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MENSAJE DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL CONSEJO DE EUROPA*

 

Señor Presidente del Comité de Ministros del Consejo de Europa:

La casa de piedras que próximamente será inaugurada en Estrasburgo simboliza y anticipa el edificio que los hombres y las naciones de Europa están construyendo con sus vidas, para afrontar juntos la etapa histórica que se abre ante ellos.

Se ha recorrido ya un largo camino, desde el día en que el Consejo de Europa vio la luz, como respuesta al llamamiento de hombres bondadosos y decididos, a los que guiaba una lúcida percepción de las necesidades de nuestro tiempo y de las aspiraciones de sus pueblos, por lo que fueron capaces de descubrir nuevos caminos.

Apreciamos de modo particular y queremos decirlo en esta solemne circunstancia – el trabajo que este Consejo realiza en los distintos y múltiples campos de la cooperación europea desde hace más de un cuarto de siglo. Esta actividad puede parecer lenta, pero marca profundamente la vida de los europeos en el sentido de una unificación más humana que política.

Queremos poner de relieve que el Consejo de Europa, la más antigua de las instituciones europeas, ha continuado esta actividad, fiel al ideal señalado por sus fundadores en el preámbulo de su estatuto, a saber, la adhesión a los valores humanos, espirituales y morales, que constituyen el patrimonio común de este continente.

Nos agrada subrayar uno de los frutos más meritorios de la cooperación y del compromiso de los Estados miembros del Consejo de Europa. Superando un pasado de guerra y de destrucciones, los valores comunes surgidos de la vitalidad de los antiguos y diversos pueblos, afines por la herencia grecorromana, purificados, profundizados y universalizados por la fe cristiana, han recibido, a nivel de principios jurídicos, una expresión renovada y eficaz en la Convención Europea de los Derechos del Hombre, que representa una piedra entre miles en el camino hacia la unidad de los pueblos: ¿No manifiesta dicha declaración la sagrada voluntad de construir esta unión basándola sobre el respeto a la dignidad de la persona, a sus libertades y a sus derechos fundamentales?

Anima igualmente observar el sentido de todo el trabajo realizado por el Consejo de Europa. El Comité de Ministros, la Asamblea Parlamentaria, las Comisiones de expertos, ayudados por un Secretariado y un cuerpo de funcionarios cuya competencia iguala a su dedicación han desarrollado desde el primer momento una acción resolutiva para armonizar y fecundar mutuamente las instituciones sociales, los patrimonios culturales, y para ofrecer a las solidaridades que así se han ido tejiendo un cuadro apropiado, en la perspectiva de un servicio más eficaz a la paz y a la justicia en el mundo.

Se han liberado también valiosas energías, se ha impreso un espíritu, se ha abierto un horizonte de esperanza que permiten ahora movilizar la creatividad de todos, especialmente de los jóvenes, para alcanzar nuevos progresos.

Nuestros predecesores, y nosotros mismo, no hemos cesado de animar y estimular a todos los que se han dedicado a la construcción de una Europa unida. Acreditando representantes diplomáticos ante las instituciones europeas, la Santa Sede ha querido manifestar su voluntad de estar presente y de participar, según las modalidades propias de su misión específica, en el esfuerzo común; y ha querido manifestar también el deseo de conocer sus progresos pacientes y laboriosos, de escuchar y aprender, y de contribuir así, en un continuo diálogo, a afirmar los elementos humanos – morales y espirituales – de esta histórica tarea en curso.

La Santa Sede está situada en Europa y, desde sus orígenes, una parte notable de su actividad, sobre todo en el pasado, ha estado muy mezclada con la de los Estados europeos. Pero no es a ése título que participa en los trabajos del Consejo de Europa, ahora que el Estado de la Ciudad del Vaticano no es sino una garantía de la autonomía espiritual de esta Sede Apostólica. La Santa Sede desea ofrecer a todos los pueblos su aportación específica en favor de la paz y del desarrollo de los mismos. Pero cuando se crea una coordinación entre las naciones a amplio nivel regional, pone en ello un interés particular. Y si estas naciones están todas cimentadas en una civilización cristiana, se siente especialmente interesada. No para dominar el destino de estos pueblos, sino para ayudarles a realizarlo mejor, en conformidad con su profunda identidad y para el bien de todos.

Ahora bien, de hecho la tradición cristiana es parte integrante de Europa. Aun entre quienes no comparten nuestra fe, incluso allí donde, la fe está adormecida o extinguida, los frutos humanos del Evangelio siguen constituyendo, por lo demás, un patrimonio común que a nosotros toca desarrollar juntos para la promoción de los hombres. La Iglesia, por sus propios caminos, continúa con su misión de evangelización. Cierto, ella no quiere convertirse únicamente en instrumento de una construcción humana, ni trata de hacer de una construcción humana el instrumento de su progreso. La Iglesia tiene conciencia de que evangelizando promueve al hombre y los valores humanos. En el respeto de las diferentes corrientes de civilización y de las competencias propias de la sociedad civil, ella ofrece su ayuda para reafirmar y desarrollar el patrimonio común, particularmente rico en Europa, y del que muchos elementos le son familiares, es decir, reconocidos.

Apoyándose en este patrimonio, la. Santa Sede mira también hacia el futuro de Europa con realismo y esperanza. Las condiciones y las necesidades sociales, culturales, jurídicas y espirituales de los pueblos europeos constituyen, a sus ojos, indicaciones valiosas para despertar las conciencias y designarles el campo en donde tienen que ejercitar su dinamismo creador. Son también importantes los llamamientos que provienen de los países pobres, y la voz general para construir la paz e inventar modos de vida y de progreso más humanos, como recordamos en nuestra Encíclica Populorum progressio (ns. 47, 77): Con esos llamamientos se invita a la conciencia de los hombres y de los pueblos europeos a reconocer en ellas como una "voz nueva", que les incita a crear instituciones capaces de permitir que Europa realice un servicio más eficaz a toda la familia humana. ¿Es mucho decir que Europa, dados los favores de los que la Providencia le ha hecho beneficiaria, tiene una responsabilidad particular de testimoniar, para el bien de todos, valores esenciales como la libertad, la justicia, la dignidad personal, la solidaridad, el amor universal? Y recíprocamente, ¿no es en un servicio ampliado a las dimensiones del mundo, cómo ella podrá volver a encontrar o fortificar su razón de ser, su dinamismo y la nobleza de su alma?

Toda nuestra actividad está encaminada a favorecer la eclosión de tal dinamismo. ¿Podéis compartir nuestra convicción de que la Iglesia y la Santa Sede, que es su portavoz, aportan en esto una especial contribución? ¿Quién no ve la resonancia profundamente humana del espíritu evangélico de fraternidad y de renuncia que ella implica? Sin tal espíritu, nos parece muy difícil conseguir, que cada cual supere su propio punto de vista, renuncie a ciertas ventajas y eventualmente a ciertos derechos no fundamentales, en el respeto de los de los otros y en vista de un bien común superior. Y sin la confianza que acompaña una auténtica fraternidad, ¿comprenderían las naciones el fecundo porvenir que el compromiso de solidaridades más amplias abre a su propio patrimonio histórico?

Expresamos así, señor Presidente, nuestros fervientes votos, para que la inauguración de la nueva Casa de Europa sea el símbolo y el centro de un nuevo desarrollo en la unión de los pueblos europeos. Nos agrada invocar la bendición del Dios Todopoderoso, quien, lejos de desviar de las tareas terrestres, invita a darles el sello de la armonía, de la fraternidad y del amor.

En el Vaticano, 26 de enero de 1977.

PAULUS PP. VI


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.6 p.1, 2.

 

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