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  HOMILÍA DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL CUERPO DIPLOMÁTICO
DURANTE LA MISA DEL GALLO *

Capilla Sixtina
Viernes 25 de diciembre de 1964

 

Excelencias, Señoras y estimados Señores:

Bienvenidos seáis a esta ceremonia nocturna, tan diversa de las otras, tan íntima y familiar.

Nos alegramos muchísimo de vuestra presencia, para poder ofreceros los votos más especiales y más sentidos. Y en esta ocasión, que está fuera de todo carácter oficial, Nos os presentamos los deseos más cordiales que nunca, para vuestras personas, para vuestras familias, para vuestras misiones y para vuestros respectivos países. ¡Qué emocionante es para Nos ver en cada uno de vosotros un pueblo, un Estado libre y soberano, una sociedad humana! Esta presencia, tan plena y agradable, da libre curso a todo Nuestro inmenso afecto. ¡Qué emoción Nos sentimos al pensar que una comunidad de naciones, a través de vuestra función diplomática, está libre y espiritualmente cerca de Nos! Vosotros sois para Nos en esta noche, el mundo; vosotros sois la humanidad, con la cual Nos tenemos el deber y el honor de entablar relaciones amistosas, y a la cual Nos queremos reservar las mejores pruebas de Nuestra estima, de Nuestra voluntad de solidaridad, de colaboración y de servicio por el bien de la civilización y de la paz. ¡Vosotros sois Nuestra familia! Es decir lo más querido para Nos, porque Nuestro ministerio universal se consagra a las naciones de las cuales vosotros sois los dignos y calificados Representantes.

Por eso, en esta atmósfera única de espiritualidad y de intimidad, Nos atrevemos a confiaros Nuestro secreto. El rito que Nos celebramos introduce en alguna manera a quienes participan en él en el número de los iniciados en los misterios propios del Cristianismo. Ciertamente vosotros conocéis los misterios que en esta hora tan si precio esperáis os revelemos. Se trata del anuncio de la Navidad: éste es Nuestro secreto. De él la Iglesia vive, de él toma su tradición milenaria y en él halla la justificación, de su misión en la historia, de él proviene su preocupación por estar presente y activa en el mundo. Vosotros conocéis el rostro con el cual la Iglesia se os presenta; esta noche os revelamos su corazón.

He aquí su corazón. Nos sabemos, Nos creemos que un hecho sin precedentes, excepcional y decisivo, se ha cumplido en el curso inmenso y confuso de la historia de la humanidad: Dios —Nos decimos: Dios, el Verbo de Dios—, se ha hecho hombre. El amor infinito, se ha inserido en la trama de la vida humana. Los cielos se abrieron; la trascendencia divina ha quedado casi al descubierto; una voluntad de salvación ha descendido sobre la tierra; una bondad infinita se ha acercado a nosotros, el Verbo profundo e inefable de Dios se ha expresado con palabra humana, se ha hecho Evangelio, mensaje de gozo, de esperanza y de paz.

Nos, no terminaríamos nunca de hablar de este acontecimiento fundamental; con sólo mencionarlo Nos exalta y Nos confunde. Es así; y Nuestro espíritu desborda de gozo y de fuerza.

Nos os hacemos estas confidencias, queridos Señores, porque celebramos precisamente la noche de la revelación de Nuestro secreto, que no es otra cosa que la fe en la Encarnación. Nos no os preguntamos si la compartís – el hecho de estar presentes lo dejaría suponer, para Nuestro mayor gozo –. Pero Nos simplemente os pedimos que tengáis en cuenta esta circunstancia decisiva: que la Iglesia, que Nos mismo, tomamos Nuestra razón de ser del misterio de Navidad; y que por eso Nuestra misión no es más que la continuación y la propagación del hecho evangélico que Nos conmemoramos esta noche. Nuestra sola razón de ser y Nuestra única voluntad consisten en difundir en el mundo el amor y la paz. Un amor y una paz que tienen su origen en una fuente más alta, inagotable y que expande a todos los pueblos, a cada hombre que quiera recibirlas, las aguas purísimas y regeneradoras.

Nos os rogamos, queridos Señores, a vosotros, que sois los intermediarios calificados de Nuestras relaciones profanas con el mundo, que digáis a las naciones que representáis al menos esto de Nuestra parte: somos un organismo, un centro organizado, no para algún interés personal de orden temporal, sino para difundir en el mundo, para su mayor bien, el amor y la paz. Tratamos de hacer Nuestro al celebrar la Navidad, el significado del nombre de Belén, que quiere decir la casa del pan. Nos queremos ofrecer al mundo el pan del cual tiene hambre, el pan material según Nuestras posibilidades, y el pan espiritual, recordando que Cristo se ha definido a Sí mismo el Pan de Vida, porque nadie como El conoce las necesidades de los hombres y nadie, sino El, puede satisfacerlas.

En esta invitación que Nos os dirigimos para que deis testimonio de Nuestra misión, vuestra función diplomática halla a Nuestros ojos, su actuación y un aumento de dignidad.

Nuestro deseo es que vuestras personas sean las primeras en gozar del mensaje que Nos transmitimos, mensaje de amor y de paz, mensaje de Navidad.


*ORe (Buenos Aires) año XV, n°644 p.2, 3.

 

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