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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN LA CONFERENCIA
DE LAS NACIONES UNIDAS SOBRE EL TURISMO*

Sábado 31 de agosto de 1963

 

Nos agradecemos de todo corazón esta visita que Nos honra muchísimo y Nos asocia en cierto modo a la Conferencia de Uds. Una visita tan cortés y significativa es también para Nos motivo de nuevas reflexiones sobre el fenómeno del turismo, cuya importancia crece día tras día; y Nos ofrece la grata oportunidad de saludar a Ustedes que estudian, representan, promueven y dirigen este fenómeno tan moderno. Nuestro deseo es asegurarles el gran interés con que Nos consideramos los problemas que están estudiando y expresarles Nuestra satisfacción por la amplitud, la seriedad, la importancia de sus estudios y deliberaciones.

Sabemos que la Conferencia ha tenido serias dificultades en su desarrollo; las causas y las consecuencias de estas dificultades son un motivo más de inquietud para Nos. A pesar de esto, Nos hemos enterado con satisfacción, que la Conferencia, limitando sus debates al campo específico de su competencia, ha podido continuar sus trabajos y llegar así a conclusiones que Nos esperamos resulten satisfactorias para todos.

Sentimos el deber, Señor Ministro, de manifestarle de manera particular Nuestra satisfacción por las nobles palabras que acaba de pronunciar. Son una prueba de los sentimientos que inspiran su labor y honran al Gobierno italiano al que Ud. pertenece y a la Conferencia internacional que Ud. preside. Nos se las agradecemos profundamente.

Esta visita y estas palabras Nos demuestran que la Conferencia tiene la intención de reconocer y honrar ciertos principios por los que la vida católica y, en virtud de ella, Nuestra misión apostólica, en este momento, experimentan profundo interés hacia el turismo.

Estos principios no resultan inmediatamente evidentes y es mérito de la Conferencia querer descubrirlos, así como fue mérito del Rev. P. Arighi haberlos comentado en la Conferencia. Efectivamente, a primera vista parecería que no existiera nexo alguno entre el turismo y la vida religiosa, puesto que el turismo está totalmente volcado hacia el mundo exterior, el movimiento, la organización racional, la observación sensible, los encuentros puramente casuales, las distracciones y los pasatiempos; mientras que la vida religiosa se desarrolla en una esfera completamente distinta, la del mundo interior, que trata de abstraerse da la experiencia sensible y tiende a la concentración espiritual.

Por el contrario, como todos saben, la vida religiosa tiene también sus razones especiales para ocuparse del turismo, razones que, según Nuestra opinión, son de dos órdenes: las primeras podemos, definirlas razones de asistencia religiosa y las secundas razones de devoción religiosa propiamente dicha. Es decir que: el turismo debe gozar de servicios religiosos especiales que lo acompañen, lo asistan, lo inmunicen contra la disipación y el decaimiento moral, lo ayuden a perseguir sus mejores finalidades, como la vigorización y la elevación espiritual, lo bendigan y lo santifiquen, como todas las manifestaciones honradas de la vida humana. Estos son motivos de orden extrínseco, que los desvelos pastorales, por un lado, y la colaboración de quienes viajan y organizan los viajes, por otro, pueden y deben comprender y favorecer felizmente.

Pero también hay razones de naturaleza intrínseca que, incluyendo la religión en el turismo, dan un valor especial a este mundo de la experiencia humana. Aludimos a esa forma de turismo que son las peregrinaciones y que han adquirido proporciones considerables en estos últimos años. En este campo, la finalidad religiosa da al fenómeno turístico un impulso particular que lo pone en marcha, lo crea, en cierto sentido, y le infunde valor y popularidad. Piénsese en la historia de las peregrinaciones que, en el cristianismo, han tenido siempre un grande y extraordinario desarrollo : Palestina, los santuarios de Santiago de Compostela y de San Miguel en el Monte Gargano, las tumbas de los Apóstoles en Roma y millares de santuarios desparramados por toda la Europa cristiana han puesto en movimiento a innumerables caravanas de peregrinos, dispuestos a soportar todas las molestias, indiferentes a las distancias y a la intemperie con tal de llegar al destino sagrado tan anhelado. Este turismo no sólo recibe su fuerza motriz de la religión sino que también saca de ella su valor moral y espiritual: la fe sostiene al viajero, las plegarias lo consuelan, las penitencias lo fortalecen, el fervor religioso convierte el viaje en algo memorable. Todo esto no pertenece sólo a la historia de la Edad Media, sino también y más aún, desde cierto punto de vista, a la historia contemporánea, como se sabe. Hay, por último, un caso, el de la visita que cada cinco años todos los Obispos católicos del mundo deben realizar a Roma, la así llamada "visita ad límina", en la cual este turismo religioso se transforma en obligación. Es cierto que el turismo consiste, en viajar sin finalidad obligada y sin fines utilitarios, pero en la actualidad, cada viaja, aun los que se hacen como pasatiempo, es organizado y se califica por ciertas formas, que, aunque no tengan un interés económico o profesional preciso, le dan una fisonomía especial y cierta finalidad determinada.

Nos referimos con sencillez a este tipo de turismo para decirles, Señores, que Nos estamos muy dispuestos a comprender las intenciones y la labor de Uds., aun más allá de la esfera propiamente religiosa; y que también Nos deseamos que el desarrollo del turismo no se limite a conseguir resultados en el campo de la economía y de la organización, sino que, según los deseos de Uds., produzca también sus efectos en un nivel más elevado, en el campo pedagógico, cultural, moral, social e internacional. Y permítanme a este respecto recordar las palabras de Nuestro venerado Predecesor, el Papa Pío XII, de feliz memoria, quien afirmaba que entre las ventajas producidas por el turismo hay que considerar "...el ennoblecimiento de los sentidos, el aumento del campo espiritual, el enriquecimiento de la experiencia" ("Discursos y Radiomensajes.", XIV, 43-44).

Por eso, Nos complacemos en apoyar los votos de Uds. con respecto a la función benéfica del turismo con los Nuestros, en el sentido que, sostenidos siempre por una organización perfecta y por nobles intenciones, pueda ser un factor valioso en la formación cultural moderna, un lazo de simpatía entre los pueblos y un nexo de paz internacional, una experiencia humana capaz de elevar el espíritu a las más altas intenciones, digna de la mirada llena de bendición de Dios.

Nos formulamos, por lo tanto, votos para que el Congreso se clausure en una atmósfera de serenidad perfecta y con nobles y abundantes experiencias.

Y ahora permítanme agregar un breve recuerdo tomado de los poemas de caballería.

En una célebre historia de los antiguos caballeros se encuentra un episodio que Nos parece simbólico. Dos caballeros están luchando entre sí en un combate sin cuartel para conquistar a una joven muchacha que asiste a este espectáculo terrible y cruel. En un momento determinado, la joven piensa huir y sube a uno de los caballos que pertenecen a los dos caballeros ocupados en su combate y, sin decir palabra, huye.

Es la imagen de la civilización que huye cuando los que quieren conquistarla se ponen a luchar entre sí. La guerra pone en fuga la civilización.

¿Pero qué ocurre en el episodio que les recordamos simbólicamente? Cuando los dos combatientes se dan cuenta de que la joven ha escapado, inmediatamente interrumpen el combate y ambos, con un elevado sentido caballeresco que los une y los transforma en amigos, suben en el caballo que ha quedado y corren velozmente tras la joven desaparecida para alcanzarla.

El caballo, Señores, sobre el cual todos pueden montar, como amigos solidarios, es el turismo.

¿Qué les parece?


*ORe (Buenos Aires), año XIII, n°578, p.3.

 

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