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VISITA DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ITALIANA*

Sábado 11 de enero de 1964

 

Señor Presidente de la República Italiana:

Dirige Nuestros pasos en esta visita ante todo el sentimiento de Nuestro agradecimiento, estimulado por la cortesía sumamente amable y solicita, con que Vuestra Excelencia ha querido, en primer lugar, intervenir personalmente en la ceremonia de Nuestra coronación como Sumo Pontífice, e ir luego oficialmente a presentarnos en Nuestra residencia vaticina, la expresión de Sus devotos y nobles sentimientos y los del Pueblo Italiano, por Vuestra Excelencia egregiamente representado, en una audiencia de la que conservamos el más grato recuerdo; y no podemos silenciar los dos recientísimos encuentros que Nos tuvimos el honor de tener con Vuestra Excelencia con ocasión de Nuestra salida para la Peregrinación a Tierra Santa en el aeropuerto de Fiumicino y de Nuestro regreso en el de Ciampino. Una bondad tan solicita y deferente, Nos obliga a venir, a Nuestra vez, a Su presidencial residencia para devolverle la manifestación de Nuestra gratitud, de Nuestra benevolencia y de Nuestros votos, manifestación que Nos es tanto más fácil y grata cuanto más cordial y sincera es la estima que sentimos por Su dignísima persona, y cuanto más profundo y vivo es Nuestro afecto por la Nación italiana.

Permita, Excelencia, que en esta ocasión Nos Le manifestemos Nuestra complacencia al ver la suprema magistratura del Estado personificada en hombre probo y recto, lo mismo que sabio y experto, y guiada por una visión amplia y vigilante del mundo contemporáneo, y sagazmente comprensiva también de los aspectos históricos, morales y religiosos de nuestra sociedad actual, que más interesan a Nuestro ministerio apostólico. Y permita por lo tanto que a la merecida confianza de sus compatriotas se añada la Nuestra, fundada en la alta conciencia con que desempeña las graves funciones de Su misión soberana y confortada por la certeza de la asistencia divina, jamás lejana de quien pone como sostén de las mayores responsabilidades la justicia y el amor.

Como puede ver, Señor Presidente, Nuestros sentimientos siguen una línea sencillísima, propia de los sentimientos que parten del corazón, y se hacen augurio, y en Nos se encienden en oración. Y lo que decimos para su persona y para Su función queremos decirlo para el Pueblo Italiano, no sin advertir la necesidad de recordar, una vez más, la novedad – con respecto a la historia, los pocos decenios transcurridos no bastan para considerarla de otro modo – la novedad del titulo con que Nos a él Nos dirigimos. El titulo ya no es el, de una soberanía temporal, que calificaba de súbditos a los italianos de los Estados Pontificios y forasteros a los de las otras regiones; sino solamente el de Nuestra potestad espiritual, que miraba ayer y mucho más mira hoy a Italia coma a un pueblo que constituye en su gran mayoría y, en ciertos aspectos, quisiéramos decir que en su totalidad, una comunidad católica.

Nos preguntamos, por lo tanto, si todavía desde esta sede, ese titulo puramente espiritual Nos autoriza a dialogar con Italia, Nuestra amada Italia; y Nos parece no solamente que podamos sino que debemos decirle, incluso en una circunstancia como ésta, las cien cosas que tenemos para ella en el corazón; que amamos, en una forma totalmente espiritual, pastoral, a más de natural, a este magnifico y agitado país: queremos decir que no olvidamos los siglos durante los cuales el Papado ha vivido su historia, defendido sus confines, custodiado su patrimonio cultural y espiritual, educado en civilización, en gentileza, en virtud moral y social a sus generaciones, asociado a su propia universal su conciencia romana y sus hijos mejores; queremos asegurarle que deseamos para él toda moderna prosperidad en orden civil, en la justicia social y, como Vuestra Excelencia muy ha dicho, en la paz internacional; queremos recordarle que Nos siempre exigimos a cuantos se honran con el nombre de católicos que den al país ejemplo de integras y fuertes costumbres y la prestación de toda leal colaboración para todo libre, y honesto incremento. Más aún, diremos aquí que tenemos confianza en el pueblo italiano. En esa confianza Nos consideramos fundada principalmente la estabilidad de las buenas y recíprocamente satisfactorias relaciones entre la Santa Sede e Italia. Si, confianza de que el pueblo italiano quiera enlazar la operante memoria de sus seculares tradiciones con el prodigioso y maravilloso patrimonio de su humanismo cristiano; confianza de que tenga conciencia de que su auténtica fuerza está colocada principalmente en los valores morales custodiados todavía en el alma popular; confianza de que a la misión de Pedro, a la que la Providencia asignó la Urbe coma sede, mirará con cortesía y con fiereza filial, seguro de descubrir en este simple hecho un destino histórico, una grandeza incomparable, una exaltante responsabilidad, una imperecedera misión.

Esta Nuestra confianza, Señor Presidente, ha tenido hace pocos días, a Nuestro retorno de Tierra Santa, bajo las auspicios de Su presencia, una prueba conmovedora y magnífica, cuando las aclamaciones del Pueblo Romano, dirigidas no ya a Nuestra modesta persona sino a Nuestra siempre extraordinaria investidura de sucesor del Apóstol Pedro, es más, de Vicario de Cristo, revelaron a Nos, revelaron al mundo, cuán firme y maravillosa aún hoy es la fidelidad de Roma a su vocación católica.

Para el Pueblo Romano, para todo el Puebla Italiano, acoja, por lo tanto, Señor Presidente, y con Usted acojan todas las autoridades italianas aquí presentes y aquí dignamente representadas, Nuestro agradecimiento, Nuestro saludo, Nuestro augurio y Nuestra bendición.


*ORe (Buenos Aires), año XIV, n° 598, p.2.

 

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