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CARTA DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LA TERCERA CONFERENCIA DEL LAS NACIONES UNIDAS
PARA EL COMERCIO Y EL DESARROLLO*

 

Al Excelentísimo Señor Manuel Pérez-Guerrero
Secretario General de la Conferencia de las Naciones Unidas
para el Comercio y el Desarrollo

Al iniciarse en Santiago de Chile la tercera Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, queremos expresaros nuestros más vivos deseos de que los trabajos de tan importante Asamblea se vean coronados felizmente con un éxito que corresponda a las legítimas esperanzas suscitadas.

Sabemos bien que a este deseo, compartido por los hombres y los pueblos del mundo entero, se añade una preocupación por la complejidad y la amplitud de los problemas contenidos en el orden del día, y también por la diversidad y a veces hasta la divergencia de actitudes que afloran. Por nuestra parte, queremos poner nuestra confianza, con Usted, ante todo en la aspiración a la justicia y en el sentido de la fraternidad radicados en el corazón de los hombres, a los cuales vuestra Conferencia quiere ofrecer, dentro del campo de su competencia, la oportunidad de poder manifestarse con autoridad, con madurez y con eficacia.

Ciertamente, al igual que el año 1968 en Nueva Delhi, vuestra Conferencia se celebra en un contexto de crisis internacional que afecta a la moneda, al sistema de cambios e incluso a la cooperación para el desarrollo. Las resistencias inspiradas en los intereses nacionales dan la impresión de haberse agudizado ulteriormente. Numerosas estructuras económicas de dominio no han sufrido corrección alguna, no obstante el acceso de los pueblos a su independencia política; la desigualdad de la renta y de las condiciones sociales tienden a aumentar, no sólo entre los pueblos, sino también en el interior de algunos países.

Vuestra Conferencia es consciente tanto de la importancia de los objetivos que noblemente se ha propuesto, como de los límites de los mismos. Sabéis perfectamente que ni la reforma del comercio internacional, ni la ampliación de la ayuda y de la cooperación son capaces de asegurar por sí solas un desarrollo más solidario y más humano entre los pueblos. En muchos casos son las estructuras mismas del poder y de la decisión las que deben ser cambiadas para poder lograr, en todas partes, una mayor participación en las responsabilidades a nivel político, económico, social y cultural. ¿No es una exigencia de la justicia el que todos los pueblos, cualquiera que sea el grado de su fuerza económica, puedan participar de una manera efectiva en toda clase de negociaciones de alcance mundial?

No cabe duda de que la preponderancia de las grandes Potencias o de las Organizaciones plurinacionales provoca particular expectación en los países que tienen menor participación en la riqueza del mundo. Es propósito de vuestra Conferencia ofrecer un foro donde todas las voces puedan hacerse oír, cuando se trata de buscar la solidaridad entre las naciones, el realismo en las soluciones y la equidad en la participación de los bienes. No se nos ha pasado por alto el hecho de que vuestros planes prevén prestar especial atención a la suerte de los países menos favorecidos entre aquellos que se hallan en vía de desarrollo. Es encomiable en efecto que la UNCTAD se proponga la abolición de los sistemas en que los privilegiados lo son cada vez más, los ricos comercian cada vez más entre sí, y la ayuda internacional sólo imperfectamente redunda en provecho de las poblaciones más pobres.

A este respecto, Nos querríamos que sea escuchada la voz de los más necesitados, de esos cientos y cientos de millones de hombres, mujeres y niños, que viven al margen de la economía moderna, sufriendo habitualmente la enfermedad, la desnutrición, malas condiciones de alojamiento y de trabajo, el subempleo, el analfabetismo y tantos otros males que les impiden participar plenamente en condiciones de igualdad humana.

Nos os dirigimos este mensaje, Señor Secretario General, consciente de nuestra responsabilidad al frente de una Iglesia universal, que quiere caminar con la humanidad y compartir su suerte en el seno de la historia.

La declaración del último Sínodo de los Obispos da testimonio de esta preocupación y ha hecho un llamamiento al compromiso para servir a una mayor justicia, tanto dentro de las comunidades nacionales como en el plano internacional.

Podéis estar seguro de que todos los católicos y todos los hombres que comparten nuestra común aspiración por un mundo más justo y más equitativo seguirán con interés vuestros trabajos, convencidos de que hoy la paz mundial, en cierto sentido, está en vuestras manos.

Invocando sobre los participantes a la sesión de la UNCTAD reunidos en Santiago de Chile la abundancia de las bendiciones divinas, pedimos al Dios Todopoderoso que favorezca el éxito de vuestros trabajos en beneficio de toda la humanidad.

Vaticano, 7 de Abril de 1972.

PAULUS PP. VI


*AAS 64 (1972), p.379-381;

Insegnamenti di Paolo VI, vol. X, p.375-377;

L'Osservatore Romano, 15.4.1972, p.1;

L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.17, p.2

 

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