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  CARTA DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL DIRECTOR GENERAL DE LA UNESCO
PARA LA VIII JORNADA MUNDIAL DE LA ALFABETIZACIÓN*

 

En el momento en que la UNESCO, al finalizar un programa mundial de diez años, emprende una nueva fase de su lucha contra el analfabetismo, queremos mostrar de nuevo el interés que la Iglesia y la Santa Sede atribuyen a este problema mundial, confirmando de esta manera la acción desplegada durante el curso de los siglos y en muchas regiones para la promoción cultural de los pueblos, tanto entre los adultos como entre los jóvenes.

Por su naturaleza misma, el hombre desea saber: el conocimiento le proporciona una nueva relación con la naturaleza; pero sobre todo le ofrece nuevas posibilidades de diálogo con sus semejantes. La difusión generalizada de una instrucción de base pretende, pues, poner remedio a las desigualdades y a las discriminaciones sociales y permitir el acceso a las responsabilidades tanto en la vida privada como en la colectiva, favorecer una mejor comprensión entre las generaciones, contribuyendo de esta forma a establecer las condiciones de comunicación auténtica entre los hombres.

A pesar de los esfuerzos ya realizados, el problema sigue siendo grave y urgente, debido al crecimiento demográfico y a las cargas crecientes que las exigencias de una alfabetización más avanzada pone sobre los hombros de las naciones. Ciertamente, el importante trabajo realizado por la UNESCO durante los últimos años ofrece una sólida base para las investigaciones y las experiencias. Aprovechando los resultados obtenidos, ha llegado el momento de programar una actuación más amplia, dirigiéndose sin discriminación a todos los estratos de las poblaciones. La responsabilidad de tales iniciativas pesa así de modo particular sobre las autoridades nacionales: a ellas les corresponde dirigir las inversiones y las prioridades educativas, al mismo tiempo que siguen ampliamente abiertas a la colaboración de la iniciativa privada, la cual se ofrece a contribuir desinteresadamente en el esfuerzo común. Desde siempre, la Iglesia ha sabido aceptar la parte que le corresponde en este servicio a los más desheredados, particularmente allí donde aún predomina la pobreza, donde no se puede esperar ganancia alguna material, pero donde el gozo de ver al hombre elevarse y convertirse en agente de su propia educación, de forma que sea él mismo quien mejore la calidad de su vida y descubra su sentido último, es la única recompensa de los que reconocen en todo ser humano la imagen del Creador.

En este campo privilegiado de la colaboración humana, las necesidades siguen siendo inmensas. Su satisfacción debería constituir un objetivo prioritario tanto de la política interna como de la cooperación internacional. ¿Cómo, pues, no extrañarse viendo la importancia que tantos países conceden, de manera unilateral, a la búsqueda de un crecimiento económico puramente material e incluso, de forma desastrosa a las inversiones militares que con tanta frecuencia contribuyen a convertir en precarias la paz y la seguridad? ¿Cómo no recordar, sobre todo, la grave obligación moral que pesa sobre los dirigentes de las naciones ricas, en el sentido de procurar que sus compatriotas tomen conciencia del grave deber de sentirse solidarios con los pueblos menos favorecidos, de ayudarles desinteresadamente y de incluir esta ayuda en sus programas económicos, en vez de buscar constantemente, tanto en el plan nacional como en el internacional, el mayor provecho de sus inversiones?

Así, pues, la cooperación internacional debe realizarse en el marco de un espíritu de sinceridad, de servicio desinteresado, de respeto de las peculiaridades culturales de cada pueblo, con la voluntad de evitar todo cuanto pudiera parecer búsqueda de influencia indebida o forma sutil de colonialismo. Esta es la razón por la cual saludamos y alentamos la proyectada creación de una "Fundación Internacional para la Alfabetización". Esperamos que permita ofrecer a los pueblos menos favorecidos, dentro del marco del Segundo Decenio de la Alfabetización, aquella ayuda desinteresada de la que tienen necesidad, y al mismo tiempo proporcione a los países ricos un camino de actuación que evite todo lo posible el espíritu de rivalidad o de dominio.

Con estas perspectivas, nos complace aprovechar la ocasión que nos brinda la celebración de la Jornada Internacional de la Alfabetización para formular y manifestar nuevamente nuestros mejores deseos a favor del desarrollo de esta gran obra de fraternidad humana, sobre la cual lo mismo que sobre cuantos trabajan en ella, imploramos la abundancia de las divinas bendiciones.

PAULUS PP. VI


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.38, p.12.

 

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