Miércoles 10 de julio de 1963
Señor Ministro:
Nos sentimos honrados con su visita y tenemos la satisfacción de recibirlo no
solamente como Ministro de Relaciones Exteriores de Corea sino también como
representante de una nación del Extremo Oriente a la que con particular interés
manifestamos Nuestra estima y Nuestros mejores augurios.
Tenemos la satisfacción de recibir, juntamente con Vuestra Excelencia, a los
Embajadores coreanos residentes en Europa y en el Medio Oriente que han asistido
a la Conferencia para ellos convocada durante los pasados días en Roma.
A Vuestra Excelencia y a los ilustres Señores que lo acompañan en esta
visita, vayan Nuestros respetuosos y cordiales saludos.
Aprovechamos de buen grado esta feliz circunstancia para testimoniar a todo
el pueblo coreano Nuestros profundos sentimientos de afecto. Nos son muy
conocidas la antigüedad y nobleza de sus tradiciones. Sabemos de su prosperidad
natural, del ingenio y del talento artístico de este fecundo y poblado País. Ya
en Nuestra primera infancia oímos hablar de su dramática historia durante el
siglo pasado y hemos seguido con atención los acontecimientos de los años
recientes.
Entre los diversos aspectos de la vida coreana moderna, no podemos olvidar
todo lo que se refiere a la religión católica que goza de apreciadas condicione
favorables de libertad en Corea del Sur, y que manifiesta su capacidad de
interpretar, en forma original y sublime, las grandes riquezas espirituales del
alma coreana.
A este propósito deseamos recordar a Vuestra Excelencia que la religión
católica alimenta sentimientos de profundo respeto por todos los valores humanos
que encuentra. Por lo tanto, es propio de su naturaleza universal fomentar el
desarrollo de las virtudes y de las buenas tradiciones particulares de todo
pueblo. Por consiguiente, podemos afirmar que la Iglesia católica considerará
siempre como un honor el promover, dentro de los límites de sus posibilidades,
el progreso civil, moral y cultura de Corea, mientras que los católicos de Corea
procurarán ser siempre sus mejores ciudadanos, siempre leales y fieles, siempre
consagrados a su verdadero bienestar.
A los católicos coreanos, a los que enviamos Nuestro saludo, así como a toda
la noble Nación, formulamos Nuestros sinceros augurios de prosperidad y de paz.
Quiera Dios, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, acoger los votos que
formulamos por Su Excelencia el Presidente, por Vuestra Excelencia, por los
Señores que Lo acompañan y por todo el pueblo coreano.
*ORe (Buenos Aires), año XIII, n°570, p.3.