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XXV JORNADA MUNDIAL DE LOS LEPROSOS
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD PABLO VI
Domingo 29 de enero de 1978
Venerables hermanos,
fieles todos y especialmente vosotros, jóvenes
queridísimos:
Habéis recorrido las calles de la ciudad en marcha silenciosa, y en número muy
elevado habéis venido a la tumba del Príncipe de los Apóstoles para escuchar la
Palabra de Dios, para orar juntos, para manifestar públicamente vuestra fe en
Cristo Señor y Salvador, y para lanzar una vez más al mundo contemporáneo un mensaje de amor y de
esperanza.
Habéis deseado y pedido celebrar la XXV Jornada mundial de los
leprosos con el Vicario de Cristo;
y con gran agrado, cual Obispo de la sede de Roma "que preside en la caridad" (San Ignacio de Antioquia,
Carta a los romanos, Inscr. Funk,
Patres Apostolici, I, 252), y como Pastor de la Iglesia universal, queremos recoger vuestra voz
implorante y dilatar vuestro corazón generoso, haciendo nuestro el programa
"Lucha contra la lepra y contra todas las lepras", que os habéis propuesto.
Ya ha resonado la Palabra de Cristo, Verbo encarnado, para que reflexionemos
sobre ella. La liturgia nos ha hecho oír el célebre pasaje del Sermón de la
Montaña, tal como lo refiere el Evangelio de Mateo: las bienaventuranzas, uno de los puntos clave
del mensaje evangélico, uno de sus textos más sorprendentes y más positivamente
revolucionarios ¿Quién se había atrevido en el curso de la historia a proclamar
"felices" a los pobres de
espíritu, a los afligidos, a los mansos, a los hambrientos, a los sedientos de
justicia, a los misericordiosos a los puros de corazón, a los artífices de paz,
a los perseguidos, a los insultados (cf. Mt 5; 1-12).
Aquellas palabras sembradas en medio de una sociedad asentada en la fuerza, en
el poder, en la riqueza, en la violencia, en el atropello podían interpretarse como programa de una vileza y
una abulia indignas del hombre. Y en cambio, eran el pregón de la nueva
"civilización del amor" que surgía sobre la base de valores mal vistos y despreciados por la inteligencia obtusa del
hombre, inclinado sólo a la tierra; pero que en los designios amorosos de Dios
eran instrumentos de redención, de liberación y de salvación. Eran aquellos
valores que descubrió San Pablo, estupefacto, San Pablo que había
experimentado en su misma persona el método de Dios tan lejano de la lógica
humana: “Eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios y eligió
Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo, el
desecho del mundo, lo que no es nada, eligió Dios para destruir lo que es” (1 Cor 1, 27 ss.).
Los pobres, los afligidos, los manos, los misericordiosos, los
artífices de paz pasaban a ser los destinatarios privilegiados del mensaje de Jesús y los
beneficiarios de la gracia de Dios.
Ya en el siglo VII antes de Cristo, por ejemplo, el profeta Sofonías había
arremetido contra las seguridades presuntuosas sobre las que se afincaban los
israelitas, a causa de la elección divina. Pues la alianza con Dios presuponía
constante compromiso y fidelidad gozosa a su voluntad. Iba a nacer un pueblo
nuevo formado por los humildes, los "pobres", que se confiaban
exclusiva y completamente a Dios.
El pregón evangélico de "bienaventuranza", de felicidad, conserva y
aun aumenta su validez plena en la jornada de hoy, en que los católicos y todos
los hombres de buena voluntad del mundo entero están invitados a manifestar su solidaridad hacia los hermanos leprosos con un gesto concreto y efectivo.
¡La lepra! Ya sólo el nombre produce sensación de aprensión y horror. Sabernos
por la historia que esta sensación se experimentaba con fuerza en la antigüedad,
sobre todo entre los pueblos de Oriente, en donde esta enfermedad, a causa del clima y de la higiene, se notaba mucho. En el Antiguo Testamento (cf.
Lev c. 13-14) encontramos una casuística y una legislación minuciosas y pormenorizadas
con respecto a las personas afectadas de esta enfermedad: los miedos
ancestrales y las ideas reinantes sobre su fatalidad, incurabilidad y contagio
obligaban al pueblo hebreo a tomar medidas oportunas de prevención, a través del aislamiento del leproso, que al ser considerado en
estado de impureza ritual, llegaba a encontrarse física y sicológicamente
marginado y excluido de las actividades familiares, sociales y religiosas del
pueblo elegido. Además, se consideraba a la lepra como señal de condenación, en
cuanto que se la juzgaba castigo de Dios. No quedaba más que la esperanza de que
el poder del Altísimo quisiera curar a los afectados de este mal.
En su misión de salvación, Jesús se encontró con frecuencia con leprosos, seres
de aspecto desfigurado, privados del reflejo de la imagen de la gloria de Dios
en la integridad física del cuerpo humano, auténticas ruinas y despojos de la
sociedad de aquel tiempo.
El encuentro de Jesús con los leprosos es el tipo y ejemplo de su encuentro con
todo hombre, sanado y encaminado de nuevo a la perfección de la imagen divina
primigenia, y admitido otra vez en la comunión del Pueblo de Dios. En estos
encuentros Jesús se manifestaba cual portador de una vida nueva, de una plenitud
de humanidad, perdida hacía tiempo. La legislación mosaica
marginaba al leproso, lo condenaba, prohibía acercarse a él, hablarle o tocarlo.
En cambio Jesús se muestra antes que todo soberanamente libre respecto de la
ley antigua: se acerca al leproso, le habla, lo toca, y hasta lo cura, lo sana,
hace que su carne vuelva a tener la frescura de la carne de un niño. "Viene a El
un leproso —se lee en Marcos— que suplicando y de rodillas le dice: Si quieres,
puedes limpiarme. Enternecido, extendió la mano, lo tocó y dijo: Quiero, sé
limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio" (Mc 1, 40-42; cf.
Mt 8, 2-4;
Lc 5, 12-15). Lo mismo ocurrirá con otros diez leprosos (cf.
Lc 17, 12-19). "Los leprosos quedan limpios", ésta es la señal de su mesianidad
que Jesús da a los discípulos de Juan Bautista, que habían acudido a
interrogarle (Mt 11, 5). Y a sus discípulos Jesús les confía esta misma misión suya: "Predicad diciendo: El reino de Dios se acerca... limpiad a los
leprosos" (Mt 10, 7 ss.). Afirmaba, además, que la pureza ritual es completamente accidental, que la
pureza decisiva e importante para la salvación es la pureza moral, la del
corazón, la de la voluntad, que no tiene nada que ver con las manchas de la
piel o de la persona (cf. Mt 15, 10-20).
Pero el gesto amoroso de Cristo acercándose a los leprosos, confortándolos y
curándolos, tiene expresión plena y misteriosa en la pasión, cuando Cristo,
torturado y desfigurado por el sudor de sangre, la flagelación, la coronación
de espinas, la crucifixión, el rechazo que le opone el mismo pueblo que había
recibido tanto bien de El, llega a identificarse con los leprosos, pasa a ser
su imagen y símbolo, como ya había intuido el profeta Isaías contemplando el
misterio del siervo de Yavé: "No hay en él parecer, no hay hermosura...
Despreciado, deshecho de los hombres... ante quien se vuelve el rostro... y
nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado" (Is 53, 2-4).
Precisamente es de las llagas del cuerpo atormentado de Jesús y de la potencia
de su resurrección, de donde brota la vida y la esperanza para todos los hombres
afectados por el mal y las enfermedades.
La Iglesia ha sido siempre fiel a la misión de anunciar la Palabra de Cristo
junto con el gesto de misericordia hacia los que son los últimos. A través de
los siglos se ha ido verificando un crescendo avasallador y extraordinario de
entrega a los afectados por las enfermedades más repugnantes humanamente,
y por la lepra en particular, cuya presencia tenebrosa continuaba persistiendo en el mundo Oriental
y
Occidental. La historia saca a la luz con toda claridad el hecho de que los cristianos han sido
los primeros en interesarse y preocuparse del problema de los leprosos. El
ejemplo de Cristo había creado escuela y ha sido fecundo en solidaridad,
entrega, generosidad y caridad desinteresada.
En la historia de la hagiografía cristiana ha quedado como emblemático un episodio referente
a Francisco de Asís; era joven como vosotros; al igual que vosotros buscaba el gozo, la felicidad,
la gloria; y al mismo tiempo quería dar un significado total y definitivo a la
propia existencia. De entre todos los horrores de la miseria humana, Francisco sentía repugnancia instintiva
hacia los leprosos.
Pero un día estaba cabalgando por los alrededores de Asís, se encuentra precisamente con uno de
ellos. Sintió una fuerte repulsión; pero para no contradecir su afán de llegar a ser
"caballero de
Cristo" se abalanzó de la silla, y mientras el leproso le extendía la mano pidiéndole
limosna Francisco le entregó el dinero y lo besó (cf. Tommaso da Celano, Vita seconda di San Francesco
d'Assisi, 1, V: Fonti Francescane, Asís, 1977, 1, pág. 561;
San Bonaventura da Bagnoregio, Leggenda maggiore, I, 5; ed. c., pág. 842).
La grandiosa expansión de las misiones en la época moderna ha
dado nuevo impulso al movimiento en favor de los hermanos leprosos. En todas las regiones del
mundo los misioneros han encontrado enfermos de éstos, abandonados, rechazados, víctimas de entredichos sociales
y legales, y de
discriminaciones, que degradan al hombre y violan los derechos fundamentales de la
persona humana. Por
amor de Cristo, los misioneros han anunciado siempre el Evangelio también a los
leprosos; han tratado por
todos los medios de ayudarles y de curarles con las posibilidades que podía ofrecer
la medicina (muy
primitiva a veces); pero sobre todo los han amado, librándoles de la soledad y
de la incomprensión, e incluso algunas veces compartiendo en pleno su vida, porque descubrían la imagen
de Cristo doliente en el cuerpo desfigurado del hermano. Queremos recordar la
figura heroica del padre Damián de Veuster, que decidió y pidió a los superiores
ser segregado con los leprosos de Molokai, para quedarse con ellos y comunicarles la
esperanza evangélica, hasta que al fin fue atacado él también por
la enfermedad y participó de la suerte hermanos hasta la muerte.
Pero con él queremos recordar y presentar a la admiración y
ejemplo del mundo a los miles de misioneros,
sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, catequistas y médicos que han querido hacerse amigos de
los leprosos y cuya generosidad edificante y ejemplar nos sirve hoy
de consuelo y estímulo para continuar esta lucha humana y cristiana, "la
lucha contra la lepra y contra
todas las lepras" que se extienden por la sociedad contemporánea, tales
como el hambre, la discriminación y el subdesarrollo.
En este último siglo el hombre ha hecho grandes progresos en el campo
científico, de los que puede enorgullecerse legítimamente. También en el
terreno de la medicina, investigaciones rigurosas y pacientes han logrado
encontrar fármacos que hacen menos peligrosa la lepra, deteniendo la
devastación que produce en el cuerpo y haciendo posible el tratamiento de estos
enfermos sin necesidad de segregarlos de la convivencia social.
Y sin embargo. según dicen los expertos. existen hoy en el mundo nada menos que
15 millones de hermanos leprosos, especialmente en Asia, África y América
Centro-Meridional. Es una cifra que hace pensar a todos. ¿Cómo podemos vivir
tranquilos en nuestras ciudades, en las que la sociedad opulenta nos ha ofrecido
y ofrece lo superfluo, condicionándonos a través de sus engañosos medios de
comunicación social, empujándonos a disfrutar de todo y a desperdiciar lo
necesario, mientras otros hombres iguales a nosotros son torturados y se están
deshaciendo en su carne porque carecen de medios, de hospitales debidamente
equipados, de medicinas específicas?
Por esto nos dirigimos hoy a todos nuestros hijos esparcidos por el mundo, a
todos los hombres de buena voluntad, a los hombres del poder, de la política, de
la economía, de la cultura, para que de este problema tan acuciante que nos
afecta directamente a nosotros, pues ataca a semejantes nuestros, no se haga
caso omiso, antes se afronte con valentía a todos los niveles, especialmente
en el plano internacional.
Pero con interés muy especial dirigimos nuestro llamamiento paterno y urgente a
vosotros, jóvenes presentes en esta basílica, vibrantes de vida y de
entusiasmo; y a todos los jóvenes que se interesan no sólo de su porvenir, sino
también del de los demás. ¿Acaso queréis cerraros, encastillaros en un egoísmo individualista, cerrando los ojos a esta realidad dolorosa? O, por el contrario,
¿os proponéis abrir vuestro corazón fogoso a la solidaridad y a la acción
ofreciendo vuestro aporte personal de ideas, acciones y sacrificios por los
hermanos leprosos?
Recordadlo bien, hijos queridísimos, en pleno 1978 hay millones de niños,
jóvenes, hombres, mujeres y ancianos atacados de lepra, que en este momento os
piden ayuda.
¿Qué vais a responder y cómo a esta súplica angustiada?
No dudamos de que vuestra respuesta será decidida y generosa, y lleno de
confianza nos dirigimos a vosotros porque tenéis en vuestras manos y en vuestro
corazón el futuro de la sociedad, el futuro de la Iglesia, y consiguientemente el futuro de los leprosos que sin duda será más sereno.
Quiera el cielo que al final de nuestra aventura humana, al término y conclusión
de nuestra biografía personal, Cristo, juez supremo de la historia, nos dirija
estas palabras emocionantes y portadoras de dicha: "Venid, benditos de mi Padre,
tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo"
(Mt 25, 34), porque estaba "leproso" y habéis hecho todo lo posible por curarme,
porque volviera a disfrutar de mi plena dignidad, porque sanase no sólo de las
llagas de la piel, sino por cicatrizar también las heridas de mi corazón
desgarrado por la soledad, por insertarme de nuevo en el seno de la sociedad,
por darme otra vez la serenidad y la alegría de vivir. Venid. Así sea
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