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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO
DE LA ASOCIACIÓN PARA EL ESTUDIO
DEL PROBLEMA MUNDIAL DE LOS REFUGIADOS
*

Jueves 3 de octubre de 1963

 

Queridos señores:

Nos es grato recibir aquí a los miembros de un grupo que, trabaja, en un lugar de honor, por la solución de uno de los grandes problemas humanos de nuestra época: la "Asociación para el estudio del problema mundial de los Refugiados".

Vuestro Congreso anual está a punto de terminar y Nos deseamos interpretar vuestra presencia aquí como un acto de homenaje hacia la Iglesia y como un reconocimiento del interés activo que pone en lo que constituye el objeto de vuestras propias preocupaciones.

¿Es necesario que Nos os diga que donde quiera que hay hombres que sufren la Iglesia quiere estar presente? Heredera de las consignas de misericordia de su divino Fundador ¿podría mantenerse indiferente ante el espectáculo de esta inmensa multitud de seres humanos, víctimas de las guerras o de los trastornos sociales, que se ven privados de su patria y a menudo, también, de todo medio de existencia?

La Iglesia se ha inclinado con solicitud maternal hacia el doloroso problema de los refugiados. Bastará recordar las innumerables intervenciones y declaraciones de Nuestro Predecesor Pío XII durante y después de la segunda guerra mundial, la creación y la actividad de las "Caritas” nacionales, cada cual en su esfera y bajo la égida de la Caritas internacional, la participación de la Santa Sede en el reciente Año Mundial del Refugiado y su presencia, como miembro, en el seno del Comité Ejecutivo del Programa del Alto Comisariato de las Naciones Unidas para los Refugiados.

Esto quiere decir, Señores, que encontráis aquí corazones preparados para acogeros, para apreciar vuestros trabajos, para alentarlos y bendecirlos.

No son nunca demasiados todos los esfuerzos combinados de todos los hombres de buena voluntad para resolver este obsesionante y doloroso problema. Los años pasan, nuevas generaciones se suceden y un poco en todas partes personas y familias siguen teniendo que abandonar su tierra nativa y sus tradiciones seculares. ¿No hay en ello, para las almas bien nacidas, un llamamiento permanente a unirse en una pacífica competición para ayudar a estos numerosos refugiados para que vuelvan a encontrar una existencia serena y la posibilidad de llevar una vida de hombres y de ciudadanos, dentro de la dignidad y de la libertad recobradas?

La Iglesia, como sabéis, Señores, está con vosotros de todo corazón en esta obra de justicia y de caridad, para la que no escatimáis vuestros esfuerzos y vuestros trabajos. Por lo tanto, al formular el voto de que el Señor os asista en vuestra inmensa tarea, su humilde Vicario os concede con mucho gusto, en prenda de Su paternal benevolencia hacia todos los refugiados y los que se hallan entregados a resolver sus dolorosos problemas, una muy especial Bendición Apostólica.


*ORe (Buenos Aires), año XIII, n°583 p.2.

 

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