos, y
también con los enemigos (cf. Mt 5, 44-48).
Así, pues, debemos acordarnos de esta ley suprema, característica del
cristianismo vivo, no del cristianismo rutinario, o practicado de tal manera que
se convierta en antídoto contra las molestias y cargas de la convivencia
social. Nos debemos librar de la tentación antisocial que la misma experiencia
de la vida puede ocasionar, incluso en aquellos que se han propuesto un
programa de honrada convivencia social, pero que se defienden de las molestias
y obligaciones que las relaciones comunitarias pueden traer consigo.
Este es quizás para muchos cristianos buenos un momento de tentación
antisocial, ya que vivimos un tiempo en el que la sociedad está en fase de
cambio; y, por bueno o discutible que sea, el cambio puede producir un
sentimiento de malestar o de ofensa que empuje al individuo a la reacción o a
la indiferencia ante la norma nueva y predominante que altera la vida. Parece
que la vida comunitaria se hace insoportable. Se da el peligro de una "huelga" de
ciudadanos buenos que se limitan a soportar su pertenencia a la colectividad,
pero con la idea de eludir silenciosamente las cargas opuestas al propio
interés, a las propias costumbres y a las propias ideas.
Si ésta fuese una tentación también para nosotros, tratemos de superarla con
un esfuerzo de buena voluntad social. Y pongamos en nuestro programa propósitos
tanto más atentos, tanto más eficaces para el bien común, cuanto más parezcan
excluidos de nuestros gustos y de nuestros intereses.
El bien marcado por el signo cristiano debe hacerse tanto más solícito de la
propia presencia, de la propia creatividad y de la propia generosidad, cuanto
menos propicias son las condiciones exteriores para acogerlo y desarrollarlo.
Repetimos: "Vince in bono malum: vence al mal con el bien".
El cristiano, aun cuando el encuadramiento social tiende a reducirlo al
silencio, a hacer de él un número dentro de la masa, a apagarle el destello de
la fe y del amor, posee siempre en sí mismo un principio original de bondad y
de acción que con frecuencia —como nos enseña el ejemplo de los santos y de los
buenos— ha sabido sacar del contraste de los tiempos la idea y la fuerza para
afirmarse de manera nueva y saludable para todos. La sabiduría estará, pues, no
en la fuga y en la resignada renuncia, sino en la presencia tácita y tenaz en
ese ambiente social que no parece propicio al éxito de iniciativas cristianas.
"Patientia vobis necessaria est...: tenéis necesidad de paciencia"
(Heb 10, 36), repetiremos para esos amigos nuestros y para los fieles que
experimentan a veces las dificultades de la acción en el campo de la actividad
libre y honrada que debería estar abierta también a la buena voluntad de todos.
¡Animo, pues! Con nuestra bendición apostólica.
Saludos
(A los participantes en el curso de directores y
promotores de ejercicios espirituales)
Nos da alegría acoger hoy a los participantes en el curso para directores y
promotores de ejercicios, directores espirituales y formadores, que está
teniendo lugar en Roma en el Centro de espiritualidad ignaciana. Al expresaros
nuestro agradecimiento por el testimonio de afecto deferente que supone vuestra
visita, hijos queridísimos, deseamos manifestaros nuestro aprecio sincero por el
empeño que ponéis en profundizar con mayor esmero en la honda motivación de los
ejercicios ignacianos, de los que se ha seguido tanto bien a las almas. Su
utilidad no ha disminuido con el paso del tiempo. Antes bien, hoy día, en un
mundo que absorbe y desparrama con el ritmo vertiginoso de la actividad
exterior y con la fascinación sutil de estímulos sensibles siempre en aumento, la posibilidad de
concederse una pausa de silencio, de reflexión y de oración, que permita
recuperarse a sí mismo desde dentro y disponer del propio destino en la
presencia de Dios con libertad de espíritu, aparece como algo cada vez más
necesario y urgente. Para el hombre y para el cristiano. Vosotros habéis caído
en la cuenta y os estáis dedicando muy laudablemente a prepararos para
desempeñar de modo cualificado este servicio eclesial tan noble. Os sostenga y
os estimule en el camino emprendido la bendición apostólica que os impartimos de
corazón.
(A los alumnos Escuela de
Aeronáutica Militar de Viterbo, Italia)
Dedicamos un saludo particular al nutrido grupo de aviadores de la Escuela
central de Vigilancia aeronáutica militar de Viterbo, acompañados de oficiales y
suboficiales, y del capellán. Hijos queridísimos, os dedicamos una palabra de
esperanza, que os corresponde por ser jóvenes y por ser miembros de una escuela
militar: os deseamos cordialmente a vosotros y a todos un futuro sereno y
constructivo, de paz y de prosperidad. Sed siempre garantes y servidores de la
paz, con plena conciencia de que ésta se identifica con el triunfo de la vida y
de las mejores posibilidades humanas. Puesto que la disciplina propia de
vuestra condición no tiene otro objetivo más noble, así lo creemos, sino el de
educaron a nivel profundo de equilibrio y autocontrol, seguro índice de madurez
personal y colectiva. Y como esa meta es inalcanzable sin el sello del "Dios de
la Paz" (cf. 1 Cor 14, 33), confirmamos nuestros deseos invocando su asistencia bienhechora a través de la
bendición apostólica.
(A las participantes en la II asamblea
general del instituto secular "Vita et Pax in Christo Iesu").
Querernos reservar una especial palabra de saludo para los miembros aquí presentes del instituto
Vita et Pax in Chisto Iesu, acompañadas de su fundador el rvdo. don Cornelio Urtasun. Sabemos bien, amadas
hijas, que habéis terminado recientemente una etapa importarte al concluir la II
asamblea general de vuestro instituto. Conocemos también el entusiasmo con el que os dedicáis
a las
tareas educativas, a la asistencia sanitaria, a la ayuda social, sobre todo en el
campo de la emigración, así como al apostolado de la prensa y del arte litúrgico. Os
exhortarnos a proseguir con redoblado empeño en vuestros propósitos de perfección
personal y de irradiación de los valores cristianos en los diversos ambientes. Os
aliente siempre la plegaria que por vosotras elevamos al Señor y la bendición
apostólica que de corazón impartimos a vosotras, a vuestro fundador y a todos los
miembros del instituto.
(En castellano)
Amadísimos hijos e hijas: La vida cristiana es una vida personal, interior:
para ser auténtica debe defenderse de los contactos profanos, del influjo de la
moda y de las costumbres sociales. Pero al mismo tiempo, el hombre tiene necesidad de los demás, está obligado al
gran mandamiento del amor, lo cual supone una
expansión de la esfera del amor de la familia, del amor instintivo, natural. Hasta el
mismo monje debe hallar espacio en su espíritu para amar y servir al prójimo.
Esta ley soberana, característica del cristianismo, ha de constituir un antídoto contra el peso
de la convivencia social. Muchos cristianos sienten una tentación antisocial, debido a
que la vida comunitaria parece que se está volviendo insoportable. Se hace pues
indispensable un esfuerzo de buena voluntad social. El cristiano, por más que se trate
de apagar en él el fuego de la fe y del amor, lleva siempre dentro de sí mismo un
principio original de bondad y de acción, que lejos de impulsarlo a la fuga, lo lleva
a estar presente incluso en ambientes no propicio a la iniciativa cristiana. En medio
de tantas dificultades como experimentan muchos fieles en el campo de la actividad libre y
honesta, es necesaria la paciencia. ¡Animo, pues! Con nuestra bendición apostólica,
que extendemos a cuantos nos escuchan por la radio.
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