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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
Sala del Consistorio
Excelencias, queridos Señores: La noche de Navidad nos ha reunido a todos junto al altar en
una atmósfera de intimidad religiosa característica de esta fiesta incomparable.
Hoy, la perspectiva de un nuevo año invita a un nuevo encuentro para el
intercambio de los tradicionales votos: encuentro del Papa con los
Representantes de las Naciones –en tiempo de Concilio– en vísperas de una
Peregrinación a los Santos Lugares; circunstancias que acaba de evocar en
términos delicados vuestro muy digno intérprete, y de las que a Nos, nos place
tratar los rasgos providenciales que marcan esta aurora del año 1964.
1. El Papa y las Naciones. La autoridad religiosa y moral
rodeada de los representantes de la autoridad temporal, entregada con ellos no
ya a una competición de potencia y de prestigio sino a un diálogo todo él
impregnado de benevolencia y de cordialidad, animado todo él par el común y
sincero deseo de hacer reinar más perfectamente entre los pueblos la lealtad, la
justicia, el amor reciproco, la paz; he ahí, en verdad, un espectáculo muy
sugestivo. ¡Y cuantas reflexiones más podrían hacerse sobre el número y variedad
de naciones aquí representadas, sobre el lugar siempre dispuesto para acoger a
los demás, sobre la seguridad dada a todas – a las recién llegadas lo mismo que
a las antiguas – de ver en cada una su dignidad plenamente reconocida, respetada
y honrada... Nos falta tiempo, pero estas breves observaciones bastan para hacer
que lo comprendáis, Señores, cuán profundamente Nos somos consciente del alto
significado que reviste ante Nuestros ojos vuestra presencia en este día aquí,
junto a Nuestra humilde persona. 2. Las naciones y el Concilio. Habéis sido testigos como
otros muchos, pero de más cerca y con mayor privilegio, de esta inmensa
concentración de los Obispos de vuestros países y del mundo entero. Se podía
esperar que una asamblea de este género, en la que se discuten en latín puntos
de doctrina o de disciplina eclesiástica, no llamara especialmente sobre ella la
atención del gran público. Se ha producido todo la contrario, como habéis visto al igual
que Nos. Jamás, puede decirse, un acontecimiento religioso ocupó semejante lugar
en el terreno de la información mundial. Este interés puesto en el Concilio por
las autoridades lo mismo que por las poblaciones, se Nos presenta como un
indicio alentador, que autoriza un razonable optimismo. Ciertamente, a menudo,
la crónica se detiene en la descripción de los aspectos exteriores, secundarios,
del acontecimiento; pone de relieve preferentemente su aspecto más o menos
espectacular. Pero no es menos cierto que en el fondo y a pesar de las
apariencias, el hombre moderno se revela sensible al hecho religioso, se muestra
interesado, tal vez intrigado, a su pesar, por lo espiritual, que parece curioso
ante la actitud que la Iglesia católica va a adoptar ante ciertos grandes
problemas humanos y morales. La Iglesia desea responder a tanta expectación de las almas y
con el fin de ser cada vez mejor, conforme al ejemplo de su divino Fundador, una
luz para las naciones –lumen gentium– procede a esta gran revisión, a esta
actualización cuyas diferentes fases se desarrollan ante nuestros ojos. Al
invitar a todos sus hijos, en el mundo entero, a entrar en este gran movimiento
de renovación, es consciente de preparar en vuestros países, señores, ciudadanos
de un valor moral y espiritual más alto, de un patriotismo más esclarecido, de
un ardor más generoso y más sostenido al servicio de las grandes causas que
interesan al bien común de la humanidad. Es conciente que de este modo trabaja
para la eliminación de los malentendidos y de las oposiciones estériles entre
las razas y los pueblos, y que contribuye a encaminar a los hombres, por los
senderos de una verdadera y cordial fraternidad, hacia esa unidad y esa paz que
hace poco invocaba vuestro Decano y de la que Nuestro Predecesor de venerada
memoria, el Papa Juan XXIII, con acentos sin igual, indicó los caminos en su
célebre Encíclica
Pacem in terris. 3. Con ese mismo espíritu ha madurado en Nuestra alma la gran
decisión que Nos hemos tomado y anunciado en el Concilio el 4 de diciembre
último: la de irnos personalmente en peregrinación a los lugares eternamente
sagrados donde Dios se reveló a los hombres. Nos lo dijimos ya en Nuestro radiomensaje de Navidad: este
viaje será para Nos el de la profesión de fe, siguiendo el ejemplo de Pedro; el
del ofrecimiento, conforme al ejemplo de los Magos; pero también el de la
búsqueda y de la esperanza. Será, pues, un viaje de oración y de humildad, un
acto puramente religioso, absolutamente ajeno a cualquier tipo de consideración
de orden político o temporal; Nos es grato reafirmarlo aquí, ante un auditorio
tan particularmente calificado como el vuestro. Nos estamos seguro de que
sabréis usar de vuestra influencia, si fuera necesario, para contribuir a
mantener en su pura luz espiritual este paso que Nos damos en nombre del Señor –in nomine Domini– y para impedir, en la medida de vuestros medios y de los de
vuestros gobiernos, que se den interpretaciones que falsearían las verdaderas
perspectivas. Dios Nos es testigo de ello; Nos no tenemos ante los ojos más que
el bien de la Iglesia y de la gran familia humana al emprender el camino de esos
lugares augustos en donde Cristo se revistió de carne humana y dió su vida para
la santificación, la felicidad y la salvación de todos los hombres. No Nos queda, Excelentísimos y queridos Señores, más que
ofreceros los votos que Nos formulamos por vosotros y por vuestras Patrias en el
umbral del Año nuevo. Vivamente sensible a los que Nos habéis presentado en labios
de vuestro Decano, de todo corazón Nos invocamos a Nuestra vez, sobre todos y
cada uno de vosotros, sobre vuestras familias, vuestros gobiernos y vuestros
países, en prenda de un año pacífico y feliz para todos los pueblos del mundo,
la abundancia de las bendiciones divinas.
*ORE (Buenos Aires), año XIV, n°594/595, p.2.
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