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PABLO VI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 22 de febrero de 1978
La Cuaresma, escuela de ascética y fortaleza cristiana
Como sabéis, la Iglesia atribuye importancia particular al tiempo litúrgico en
que nos encontramos: la Cuaresma.
Las ideas, sobre las que se centra el breve momento de reflexión de nuestra
audiencia general de la semana, no pueden alejarse de este tema religioso que,
no obstante la reducción de las exigencias disciplinares, sigue calificando
como trascendental y rico en motivos litúrgicos a este período de preparación a
las solemnidades pascuales.
Nos limitaremos a echar una mirada al itinerario religioso y moral que el
espíritu de la Cuaresma puede presentar todavía a nuestra educación cristiana.
Pues bien, hoy os proponemos, visitantes gratísimos, que intentéis con un acto
de buena, de responsable voluntad, entrar en el espíritu de la Cuaresma y hacer
de ella ejercicio de fortaleza y de ascética.
Queremos cristianos fuertes y coherentes. La Cuaresma es precisamente una
escuela de fortaleza cristiana. Por ello os pedimos a vosotros, y a cuantos
llegue el eco de este sencillísimo discurso. que cambiéis en vuestra opinión, si
necesario fuera, la idea corriente acerca de la Cuaresma, cual si fuere tiempo
de espiritualidad lúgubre y triste. Que la penitencia, impuesta por la Cuaresma
a quien quiera seguir su itinerario, está marcada por pensamientos serios y
exige algunas observancias no agradables, es cosa sabida; pero dichas
observancias, cuando están inspiradas en el amor de Cristo a nosotros, no
pueden producir en el ánimo sentimientos deprimentes o desmoralizantes, sino más
bien sentimientos de humildad sincera, rebosante de energía, y como
predispuestos por el premio que nos espera: la paz y la alegría del alma.
En el propósito del hijo pródigo decidido valientemente a volver a la casa paterna, vibra ya una fuerza de ánimo que deberá luego, incluso
considerada subjetivamente, plasmarse en un alentador sentimiento de renovación
interior. "Surgam et ibo: Me levantaré e iré" (Lc 15, 18); de este modo el pródigo, tornando de sus andanzas de perdición, las
transforma ahora en etapas de redención.
Mirad: la penitencia cristiana puede compararse a un ejercicio físico de
gimnasia, fatigoso, sí, pero al mismo tiempo fortalecedor.
La penitencia cristiana es un ejercicio espiritual que exige cierto esfuerzo, pero no es un ejercicio deprimente o envilecedor.
Limitándonos a un análisis elemental, pero esencial, podemos concentrar en
tres puntos el proceso de la penitencia cristiana, que está dotada en el
lenguaje bíblico con una palabra capital, que ahora ha venido a ser de uso
corriente, en griego metánoia, que quiere decir conversión, cambio de
ruta; algo así como un enérgico golpe de timón que modifica y, con frecuencia, incluso invierte la marcha que se estaba siguiendo (cf.
Mt 3, 2; 4, 17).
Este es el punto más importante y, si se estudia sicológicamente, se ve que no
tiene nada de deprimente; antes bien, es señal de maduración de pensamiento y de
nuevo vigor de la voluntad personal.
Luego, un segundo punto, más difícil aún tanto en la maduración de la
conciencia como en su valoración objetiva; es la conciencia del mal moral, del
que uno se ha hecho culpable; es la conciencia de pecado. Esta implica un aviso
terrible que la superficialidad moral de la gente no suele admitir y hasta
rechaza intencionalmente, aunque forma parte real y esencial del orden moral,
ese orden moral que se ha violado.
Nuestra vida de hombres libres y conscientes está ligada existencialmente a los
ojos de Dios, a su juicio directo, a su bondad que exige una obligación moral
inmanente; observancia que marca las oscilaciones de la aguja fatal entre el
bien y el mal, entre la acción justa y buena y su contraria, que tiene un nombre, hoy silenciado por muchos, el nombre fatal de
pecado.
El pecado es violación de una relación inmanente y trascendente, la relación
del hombre con Dios; es una ofensa a Dios, a la razón, al orden exigido
por las circunstancias y la situación. San Agustín acuñó una definición que
perdura hasta nuestros días: "El pecado es un hecho, dicho o deseo contra la
ley eterna. La ley eterna es un pensamiento divino o una voluntad de Dios que
manda mantener el orden natural o prohíbe alterarlo" (Contra Faustum,
1, 22, cap. 27; PL 42, 418).
El estudio resulta tan interesante como arduo. Bástenos recordar la repercusión
ontológica que tienen nuestras acciones en la pantalla siempre tensa e
infalible de la mirada divina. Dios ve, Dios recuerda, Dios juzga. Quo a facie tua fugiam?
(Sal
138, 7); ésta es una situación real a la que no podemos sustraemos nunca.
"¿Adónde huir de tu faz?". Y éste es el aspecto más delicado y tremendo para la
conciencia humana y constituye uno de los capítulos más corrientes, pero más
graves y también más consoladores y alentadores de las acciones humanas.
Sí, porque toda esta pedagogía ético-espiritual lleva a un gran precepto del
arte cristiano del bien vivir: el precepto del dominio propio. Tema inmenso y
de primer orden, al que nos conduce y en el que nos deja este breve recorrido
por los senderos de nuestra Cuaresma.
Tengamos confianza, tengamos fortaleza.
Estamos en el buen camino, el camino de la Vida, de la Vida pascual.
Con nuestra bendición apostólica.
Saludos
(A los componentes del Circo Medrano)
Nos da alegría saludar hoy a un grupo muy particular, el de los componentes del
Circo Medrano, que ha vuelto a Roma al cabo de 25 años de ausencia.
Hijos queridísimos, os expresamos nuestra satisfacción cordial por vuestra
presencia aquí. Esta es señal de sincera sensibilidad religiosa
y cristiana, y nos ofrece oportunidad de deciros que os estamos
muy cercano paternalmente en vuestro trabajo de circo, tan peculiar,
que armoniza admirablemente el arte y la diversión. Vuestra vida
peregrinante es ocasión para recordar a todos que la existencia humana sobre la tierra
es provisoria y conviene "pasar haciendo bien" (Act
10, 38). Al terminar la audiencia asistiremos con sumo gusto a
algunas demostraciones de vuestro arte circense. Mientras tanto, a
todos vosotros, a los miembros de la familia Casartelli, a
los artistas y a los empleados, concedemos nuestra propiciadora bendición apostólica.
(Al Pontificio Seminario Francés de Roma)
Agradecemos al Seminario Francés de Roma el haber venido
a visitarnos. No dudamos de que la presencia compacta aquí de
todo el Seminario expresa la voluntad de todos y cada uno de fidelidad
sin equívocos a la Sede de Pedro. De otro modo, vuestra misión
de educadores de la fe católica, que algunos han estado
ejerciendo ya, se diluiría rápidamente en un subjetivismo doctrinal
y pastoral, incapaz de edificar comunidades cristianas que
vivan en la verdad y en la caridad de Cristo. Mientras esperáis
el momento de ocupar un puesto en el presbyterium de vuestras diócesis respectivas,
decimos bien en el presbiterio, como cooperadores confiados y
leales del obispo al servicio del Pueblo de Dios, os expresamos viejos
deseos siempre nuevos. Que cada uno se sienta seriamente
responsable de la calidad del ambiente fraterno en el Seminario de Santa
Clara, de la calidad del trabajo intelectual, de la calidad de la apertura permanente
y objetiva a las reales necesidades pastorales de los hombres de hoy, de la calidad de la
vida espiritual, personal y comunitaria. En resumen: que el
Seminario Francés de Roma, como los de Francia y otros sitios,
contribuyan con su estilo de vida al relevo del sacerdocio
católico, relevo que se esboza dulcemente pero con firmeza por todo
el mundo más o menos. Con nuestra bendición apostólica.
(A los miembros del Centro Anglicano)
Nos complace especialmente anunciar la presencia en esta audiencia
de los miembros del Centro Anglicano. Queridos hermanos: en
la caridad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo os damos la más cordial bienvenida de la Iglesia que está en
Roma. Experimentamos gozo al teneros aquí con nosotros, y rebosamos
de esperanza de que Dios escuche la oración vuestra y
nuestra por la perfecta unidad cristiana. Mientras tanto proclamamos con el Apóstol Pedro: "La paz a todos vosotros los que estáis en Cristo"
(1 Pe 5, 14).
(En castellano)
Amadísimos hijos e hijas: El período litúrgico en el que nos encontramos, la Cuaresma, nos invita a penetrar en el espíritu de este
tiempo, al que la Iglesia atribuye particular importancia. Es un período de
práctica de la fortaleza cristiana, pues necesitamos cristianos fuertes y
coherentes. No se trata de dar a nuestra vida una orientación triste, sino de impregnarla del
amor de Cristo, que inspirará en nosotros sentimientos de confianza, de
seguridad de conseguir el perdón y la alegría de espíritu. Una actitud que
aparece bien clara en el hijo pródigo que se decide a volver a la casa paterna.
La penitencia cristiana, propia de este tiempo, ha de realizar en nuestra vida
una verdadera conversión o cambio de ruta. Ha de hacernos conscientes de que
con el pecado violamos la ley de Dios, que siempre ve todo lo que hacernos. Y ha
de darnos ese dominio de nosotros mismos que nos mantenga constantemente en el
recto camino. Tengamos confianza y seamos fuertes. La Cuaresma es la senda
hacia la vida, hacia la vida pascual. Con nuestra bendición apostólica para vosotros y cuantos nos escuchan por radio.
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