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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 21 de junio de 1978

 

Este discurso breve que estamos obligado, y somos feliz de dirigir a los fieles y a los visitantes en nuestra audiencia semanal del miércoles, no puede dejar de tener por tema nuestra misma persona; de costumbre nos abstenemos de hacerla objeto de nuestra palabra por deber de discreción, demasiado persuadido como estamos de su pequeñez, tanto más patente cuanto más despierta está en nosotros la conciencia de la responsabilidad de la función apostólica a que hemos sido llamado. Pero hoy el aniversario, el XV ya, de nuestra elección a la Cátedra de San Pedro, nos obliga a alabar al Señor —que acostumbra elegir a los pequeños para el desempeño de su ministerio— por haber confiado la guía suprema de su Iglesia a nuestra humilde persona. que espera poder apropiarse la frase de un predecesor nuestro, de estatura muy distinta de la nuestra, San León Magno; éste, rindiendo honor a la obra de Dios en él, nos dejó unas palabras memorables: "Dabit virtutem, qui contulit dignitatem: Aquel que dio la dignidad, dará la fuerza" (Sem. II: PL 54, 145).

Pues bien, hijos y hermanos, ¿cuál es nuestro mensaje? No tiene nada ni de grandioso ni de original, bien lo sabemos; pero ha procurado estar acorde con el de nuestros predecesores. Ellos abandonaron los velos caducos de la regia faz de la Iglesia, para dejar que resplandeciera en la realidad original, su rostro pobre y desnudo, despojado de todo ornamento artificial, y a la vez, irradiante de su belleza sobrehumana, reflejo de una luz inefable, una belleza jamás satisfecha de la forma concreta e ideal que le corresponde, y que se esfuerza por realizar en la historia; pero una belleza tal que puede ya desde ahora hacer patente la presencia encarnada del Verbo de Dios con una apología encantadora. No es nuestro el prodigio, sino que como alba perenne, preludio de resplandor perfecto, la Iglesia vive de un carisma que no es suyo, pero que está divinamente infundido en ella y a ella va destinado; el carisma de la verdad divina plasmada en rasgos humanos. En este siglo, la Iglesia, coherente con las características que habían sido suyas siempre y que ahora con mayor sencillez y autenticidad la definen humana y divina, se va abrillantando con la evidencia de los principios que proclama a fin de dar al rostro de la humanidad una fisonomía sobrehumana, la fisonomía de la unidad, de la paz, de una felicidad en ciernes que parece ensueño o esperanza fatua a quien no capta la amplitud oceánica de la vida inaugurada por Cristo.

Sí, desde luego. La historia, es decir, la evolución del hombre en el tiempo, sigue siendo un drama que al irse desarrollando, se diversifica en tendencias cada vez más opuestas. Ved cómo por un lado la potencia de la materia se perfecciona y agiganta, hasta provocar el trauma del miedo a sí misma (¿...quién puede calcular hoy el alcance trágico de los peligros que se abalanzarían sobre la faz de la tierra, si la ciencia y la técnica se empleasen contra la vida humana?); y ved cómo, por otro lado, la sinceridad y la sencillez de la naturaleza parecen consolar al hombre mortal devolviéndole la confianza en la existencia. Hay tanta posibilidad del bien y tanta de mal en el mundo moderno, que parece estar comprometida sin remedio la suerte de la humanidad. Nosotros seguimos siendo optimista. Seguimos pensando que de los dones ofrecidos por la naturaleza se pueden derivar condiciones estupendas para nuestra existencia temporal.

Pero este cuadro nuestro se debe interpretar en un marco más amplio y más auténtico, que nuestra religión domina con providencia inefable: la preside la cruz con su designio de dolor y salvación. Llegados a este punto, nosotros debemos revelaros la preocupación que domina nuestra función, es decir, nuestro servicio al mundo y a la Iglesia. Pues bien, lo diremos todo en una palabra. Esta preocupación, o sea, nuestro programa es para nosotros el Concilio Vaticano II, que celebramos hace unos años y que ahora nos afanamos por traducirlo en vida, en Espíritu viviente.

Hermanos e hijos, seamos fieles a este gran acontecimiento y hagamos de él la luz de nuestra historia. Nos sostenga y nos guíe el amor a la Iglesia para hacer de él de verdad lámpara de nuestra historia y de nuestra esperanza de ultratumba.

Con nuestra bendición apostólica.


Saludos

Deseamos dirigir también un saludo paterno y afectuoso a los distintos grupos de sacerdotes, especialmente numerosos en esta audiencia: sacerdotes de la diócesis de Novara, acompañados de su Pastor; sacerdotes de Brescia, que entran en el XXV aniversario de su ordenación sacerdotal y lo han querido iniciar haciéndonos una visita; sacerdotes ex-alumnos de los seminarios regionales de Bolonia y Salerno; nuevos sacerdotes de la archidiócesis de Ferrara, que vienen acompañados del rector del seminario y de sus familiares; sacerdotes de la diócesis de Orihuela-Alicante (España), y religiosos Hermanos de la Instrucción Cristiana de Ploërmel, que han hecho en Roma un curso de renovación espiritual. A todos vosotros, queridísimos sacerdotes y religiosos, os queremos recordar las palabras con las que el Concilio Vaticano II sintetiza felizmente vuestra misión en la Iglesia y en el mundo: "Los presbíteros, por la sagrada ordenación y misión que reciben de los obispos, son promovidos para servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio participan, por el que la Iglesia se edifica incesantemente aquí en la tierra, como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo" (Presbyterorum ordinis, 1). Que toda vuestra vida sea una transparencia luminosa y una realización continua de dicho servicio a Cristo mediante la fidelidad humilde, generosa e incansable al Evangelio, a la Iglesia, a las almas y a las vocaciones. Os acompañe siempre nuestra paterna bendición apostólica.

(A un grupo de consiliarios de Acción Católica Juvenil de Italia)

Hoy tenemos entre nosotros la grata presencia de un grupo de consiliarios diocesanos del sector juvenil de Acción Católica Italiana, que se hallan reunidos en Roma estos días para profundizar sobre el tema "La pastoral juvenil hoy". Para todos ellos nuestra paternal bendición y bienvenida, y nuestro más afectuoso saludo. Carísimos, seguimos con interés particular la actividad que estáis llamados a desarrollar entre los jóvenes, y deseamos confirmaros nuestro apoyo. Al mismo tiempo os animamos a proseguir con entusiasmo en vuestra delicada misión de testigos íntegros del Evangelio y suscitadores del compromiso eclesial entre los jóvenes. Con incansable solicitud presentad a los jóvenes el rostro auténtico de Cristo y de la Iglesia; con la palabra y con el ejemplo, sed siempre fieles "indicadores de dirección". Y lo seréis de verdad si los jóvenes encuentran en vosotros alegría serena, pasión por el Evangelio y "semejanza" de vida con Cristo. Entonces llevaréis a efecto la renovación de las comunidades cristianas en la fe indefectible, en el empuje de la esperanza y en el amor que, solo, edifica el Cuerpo de Cristo. Tened un corazón grande que no se deje abatir ante las dificultades del mundo contemporáneo. La oración prolongada y la amistad con los hermanos en el sacerdocio, os sirvan de consuelo y apoyo en vuestra dedicación al bien de aquellos que serán los hombres del mañana. Os acompañe nuestra bendición apostólica.

(En español)

Amadísimos hijos e hijas: El décimoquinto aniversario de nuestra elección a la Cátedra de Pedro nos obliga a decir unas palabras acerca de nuestra misión de guía supremo de la Iglesia. ¿Cuál es, hijos y hermanos, nuestro mensaje? Este, en consonancia con el de nuestros predecesores, ha buscado hacer visible la Iglesia en su realidad original, despojada de apariencias reales, radiante con una hermosura sobrehumana, inefable, que refleja con mayor claridad la presencia del Verbo encarnado. Es una perenne aurora que preanuncia la luz perfecta. La Iglesia, coherente consigo misma, ha tratado de revestirse de formas que la definen de modo más sencillo y auténtico, iluminada por principios que buscan dar al rostro de la humanidad una fisonomía sobrehumana, en la unidad, la paz, la felicidad inicial que se completará en Cristo. La historia humana, con su bien y mal, nos hace ser optimistas, porque confiamos en los dones de la naturaleza, vistos a la luz del designio divino. Finalmente, nuestro pensamiento dominante, nuestro programa, ha sido llevar a la práctica el Concilio Vaticano II. Seamos fieles a este acontecimiento. El amor a la Iglesia nos haga lámparas en la historia, con la esperanza en el más allá. Con nuestra bendición apostólica.

 

 

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